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¿Cómo nace Al Andalus? ¿Invasion o evolución arabizandose?

NotaPublicado: 2012 05 09, 8:57
por 711
Puestos a instaurar un comienzo crítico no legendario en la Historia de Al Ándalus, sería precisamente este; el tiempo de alzamientos populares y de progresivo asentamiento de un cierto poder institucional árabe.

Por aquí discurre la célebre conquista de Al Ándalus, no en la guerra civil del 711.

Evidentemente, sigue sin ser un proceso drástico, dado que, al principio, como veremos, se mantienen ciertas prerrogativas de visigodos. En cualquier caso, desde los oteros del tiempo posterior conocido, diríase que al-Hakam I se dedicó a preparar y allanar el terreno para la definitiva islamización de Al Ándalus bajo su sucesor, Abderramán II. Los elementos de poder aún visigodo son, en esencia, tres: el tapón a los francos que supone el gobierno delegado de Ambrosio en Huesca —el Amrús de las crónicas árabes—; la oposición al poder omeya por parte de la familia de los Beni Casi —de Casio, arabizado—, y las agitadas andanzas del Comes cordobés, Rabí, hijo de Teodulfo.

La situación en Al Ándalus es —ya vemos—, de progresiva y lenta institucionalización de lo omeya, que con al-Hakam I decide intensificar su presencia social. Probablemente, las insistentes revueltas en tiempos de este emir deberían darnos la clave interpretativa para todo tiempo anterior: si ahora se produce la contestación hispanorromana, es que, hasta la fecha, la presencia árabe era aún embrionaria, como podíamos colegir de su acantonamiento en los yund y su protagonismo exclusivamente castrense. En realidad, el acabado no se logrará hasta el califato, pero la permanente y maduradora crisis durante el mirato tendrá que superar tales auténticas pruebas —de fuego—, que legitiman su asentamiento histórico.
Por comenzar con las periferias, hasta 809 se alzaría un tal Tumlus en la zona de la actual Lisboa, y en la Marca Superior, ya desde los tiempos del segundo emir, Hisham I, la familia de los Banu Casi había dado claras señales de su voluntad de independencia en la Marca Superior —Ebro. Grupo vinculado a los vascones, y madrugadores colaboracionistas, los hijos del hispano-romano Casio, adaptados a los tiempos como Beni Casi, acabarían convirtiéndose en un enquiste y obstáculo para cuando llegue el tiempo de la centralización. Hasta su muerte en 862, Musa Ibn Casi era, en la práctica, rey de la Marca Superior —Aragón—, llegando a querer llamarse el tercer rey de Al Ándalus. Sus hijos mantuvieron el orden establecido hasta 884, en que Zaragoza pasaría finalmente a depender de Córdoba. Pero no sería precisamente una transferencia pacífica.

Frente al poder establecido y continuista de los Banu Qasi, en la época de al-Hakam I destacó el hombre de Córdoba en la Marca Superior, Ambrosio.
Dispuesto a anudar el lazo entre los valles del Ebro y el Guadalquivir, Ambrosio fue el protagonista principal de la represión institucional que tensó la absorción andalusí de la antigua capital, Toledo. En la llamada Jornada del Foso de 797, los poderes fácticos godos toledanos, aún en clara independencia con respecto a Córdoba, fueron convocados a una trascendental recepción a invitación del emir, de la que ninguno salió con vida merced a la fiel obediencia con que Ambrosio estaba dispuesto a congraciarse con Córdoba.
Resulta evidente que la represión estaba comenzando, como igualmente que no se distinguía a tirios de troyanos —musulmanes o cristianos—, sino que imperaba el clásico conmigo o contra mí. Un godo, Ambrosio, actuando de brazo ejecutor de un emir, al-Hakam I, al que hasta las crónicas se refieren como majmur —borracho. Este emir también reprimirá la primera gran revuelta de Córdoba azuzada por los alfaquíes —monopolizadores de la verdad religiosa, decíamos que los habría llamado Max Weber. Unos tipos así, decíamos, no evidencian la clásica disposición cartográfica de la Península ibérica entre moros Y cristianos.

No; el hombre fuerte del emir en el Ebro —el nativo Ambrosio— mantendría cantonados a esos otros nativos —los Banu Casi, cuyo poder se desplegará algo después, con todo—, y había destacado en la represión de toledanos. No parece ser la Historia que nos cuentan de aquella caballería beréber. Y anteriormente habíamos hecho alusión al otro personaje nativo: Rabi, hijo de Teodulfo. En la práctica pan-arabizante, a todos estos nativos se les acabará llamando muladíes, por más que aún no fueran estrictamente neo-conversos. El godo Ben Teodulfo —de nombre Rabi— había heredado en cargo que desempeñase en la Córdoba de Abderramán I el vitizano Artobás: Conde —comes— de los cristianos, por más que, decíamos, era difícil aún saber quién nombraba a quién; si el Comes al Emir, o viceversa.
El Conde Rabi se diferencia de su predecesor, Artobás, en algo esencial: en el par formado por Artobás y Abderramán I, el segundo cabalga y el primero delega. Exactamente la situación contraria a la evidenciada entre Rabi y al-Hakam I. Podría decirse que la progresiva delegación de poder coercitivo en el Conde cambiaba de signo la propia esencia andalusí: si Abderramán I era el brazo armado de Artobás, será Rabi el de al-Hakam I. Así, en una capital de progresiva gestación burguesa —los alfaquíes—, el pueblo llano asiste a la no menos progresiva definición islámica de cuanto simplemente había sido previamente comprendido como poder en busca de legitimidad. El Conde hijo de Teodulfo no sería el único en llevar el título; las crónicas nos dan noticias de personajes como los condes Wilfredo y Adulfo, cordobeses de pro cantados en unos versos del arcipreste Cipriano, según la noticia de Simonet.

De esta forma se alzó ese pueblo llano. En nuestra opinión, las revueltas cordobesas de 805 y 818 están relacionadas con las próximas revueltas cristianas -mal llamadas mozárabes-, por cuanto que se trata de la amina contra la jassa-. el pueblo contra la progresiva burguesía. La gente de la calle frente a una institucionalización islámica no necesariamente comprendida como propia. La revuelta de 805 es, en rigor —y cuándo no—, una revuelta del pan. Relacionada con catástrofes naturales, malas cosechas, y una negativa gubernamental a hacerse eco del desastre. Así, Córdoba no rebajó en absoluto una presión impositiva sobre el pueblo, que se alzó contra la Ruzafa. Y se alzaron todos, desde artesanos hasta predicadores de barrio —que tales serían aún los alfaquíes. En el arrabal de Secunda, un asentamiento de reciente creación a base de aluvión migratorio —probablemente, más desde el campo que de allende el mar—, se alzó el pueblo y reaccionó el emir enviando a Rabi Ben Teodulfo para sofocar las ínfulas proletarias.
De la represión del Conde se siguió la crucifixión de más de setenta cabecillas; por lo que la revuelta, lejos de ser sofocada, simplemente fue alimentada. Debe destacarse que la crucifixión —como es bien sabido— era el modo de ejecutar la pena capital entre el pueblo llano según el Derecho Romano, del mismo modo en que la lapidación sería el modo de llevarlo a cabo por el Derecho Mosaico —judío— en casos de adulterio y siempre a la mujer. Y valgan estas apreciaciones sólo a título de noticias sobre fuentes del Derecho Islámico'^. En cualquier caso, las crucifixiones del Conde Rabi no hicieron más que alimentar la clandestinidad y preparar la siguiente gran revuelta, la de mayor calado comenzada en 817; de donde puede deducirse que doce años de larvada desafección social ante el emirato nos deben preparar para la coherente lectura de una Historia de Al Ándalus en inicios represivos. Aquí —y en la posterior revuelta mozárabe— está la resistencia nativa. Y no en el mito fundacional de Guadalete, un siglo antes.

Encabezada por alfaquíes, que planteaban la exención de impuestos para los musulmanes, se desencadenó una revuelta social de recurrente movilización durante casi un año. Tal movilización adquirió los visos de revolución en toda regla, saldada con matanzas represivas, la ejecución pública ejemplarizante de más de trescientos cabecillas, la devastación del arrabal de Secunda, la expulsión de los supervivientes, y la prohibición de siquiera plantar en la zona devastada y despoblada. La represión de Secunda, le valió al emir el sobrenombre de al-Rabadi —el del arrabal—, por cuanto su recuerdo quedaría ya indefectiblemente ligado al de su triste ejecutoria. La deportación de miles de supervivientes.
Por orden suprema, el arrabal había sido arrasado, su población superviviente expulsada, y emitida una orden expresa por la que se prohibía reconstruir el barrio. Esta expulsión, en la que algunos autores calculan que un cuarto de la población de Córdoba desapareció, había sido provocada por una espada cristiana por orden de un emir. Al margen de la reflexión intrínseca, tal movimiento poblacional nos ofrece una clave interpretativa nada desdeñable en materia de florecimiento andalusí fuera de Al Ándalus. Nos preguntábamos hace algún tiempo: los expulsados de Secunda, ¿hablarían árabe? Sea como fuere, debería destacarse que no se había tratado de una deportación de musulmanes por parte de los reyes cristianos, como en ocasiones se lee en los orígenes de la ciudad marroquí de Fez, dado que tal fue en gran parte el destino de los deportados.

En este orden de cosas, los expulsados del arrabal de Secunda partieron, forjando comunidades cohesionadas en Fez, en Alejandría, e incluso en la isla de Creta, desde la que crearán más de un problema a Bizancio. Como vemos, no todas las expulsiones se produjeron en la misma época, ni todos los Al Ándalus extra-peninsulares tienen un origen morisco o causa en integrismos inquisitoriales, hecho que ni exculpa ni expropia razones en sí mismo, sino que normaliza el ritmo de una Historia. En concreto —como vemos—, Fez se debe en gran medida a ese acontecimiento. Cerca de veinte mil familias debieron abandonar Córdoba, la mayor parte de las cuales fue atraída por la relativamente reciente fundación de la ciudad de Fez. Sus costumbres, su artesanía, e incluso su modo de convivir acabarían convirtiendo los barrios en los que vivían en la llamada ciudad andalusí de Fez.
En tanto se removía el centro, los aledaños de Al Ándalus aprovechaban la situación, con revueltas organizadas en las tres marcas fronterizas en torno a Mérida, Toledo y Zaragoza, como ya hemos visto. Barcelona quedaba definitivamente del lado franco, y algunos vascones iniciaban una tímida cooperación norteña al rendir pleitesía al asturiano Alfonso II, realmente efectivo en su presión al sur que le llevó a incluso tomar Lisboa. En realidad, el papel de Alfonso II no ha sido justamente destacado ni siquiera en la mitología reconquistadora. Es él, y no el simbólico Pelayo, el que merece el lugar de honor en el parón a Al Ándalus. Un parón nada ocasional, como vemos, sino fruto de un mismo esfuerzo estratégico a la altura del propio emir o de Carlomagno en la Septimana. Esa maniobra de cierre del norte por parte del asturiano Alfonso II fue descubierta a tiempo por Córdoba y atacada en sus zonas intermedias. Los omeyas se comportaban ya como estadistas, Al Ándalus respondía a la sensación de una conquista, y el pueblo —los pueblos, en puridad— reaccionaban a la contra.

Este primer al-Hakam, llamado así al-Rabadi por sanguinaria asociación, moriría en tanto nacía un Al Ándalus digno de aparecer en los libros de ciencia y literatura. Un Al Ándalus consolidado, tras cerrarse el largo periodo de conquista. Pero las circunstancias de su muerte encierran también algunas claves interesantes para el futuro del tiempo que tratamos. Siempre se destaca que el traspaso de poderes de al-Hakam I a su hijo Abderramán se hizo en la más estricta oficialidad, siendo ésta una de las claves para la institucionalización de lo omeya. Pero en la transición entre estos dos emires, al-Hakam I y su hijo Abderramán II, hay un fleco histórico que insinúa posibles demoras en la islamización de cuanto hoy conocemos como Al Ándalus.
Cuentan las crónicas que el Conde Rabi gozó de tal prestigio a ojos de al-Hakam I, que en la práctica dirigió sus ejércitos. Unos ejércitos cuyo núcleo central eran los jurs— los mudos, porque no sabían árabe, a quienes nos referiremos después—, y el yund al-Basra nombrado por el historiador Ibn al-Azir.

Empezando por el final, este mítico yund al-Basra —que significaría ejército de Basora— pasa desapercibido en las crónicas que aceptan la práctica repoblación de Al Ándalus por árabes orientales. Basra Sería Basora, la iraquí, y de ahí ejército de Basora. Pero ni era tan probable un ejército completo de tal origen, n¡ se viene aceptando la expresión de Ibn al-Azir más que con una errata: no sería yund al-Basra, sino yund al-nasra; ejército de los cristianos. Rabí hijo de Teodulfo, y por lo tanto el emir, basaban su fuerza en la de tropas cristianas. La cursiva responde a que —insistimos— aparecen como tal en las fuentes tardías, pero en la práctica y el su época, difícilmente se separaban aún contingentes de población por su religión.
§ 9. Siguiendo por estas pistas, la extrañeza de las tropas no se refiere a las de la errada Basra, sino a de los jurs —mudos. Por tanto, la extrañeza no remite a la religión, sino a su idioma. Pero se habla de los mudos como de un contingente que hablaba otra lengua porque provenían de la Septimana, de Carlomagno y los francos. No necesariamente por no ser arabófonos, sino por no hablar una de las dos lenguas que se entendía en Córdoba: romance y árabe. Y encadenamos aquí con el Conde-general Rabi y la transición hacia el emirato de Abderramán II.
Éste, como hijo de al-Hakam I y destacado en las maniobras políticas, había sido nombrado adalid de Toledo tras la jornada del Foso; represión de godos relevantes a manos de Ambrosio de Huesca. Y en Córdoba, trataría de acercarse al entorno de su padre por encima de Rabi. El futuro Abderramán II es consciente del poder aún preeminente de los elementos post-godos, que deberá sortear para alcanzar el emirato.

Y encaja aquí la narración de la transición aludida-, en mayo de 822, al-Hakam I nombraba solemnemente sucesor a su hijo Abderramán y, por si acaso, designaba a un sucesor del sucesor, su hijo Mugirá. Son maniobras en tiempos de difíciles y toscas legitimidades. Entre la Historia y la leyenda, las crónicas relatan la entrada del designado Abderramán en Córdoba, la conversación con su padre, y la pregunta del hijo: ¿y qué hacemos con éste?, refiriéndose al valido, el Conde Rabi ben Teodulfo a quien al entrar había visto sentado en el puesto de guardia de la puerta de la Azuda'1'"1. El padre, entonces, regaló al hijo la cabeza de Rabi, el represor del Arrabal de Secunda. En la práctica, parece que la muerte de Rabi se retrasó aún un poco más, para ocurrir en pleno emirato de Abderramán II. Pero lo cierto es que se cerraba una época de aún cierta presencia militar hispanorromana. Al futuro emir le corresponderá cerrar una aún —y no menos cierta— existente presencia religiosa.
Si, decíamos, la leyenda de la caída de Rabi narra algo, pero la Historia debe poder encontrar algo más: en el ascenso al emirato de Abderramán II, se concluyó la época del poderío de los condes godos. De no haberse acabado con el poder del conde hijo de Teodulfo, puede que su presencia institucional hubiese alargado un tanto más la declinante historia de los godos narrada por Jiménez de Rada en un encargo regio muy posterior —ya regeneracionista. Este fleco histórico cortado en la transición a Abderramán II hacía oficial la conquista árabe de Al Ándalus. Insistimos: menos como drástica ofensiva militar y más como seducción de cambio cualitativo. Del eclipse institucional godo a la efervescencia de lo omeya sin sustitución de pueblo. El testamento político de al-Hakam 1 a su hijo parece haber sido un lema: justicia y firmeza. Es un buen resumen de su emirato y de cuanto ya se había institucionalizado.