Foro sobre historia disidente de la Version Oficial y foro sobre neoruralidad y la Revolucion Integral inspirada en los estudios de Felix Rodrigo Mora.

¿Las Taifas, qué éran en realidad?

Prolongando y profundizando las tesis de Américo Castro e Ignacio Olagüe, su Historia General de Al-Ándalus sostiene que no hubo invasión islámica -estrictamente hablando-, en la península Ibérica, y expone -con argumentos consistentes y erudición-, que sucedió en realidad.

Moderadores: Historia, Ann.Onime

¿Las Taifas, qué éran en realidad?

Notapor 711 » 2012 05 09, 10:17

... el pretendido sistema ciánico andalusí no era más que una red de lobbies, en la práctica ejércitos de señores de la guerra al servicio del mejor postor. Cuando Ibn Hazm ofrezca su novela genealógica, dará la impresión de un mosaico andalusí pespunteado desde mucho antes. Pero lo cierto es que se dividió en torno a lo único posible: cada ciudad. El tiempo taifa es la consumación del típicamente islámico modelo urbano. Algo difícilmente refutable en materia taifa, y en cuya disertación se pregunta acertadamente Pierre Guichard si no serían más bien las taifas poderes, en lugar de estados. Efectivamente, la legitimidad, el personalismo y el mantenimiento será mucho más acuciante que la territorialidad previa o una cierta continuidad institucional.

Por otra parte, cuanto realmente oponga el tiempo taifa —libérrimo, cantonalizado, radical, renacentista—, al cristiano norteño, es probablemente la diferencia entre unos modos civiles —urbanos; no senatoriales pero sí cortesanos— frente a un norte feudal y castrense. Dos modos de creativa interacción.

La oligarquía cordobesa funcionó frente a los amiríes como un Consejo Veneciano. Actuaron como un verdadero gobierno de patricios que decidirá no vivir más la ficción califal. Viene admitiéndose la disolución del califato en 1031 como un precedente histórico de difícil parangón hasta la proclamación de la República de Turquía, tras la definitiva disolución del último califato turco en 1923. En esos términos parangonabas, supuso 1031 una acción política de trascendental audacia, sin el amparo de una clara sociedad civil y con la permanente oposición restauradora tanto de los nostálgicos de lo omeya como del lobby clerical-, la propaganda restauradora de los alfaquíes malikíes preparará el camino al rosario de golpes de Estado almorávide.

La ficción califal siempre se mantuvo en los Taifas. Los régulos gobernaron en nombre de..., en un equivalente a por la gracia de... sin mayores pleitesías reales. Los habrá que incluso proclamen su adhesión a califas norteafricanos, o incluso a califas inexistentes del tipo de mandamos en el nombre del siervo de Dios..., sin sujeto físico real. En realidad, la práctica del aval califal había sido iniciada por el propio Almanzor, gobernando en nombre de... De nuevo; en el almanzorismo, en la suplantación amirí, se hallaba el germen de la disociación. Es lo que suele ocurrir, decíamos, con los salva-patrias de puñetazo en la mesa.
Por último, se constató una excepción a lo anterior-. al-Mutadid de Sevilla no gobernó en nombre de nadie. Faltaría más; era sevillano, dirán algunos maledicentes interpretadores de un innegable centralismo sevillano muy posterior, si bien recurrente.
Como profunda señal de los tiempos, se abre camino el proto-renacentista ideal de la Kitaba-los humanitas—, la aplicación cortesana del Adab oriental —studia humanitatis. Volveremos sobre ello.
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En definitiva, resulta particularmente evidente que los andalusíes no percibieron un final de nada con el advenimiento del tiempo taifa. No menos evidente se nos muestra que su sensación de civilización sería muy distinta a cuanto hoy se califica —de un modo mostrenco— como cultura islámica; es decir poco más que unas prácticas religiosas y culinarias, que tal es la percepción de ese tiempo por parte de la ceñuda y hosca droite divine actual: tiempo pretendidamente homogéneo y monocorde desde el Portugal islámico a Indonesia y desde 711 hasta las vísperas del hoy. Ya tendremos ocasión de paladear el modo en que —por ejemplo—, en el Toledo—taifa renacentista, hubo unos Médici: la dinastía de los Banu Dil-Nun. Cuando caiga la ciudad en manos cristianas —1085—, encontrarse con tal profusión de libros y logros culturales en general provocará una de las primeras grandes descargas de Al Ándalus en Europa. Así lo describe Felipe Maíllo: sólo con lo traducido por Gerardo de Cremona, habría cambiado el curso de la ciencia occidental'

Por lo demás, la intepretación del conflicto peninsular desde un punto de vista religioso ya venía siendo sistemáticamente acuñada. Ya las identidades estaban bien injertadas, ya los peluquines de memoria histórica bien implantados. Había nacido la Reconquista, una edición más del sempiterno reísmo, consustancial al género humano. Reventaba la condición de andalusí en aras de una diferenciación entre futuros sefardíes —o judíos—, cristianos y musulmanes. Así, decía el cristiano Fernando I (1016-1065) a los musulmanes en una arenga entre sindicalista y militar: nosotros hemos dirigido hacia vosotros los sufrimientos que nos procuraron aquellos de los vuestros que vinieron antes contra nosotros —nótese la, ya desde entonces, cacofónica preocupación por los pronombres personales—. Solamente pedimos nuestro país, el que arrebatasteis antiguamente, en los primeros tiempos de vuestro poderío. Lo habitasteis el tiempo que os fue decretado; ahora os hemos vencido por vuestra maldad. ¡Emigrad, pues, a vuestra orilla más allá del Estrecho, y dejadnos nuestro país! Porque no será bueno para vosotros habitar en nuestra compañia.

Comenzaba una aparente aceleración de procesos históricos, con la naturalidad crítica de las cosas que no pueden ser como el historiador quiere percibirlas, sino como en realidad debieron ser. En ese sentido, hay una interesante obra que narra los avatares del Califato cordobés hasta su final en 1031, para convertirse en la sombra legitimista que acompañó a cada régulo local que trató de arrostrar apoyos populares. Se trata del libro de Wasserstein, El califato en Occidente22'1, en el que se pergeña con claridad el modo en que el propio concepto de califato podría significar poco más que una suerte de carcasa política o receptáculo de necesario llenado posterior. Sería como hablar hoy de valores democráticos, con lo que ello puede conllevar de —por ejemplo— elecciones fraudulentas en determinadas ocasiones. Pues la ficción califal sería, de este modo, un sello indefectiblemente asociado a la más alta cualificación política de un gobernante, razón por la que deberá contar con quien sepa venderla -necesidad del letrado cortesano; fontanero que vierta en párrafos las veleidades del poder coercitivo.
No es este lugar para una mayor profundización en la materia, pero debe destacarse el interesante efecto colateral que implicó la ausencia del califato y la sustanciosa pervivencia de la vida religiosa del andalusí medio. Valga tan sólo para los integristas del islam, modo de vida que pretenden ver en el derecho islámico algún matiz teocrático. Tampoco volveremos sobre ello, pero en esas tierras del Islam, al derecho se le llamaba derecho; no derecho islámico. Del mismo modo que en China, a la comida la llaman, simplemente, comida. No comida china. De nuevo: valga tan sólo como brindis al sol en tiempos de ignorantes adscripciones religiosas identitarias de grupúsculos que no sabrían reconocer la voluntad de Dios tras una poda de estridencia.

Por lo demás, el proceso que desembocó en la efectiva disolución del califato omeya de Córdoba en 1031 se había acelerado en las llamadas revueltas de 1009. Consideradas como una revolución popular en toda regla, 1009 supuso, en la práctica, un nuevo alzamiento de cuanto en historia del Islam se considera como shuubiya-, el descontrol masivo semejante al que acabó dando paso a la dinastía oriental de los abbasíes con el colapso del poder damasceno. Creemos que 1009 puede considerarse claramente como alzamiento popular shuubí, dada la factura de pillaje y saqueo que presentó; así como la secuencia de ocasionales salva-patrias que, a la postre, no lograron más que repartir cotas de poder. Como fundamento de tal revolución en toda regla —por más que, en materia revolucionaria, el fundamento es lo de menos—, suele contarse con la peligrosa dualidad que presentaba la última Córdoba califal de los amiríes, Almanzor y los suyos: un poder efectivo —y férreo— desligado de una legitimidad latente —el califa en su laberinto.

El punto de no retorno sería el erróneo intento de acompasar tales conceptos disociados. Es decir; el momento —año 1008— en que el segundo hijo de Almanzor, Sanchuelo, movió al califa retenido a nombrarle sucesor. Los dos hijos de Almanzor habían seguido el modelo paterno de legitimidad ficticia amparada en un efectivo control coercitivo. Este último se basaba en contingentes militares afectos sólo a su paga y constituidos por un siempre creciente número de magrebíes, así como saqaliba, esclavos del norte llamados por ello eslavones o eslavos. Estas fuerzas ya campaban en gran medida por sus respetos, como cuando en 1003 un jefe eslavón —a la sazón, el general Tarafa— encabezó una conspiración aún reprimida a tiempo. Si la legitimidad era lograda y el poder robado, Córdoba frenó al segundo hijo de Almanzor cuando pretendió invertir los términos y robar la legitimidad tras lograr —por herencia— el poder. Su puesto de valido lo había heredado de su hermano mayor, breve dictador fallecido en 1008.

Así las cosas, este Sanchuelo —en realidad, Abderramán Sanchol, por nieto de Sancho—, pasó a la historia por haber oído campanas sin saber por dónde: confusiones de poder y legitimidad, convencimiento de la lealtad de unas tropas demasiado cohesionadas a las que aún no se había ganado, y un error táctico de última hora: percibiendo la necesidad de una campaña militar que tensase su carisma entre las tropas, se le ocurrió iniciarla en pleno invierno. A la vuelta de la fracasada campaña, Córdoba ya se había alzado contra bereberes y eslavones, había arrasado la sede simbólica amirí de Medina Záhira, había hecho abdicar al califa durmiente en uno de tantos testaferros que se sucederían en adelante, y la turbamulta estaba esperando a Sanchuelo.
El último amirí se refugió con su aliado Carrión García Gómez en un convento cordobés, donde se les apresó y acabaron sus días el 3 de marzo de 1009. Desde ese momento, Córdoba agotará sus recursos legitimistas hasta el final reconocimiento de la inoperancia del régimen. El consiguiente desmembramiento de Al Ándalus respondió más bien a una reubicación de los expulsados de Córdoba. Contingentes de tropas bereberes y eslavonas irían tratando de afianzar cotas de poder en alguna de las ciudades en las que fueran mejor recibidos que en la capital, presa de una plebe saturada de mercenarios y con complicados —y cambiantes— grupos de presión.

En esta constatable y larga revolución cordobesa cayeron tres califas —nombrados y cesados—, se dejó de importar oro y metales africanos, se abandonó el campo, se agotaron las arcas del Estado, se alternó llamada y rechazo de los reinos cristianos —en especial, Sancho García de Castilla—y —por último—, se procedió a una grave represión del pueblo en armas. En el río revuelto, el dirigente beréber Zirí trataba de reubicarse, en tanto los eslavones parece que lograban ir asentándose en zonas orientales alejadas, en particular el actual Alicante.
El 9 de mayo de 1013 suele fijarse como una fecha sin vuelta atrás. Los últimos hombres fuertes de los antiguos amiríes trataban de imponer a sus candidatos —es el caso del último general amirí Wadih y del futuro dirigente taifa Jayrán. Ambos pertenecían a la casta castrense de aquella citada sociedad militar andalusí, destacados también los dos en algo que había configurado el prestigio militar del viejo poderoso Galib, el de las dos espadas-, haberse curtido en el destacamento de Medinaceli —ariete de Al Ándalus, lo definíamos. En el ínterin, se habían cedido importantes zonas de la línea del Duero a los cristianos norteños. Al Ándalus menguaba y se parcelaba, en tanto los gabinetes de crisis cordobeses eran constituidos por cadíes; amargamente dependientes de las ocasionales fuerzas ofrecidas.

Ese 9 de mayo, el cadí Ibn Dakwán abrió las puertas de la ciudad para ser arrasada durante dos días por los bereberes, en castigo asumido previo al reconocimiento de su poder. Se cuenta que debió morir entonces el último califa real, el ínclito Hisham II. En cualquier caso, no volvió a saberse más de él, aparte de ocasionales resurrecciones inducidas. En la práctica, ya no era interesante Córdoba más que como lugar de reparto: aquel beréber Zirí iniciará la dinastía que llevó su nombre en Granada —los ziríes. Otros adalides norteafricanos se asentarían en Jaén, Morón y Sidonia. Eslavones en Almería y Murcia. En Zaragoza, los gerifaltes tuyibíes proseguirían su esencial control de la zona del Ebro —hasta el relevo de otra dinastía—, y la de los Banu Dil-Nun se acabarían asentando en Toledo.

La descentralización fue desigual en muchos sentidos, pero el mayor de ellos fue, precisamente, el desnivel de legitimidades por una parte, Toledo y Zaragoza salvaban la situación gloriosamente, con el valor añadido de ser frontera con el norte cristiano; eran, así, espejo de Al Ándalus en bloque. Por otra parte, Córdoba y Sevilla se regenerarían desde dentro-, la clase media —concepto de uso complicado, pero práctico aquí— se convertiría en próspera élite gestora, con jueces y funcionarios avezados en la administración. En el caso de Sevilla, un avanzado cadí de apellido Abbad acabará instaurando una dinastía. En tanto se generaban los nuevos focos de poder en las capitales periféricas, los cortesanos supervivientes comenzarían una frenética carrera de plumas e influencias que acabó convirtiendo en prestigiosas cortes los refugios urbanos tras la debacle cordobesa.
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