Foro sobre historia disidente de la Version Oficial y foro sobre neoruralidad y la Revolucion Integral inspirada en los estudios de Felix Rodrigo Mora.

Fraude historico para ocultar la historia al pueblo

La historia oficial nos vende que los españoles nos levantamos espontánea y como un solo hombre para echar a los franceses invasores, y que la Pepa fue la primera constitución democrática de España, y que supuso un avance, progreso para la nación. Esa historia y versión del Poder, la de la Oligarquía y la de quienes se benefician de esa idea, y creemos que en realidad la versión del Pueblo es muy diferente.

Con respecto a la Pepa ésta supuso el inicio de un proceso y deriva al Nuevo Orden Social que conocemos como industrialización, estatalización -siguiendo e imitando modelos europeos afines-,y supuso un brutal y genocida paso del rural al capitalismo en España, siendo liquidada toda resistencia rural o de origen rural finalmente por el franquismo.

La Revolucion Industrial es la Revolucion de la burguesia para acaparar el poder, las fnanzas, el Estado-capitalismo, como organo de dominio sobre el pueblo y el sometimiento de este a las reglas del mercado y de la explotacion.

El siglo XIX explica lo que somos hoy... y lo que perdimos.

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Fraude historico para ocultar la historia al pueblo

Notapor Historia » 2013 06 11, 1:49

Quien crea que los historiadores está para iluminarnos deben saber que eso, a veces, muchas veces, si trabajan para un estado, no es cierto. Crean la historia conveniente. Eso ha estado sucediendo en el 99% de las veces. ¿Para qué? Para proteger el poder del momento y ocultar hechos que lo deslegitimarian. Normalmente se sintetiza con la famosisima frase de "la historia la escriben los vencedores"

GUERRAS CIVILES


La ocultación de las guerras civiles contrasta, sin embargo, con su presencia e importancia en la historia contemporánea. No resultaría exagerado afirmar que se encuentra en la base de la génesis o formación de muchos de los Estados y naciones contemporáneos, en Europa y en otros continentes (algo así quería expresar, para un caso específico, el historiador colombiano Marco Palacios con la fórmula del «fratricidio como fuente de nacionalidad») 21. Lo que no significa, como advierte Peter Waldmann, que cumplan en este sentido funciones históricas, ni necesarias ni modélicas 22.
Una porción notable de los conflictos bautizados como guerras de independencia o de liberación nacional, revoluciones o resistencias, contienen e integran -y ocultan, está c1aro-, global o parcialmente, guerras civiles.
Los ejemplos podrían aquí multiplicarse. Si dejamos a un lado las guerras de independencia y de liberación nacional -el final de la Guerra Fría contribuyó, como señala Hans Magnus Enzensberger, a mostrar el verdadero rostro de muchas de estos cambios- 23, posiblemente ha sido en el caso de las revoluciones y las resistencias en donde más difícil ha sido mostrar, y querer mostrar, el componente fratricida. En este sentido, una obra como la de Claudia Pavone para el caso de la Resistencia italiana -Una guerra civile. Saggio storico sulla moralita nella Resistenza (1991)- resulta ejemplar contiendas y la resistencia contra el enemigo exterior no excluyen las luchas entre nacionales, en este caso italianos. De la misma manera, podría decirse que la situación en la Francia de Vichy era más próxima a la del foso que dividía el poblado que centra la aventura de Astérix en Le grand fossé (1980), que de la simple división entre traidores colaboracionistas y patriotas galos de Le tour de Gaule dJAstérix (1965).

Los tres lustros transcurridos entre uno y otro libro fueron testimonio de singulares evoluciones en lo que ha venido en llamarse el síndrome de Vichy. y las aventuras de Astérix y los irreductibles galos -¿franceses?- que resistían al invasor romano -¿alemán?- no restaron, evidentemente, al margen de estos cambios 25. Por lo que a las revoluciones se refiere, el grado de confusión ha sido durante mucho tiempo incluso mayor. Mortunadamente, en el último cuarto de siglo las reflexiones sobre este par de categorías no han faltado, sobresaliendo entre ellas las de autores como el ya citado Roman Schnur, Reinhart Koselleck, Paolo Viola o Arno J. Mayer 26
. Con acierto y en relación con la Revolución Francesa, ]ean-Clément Martin proponía, a efectos prácticos y de análisis científico, abandonar los juicios de valor según los cuales mientras la guerra civil era el colmo de la ignominia, la revolución constituía en ella misma un valor 27.
Todas las grandes revoluciones de la historia contemporánea, desde la francesa a la china pasando por la rusa y la mexicana, resultan incomprensibles sin la guerra civil. La mexicana de 1910-1940, en concreto, era explicada de la manera que sigue, magistral y poéticamente, por Octavio Paz:
«Es un estallido de la realidad: una revuelta y una comunión, un trasegar viejas sustancias dormidas, un salir al aire muchas ferocidades, muchas ternuras y muchas finuras ocultas por el miedo a ser. ¿Y con quién comulga México en esta sangrienta fiesta? Consigo mismo, con su propio ser. México se atreve a ser. La explosión revolucionaria es una portentosa fiesta en la que el mexicano, borracho de sí mismo, conoce al fin, en abrazo mortal, al otro mexicano» 28.

Una denominación como Guerra de la Independencia, por ejemplo, otorgada en España a los acontecimientos de 1808-1814, no consigue esconder que, junto a una lucha contra el extranjero -los franceses, a la sazón-, tuvo lugar también una intensa pugna interna. Julián Marías aludió, en este sentido, al gran equívoco de la Guerra de la Independencia 30. La lectura patriótica del conflicto terminaría por imponerse, inventando la Guerra de la Independencia y silenciando los aspectos menos presentables del enfrentamiento 31. En segundo lugar, el intento de los vencedores de rechazar el carácter de contienda civil de los enfrentamientos e intentar negar, aprovechando la ocasión, la identidad del adversario.

Referirse a los facciosos o a los latrofacciosos, pongamos por caso, fue una manera utilizada por los liberales en las guerras carlistas del siglo XIX para referirse a sus oponentes, asimilándoles a los integrantes de bandas para evitar considerarles un auténtico bando en el marco de una contienda fratricida. Curioso resulta constatar como, aún en la actualidad, algunos historiadores marxistas de Cataluña siguen insistiendo en esta lectura profundamente ideologizada de las carlistadas, como si estuvieran ante un enfrentamiento inacabado 32. Estos procesos de negación afectaron también en ocasiones al conflicto de 1936-1939. Los alzados en julio de 1936 no habrían luchado, en este sentido, contra otros verdaderos españoles, sino contra la anti-España, en una guerra por España a la que llamaron, en consecuencia, guerra de España, o incluso guerra de «liberación nacional» o «cruzada» -«que nuestra guerra del 36-39 fue una Cruzada y no una ordinaria guerra civil, eso es algo que resulta difícil de poner en duda, si no es por prejuicio contrario a la más patente evidencia», escribía Álvaro d'Ors cincuenta años después-, y no guerra civil 33 . Pese a ello, han sido sobre todo las guerras civiles anteriores a 1936 las que se han visto afectadas por estos procesos de metafórico ocultamiento.
No obstante, sin un tercer argumento, específicamente hispánico y ya insinuado en las primeras líneas del párrafo anterior, no resultarían del todo comprensibles el olvido o la infravaloración --o el simple hecho de ser aprehendidas a través de otras categorías- de las guerras civiles del siglo XIX. Me estoy refiriendo, evidentemente, a la importancia y a la enorme trascendencia, a todas luces innegables, de la guerra de 1936-1939. Como escribiera Juan Benet en 1976, «la Guerra Civil de 1936 a 1939 fue, sin duda alguna, el acontecimiento más importante de la España contemporánea y quién sabe si el más decisivo de su historia» 34. Lo mismo podría decirse de los numerosos éxodos políticos del siglo XIX, contraponiéndolos con el exilio -aquí la comparación de las guerras civiles y los exilios anteriores a los acaecidos en 1936-1939 con los de esta última etapa ha comportado, en consecuencia, una cierta subestimación -involuntaria, frecuentemente- de los primeros. Tanto sus repercusiones, en el plano interno e internacional, como su profundidad y crueldad, sin olvidar los números en juego (muertos, heridos, huidos, emigrados), avalan el enorme impacto del conflicto de los años treinta. Además, el hecho de ser la última guerra y el último exilio, esto es, los más recientes, no puede tampoco ser obviado. La suma de este tercer argumento a los dos anteriores explica la tendencia, tanto en la historiografía como a nivel general, a no prestar a estos conflictos fratricidas la atención que, sin lugar a dudas, merecen. Como quiera que sea, la guerra civil constituyó un elemento clave de la historia española en el siglo XIX.

La larga guerra civil del siglo XIX
(YO: entre el carlismo inicial y las fases posteriores del mismo hay notables diferencias)
España vivió y sufrió, durante la mayor parte del siglo XIX, los efectos de una larga guerra civil, discontinua pero persistente, en la que se alternaban períodos de combate abierto, conatos insurreccionales, exilios y etapas de tranquilidad más aparentes que reales.

En todo momento, como escribiera Miguel de Unamuno, era posible «sentir la paz como fundamento de la guerra y la guerra como fundamento de la paz» 36. Podría argumentarse, utilizando algunas definiciones y tipologías clásicas, que no en todas las fases se enfrentaron dos ejércitos o que no siempre el conflicto tuvo un carácter masivo, pero, como han mostrado Peter Waldmann y Fernando Reinares, basarse en un concepto de guerra demasiado estrecho y dogmático carece de todo sentido 37. Las guerras civiles poseen, bien está recordarlo, orígenes, formas y desarrollos múltiples 38. Revolución y contrarrevolución, revolucionarios y contrarrevolucionarios en resumidas cuentas, mantuvieron en España un enfrentamiento permanente -la introducción de la idea de indeterminación en nuestra mirada de este pasado nos ayudaría, sin ninguna duda, a no interpretarlo de manera unidireccional, como si el resultado de las luchas solamente pudiera haber sido el que fue- 39, que puede ser fácilmente reconstruido entre 1808 y 1876. Conflictos de alta, mediana y baja intensidad se sucedieron entonces. La Guerra de la Independencia constituyó la antesala de las querellas hispano-españolas del siglo XIX. Fue, no obstante, en el Trienio Liberal (1820-1823), cuando éstas adquirieron amplias proporciones. Un autor tradicionalista, Rafael Gambra, pensando con toda seguridad en la guerra «definitiva» de 1936-1939, calificó los lances de este período como la primera guerra civil de España, que había enfrentado, según él, a la Cristiandad contra la Revolución 40. El carlismo es la principal expresión de los movimientos contrarrevolucionarios españoles contemporáneos. La dialéctica carlismo- liberalismo iba a presidir el siglo XIX 41. El hispanista Raymond Carr escribió que «España, que dio nombre al liberalismo, produjo con el carlismo una forma clásica de contrarrevolución» 42. No fue, sin embargo, la única modalidad de contrarrevolución desarrollada en España -el realismo del Trienio Liberal o el partido Renovación Española en la Segunda República constituyen otros posibles ejemplos
de variada naturaleza-, aunque sí, sin ningún lugar a dudas, la más importante en todos los sentidos 43. De ahí que, en la historia de España, especialmente para el siglo XIX, se haya convertido en algunas ocasiones en sinónimos carlismo y contrarrevolución. En un interesante artículo, Gloria Martínez Dorado y Juan Pan-Montojo sitúan el origen del carlismo, a partir de la concreción de estructuras de oportunidad política y de movilización de recursos, en 1833 44

Tienen una pequeña parte de razón, pero optar por esta fecha induce necesariamente, como he escrito en otra parte, a minusvalorar la importancia de las elaboraciones y formulaciones precedentes. El surgimiento del carlismo debe ser insertado en la continuidad de los movimientos realistas, que hunden sus raíces en los conflictos de principios de la centuria y tienen sus primeras manifestaciones importantes en la década de 1820 45

Las guerras carlistas, que reciben también el nombre de «carlistadas », constituyeron la principal expresión de las querellas intrahispánicas del siglo XIX. El carlismo, un movimiento sociopolítico de carácter antiliberal y antirrevolucionario, surgió en las postrimerías del Antiguo Régimen y pervive todavía, aunque en una posición de franca marginalidad, en nuestros días. Las voces «carlismo» y «carlista », aparecidas durante la segunda restauración absolutista de Fernando VII, entre 1823 y 1833, derivaban del nombre del infante Carlos María Isidro de Borbón -el que iba a convertirse en el rey Carlos V de los legitimistas- 46 y designaban la forma evolucionada de unas corrientes preexistentes, cuya principal materialización había sido el realismo. La cuestión dinástica, que enfrentó a los partidarios de Isabel II y a los de su tío Carlos María Isidro, no alcanza a explicar a solas el nacimiento y la prolongada vida del carlismo. Como escribió en 1935 el publicista Juan María Roma, los carlistas «lucharon por una idea más que por un Trono y una Dinastía».

Los millares de carlistas que combatieron, en los campos de batalla o en la arena política, y los que en el empeño perdieron la vida no lo hicieron por la persona de un rey, sino por lo que la figura de este rey encarnaba, esto es, una determinada visión del mundo y los proyectos posibles para su materialización. Sin embargo, la dinastía y los diferentes pretendientes se convertirían en piezas esenciales, en un plano simbólico y emblemático, del movimiento. El carlismo sin Carlos –o sin Jaime, Alfonso Carlos o Javier-, por consiguiente, tampoco hubiera podido existir. Es una simple, a la par que curiosa, ilusión historiográfica 48. No puede olvidarse que el carlismo fue, aunque no de manera exclusiva, un movimiento legitimista, como el miguelismo portugués o como el chambordismo en Francia. La causa carlista expresaba el mantenimiento de la tradición y el combate con el liberalismo y todo aquello que éste significaba y comportaba, tanto en la realidad como a nivel abstracto. «Dios, Patria y Rey», con el añadido tardío de «Fueros» -siempre en el estricto sentido de libertades tradicionales, que excluye cualquier lectura en clave autonomista o nacionalista-, constituían los pilares sobre los que se alzaba un ideario que contenía un notable grado de inconcreción 49. Esta circunstancia facilitó la coexistencia en el interior del carlismo de sectores sociales heterogéneos y de opciones distintas, unidas frente a otras opciones consideradas como enemigas y, pues, amenazantes. El movimiento destacó por su elasticidad, convirtiéndose en el núcleo de diversas amalgamas contrarrevolucionarias formadas en las décadas centrales del siglo XIX y durante los años de la Segunda República (1931-1939).
Las principales zonas de implantación del carlismo se encontraban en el norte de España, especialmente en el País Vasco, Navarra y Cataluña, aunque también con núcleos destacados en Valencia y en Aragón. La geografía del movimiento se mantuvo, aparentemente, casi inalterable, variando sólo en el volumen de los apoyos.
carlista por excelencia fue el norte peninsular, especialmente afectado a principios del siglo XIX por amplios procesos de transformación económica, social y, sin duda, también cultural. Con el tiempo, la movilización carlista se concentraría en zonas concretas -destacando, entre todas, Navarra-, sometidas a un intenso proceso de carlistización o, expresado en palabras de Jesús Millán 50, convertidas en guetos de enraizada cultura política carlista en permanente reproducción.
En estos lugares se dieron las condiciones óptimas para que el carlismo construyese su propio microcosmos, para que se pensase auténticamente como contrasociedad, sin que la inaccesible posesión del Estado -a diferencia de lo ocurrido, por ejemplo, en Portugal- destruyese nunca un mito de raíz victimizante. Otras zonas podían incorporarse de manera más o menos coyuntural, sin embargo, a esta geografía, siempre en función de intensos procesos de proselitismo, tal como ocurrió en algunas provincias andaluzas durante la Segunda República 51. En toda la larga vida del carlismo existe una más que evidente continuidad, tanto desde el punto de vista del ideario como de las adhesiones, de las estructuras y de las herencias.
Una misma cultura política, en continua reelaboración –como todas, no es ningún secreto-, nutre a este movimiento. Manuel Pérez Ledesma aludía a esta cuestión en un lúcido artículo sobre las interpretaciones del carlismo:
«Es cierto que entre el carlismo inicial y las fases posteriores del mismo hay notables diferencias. Tras el final de las guerras carlistas, se produjeron cambios sustanciales en las formas organizativas y las prácticas políticas del movimiento, al tiempo que la implantación en los núcleos urbanos traía consigo una disminución correlativa del peso que en los años treinta habían tenido las zonas rurales. De todas formas, esos cambios no pueden ser considerados como una ruptura radical; por el contrario, los rasgos definitorios del carlismo -como la reclamación del poder para la dinastía "legítima" o los objetivos programáticos- se mantuvieron inalterados. Los territorios de mayor implantación carlista seguían siendo aproximadamente los mismos al cabo de medio siglo; y el apoyo popular continuaba vivo en ellos»

La longevidad del carlismo, en todo caso, que lo singulariza en el conjunto formado por los movimientos contrarrevolucionarios europeos contemporáneos, debe ser puesta en relación, como mínimo, con cuatro elementos: la adaptabilidad formal, la inconcreción ideológica, las adhesiones recibidas y su capacidad de reproducción culturaP3. La etapa delimitada por los años 1833 y 1876 constituye la de mayor presencia e importancia del carlismo en España. Fue el tiempo de las carlistadas. A lo largo de cuatro décadas y media, como consecuencia del enfrentamiento permanente entre carlistas y liberales, se sucedieron insurrecciones, asonadas y un total de tres guerras, que movilizaron a millares de hombres e implicaron a otras tantas familias. Tanto la Primera Guerra Carlista o Guerra de los Siete Años (1833-1840) como la Segunda Guerra Carlista (1872-1876) se desarrollaron en momentos muy críticos, perceptibles como potencialo efectivamente revolucionarios: una, durante la regencia de María Cristina de Nápoles, viuda de Fernando VII, en pleno proceso terminal de crisis del Antiguo Régimen y de despliegue de la Revolución liberal -los vínculos de la primera carlistada con las luchas de los realistas en el Trienio Liberal y de los agraviados en 1827 resultan, en este marco, más que obvios-; la otra, en el Sexenio Democrático (1868-1874), un turbulento período que empieza con el destronamiento de Isabel II y que comprende la monarquía de Amadeo 1
-combatido con saña por los carlistas, como enemigo del Papado, por la actuación de la casa de Sabaya durante la unificación italianay la corta experiencia de la Primera República. Ambas contiendas tuvieron su campo de operación fundamental en la España septentrional, llegándose a crear en el País Vasco y en Navarra, en algunas fases, verdaderos Estados carlistas 54. Estas carlistadas concluyeron con importantes movimientos de éxodo político. Entre las guerras de los años treinta y de los setenta, aparte de múltiples y variados intentos insurreccionales -en 1855 o en 1860, durante el reinado de Isabel II, en 1869 o en 1870, en los inicios del Sexenio Democrático, por sólo citar los más distinguidos-, tuvo lugar la Guerra de los Matiners (1846-1849), que solamente afectó a Cataluña 55.
Pese a que este conflicto haya recibido por parte de algunos historiadores la denominación de Segunda Guerra Carlista -especialmente en Cataluña, en donde sí constituye una auténtica carlistada como las otras, o bien en medios próximos al carlismo, con el ánimo de acrecentar el número de conflictos bélicos (una tendencia que ha conducido a algunos autores incluso a referirse a una cuarta guerra carlista, considerando como tal el fratricidio de 1936-1939)-, pienso que debe reservarse este último apelativo para designar la guerra civil que vivió España entre los años 1872 y 1876 56. Aconsejan esta opción sobre todo las sensibles diferencias que la guerra de fines de la década de los años cuarenta presenta con respecto a la primera y a la segunda carlistadas, tanto por el hecho de circunscribirse solamente a una parte de Cataluña como por las dimensiones y características de la movilización (en la que, entre otras cosas, no puede obviarse la confluencia, no necesariamente excepcional, entre carlistas y republicanos).
La formación de partidas que confluían en un Ejército Real se convirtió en el modelo clásico e ideal de la movilización carlista. La excepción fue la Ortegada, en 1860, una tentativa fallida de desembarco en la costa catalana que, al modo de un pronunciamiento, dirigió el capitán general de las Baleares, Jaime Ortega, y que supuso, entre otras cosas más, la captura del pretendiente Carlos VI, conde de Montemolín, y de su hermano Fernando 57. Las tres frágiles patas de la conspiración estaban integradas por la cúpula carlista, algunos militares y los apoyos de altas personalidades. El principal enemigo a batir no era, como en la mayor parte de las demás ocasiones, la revolución, sino la anarquía política. El ensayo de modificar la parte superior sin tocar de manera sustancial las bases y sin contar con el pueblo no podía encontrar mejor fórmula que la del pronunciamiento, usada a lo largo del siglo XIX por los liberales y por algunos republicanos. El movimiento tipo 1860 constituye una rareza en el marco de las formas de violencia política carlistas. El modelo preferido, en cualquier caso, únicamente pudo ser desplegado en su totalidad en algunos momentos y en algunos territorios. El paso de la formación de partidas a la construcción de un ejército carlista, igual que la de un Estado, requería unas condiciones determinadas. Se consiguió en las guerras de 1833-1840 y 1872-1876, de manera muy especial en el Norte, y se intentó, con grados diferentes de aproximación, en múltiples ocasiones. Las partidas, la guerra de guerrillas y las insurrecciones a campo abierto resultaron, por consiguiente, las formas más típicas de la violencia carlista. Echarse al monte, que aludía explícitamente al componente rural que enmarcaba la lucha en aquellos tiempos, fue un ejercicio repetido hasta la saciedad. La independencia y la movilidad de las partidas eran la clave de su éxito, pero también un serio obstáculo para su control y encuadramiento.
Por esta razón, en momentos de debilidad en la dirección
del movimiento, como ocurrió después de cada una de las dos grandes carlistadas, las partidas podían derivar en simples fenómenos marginales o de bandolerismo. La violencia, en sus formas más o menos estructuradas, de una manera más o menos reglada, y con unos grados de mayor o menor brutalidad, presidió en todo momento la larga guerra civil del siglo XIX entre carlismo y liberalismo.
La derrota en la Segunda Guerra Carlista significó el final del carlismo bélico, si descontamos, evidentemente, el movimiento aislado de octubre de 1900 -la denominada Octubrada- y la destacable participación carlista en el bando sublevado en julio de 1936 58. En todo caso, en 1876 se quebró la última gran amalgama contrarrevolucionaria nucleada por el carlismo. Los nuevos gobernantes de la Restauración (1875-1923) dedicaron innumerables esfuerzos en dar fin a dos dinámicas sobrepuestas. La primera correspondía a la coyuntura democrática y revolucionaria abierta en septiembre de 1868, que hizo posible una amplia movilización popular y un intenso desarrollo de experiencias republicanas, cantonalistas e internacionalistas, vividas con no disimulado temor desde algunos sectores de 58 Cfr. CANAL, ].: «La violencia carlista tras el tiempo de las carlistadas: nuevas formas para un viejo movimiento», en ]ULIÁ, S. (dir.): Violencia política en la España del siglo xx, Madrid, Tauros, 2000, pp. 25-66.
56 Ayer 55/2004 (3): 37-60

]ordi Canal Guerra civil y contrarrevoluczon en la Europa del sur
la sociedad e, incluso, por parte de muchos de los impulsores del destronamiento de Isabel. La Restauración fue, en este sentido, un régimen conservador y de orden. El segundo de los objetivos consistía en acabar con el largo ciclo de violencias políticas iniciado en 1808, que había presidido la construcción del Estado liberal en España. Para ello debía evitarse, por un lado, la participación de los militares en la vida política, y, por otro, la iteración de conflictos con el carlismo como protagonista. Poner punto final a la Segunda Guerra Carlista -sin olvidar la guerra en Cuba (1868-1878), cerrada con el tratado de paz de Zanjón- fue, por consiguiente, una de las principales tareas que debieron asumir las autoridades en el primer año y medio del régimen recién estrenado. En ello invirtieron esfuerzos ingentes, tanto en lo humano como en lo material, que dieron, a la postre, frutos positivos. La carlistada concluyó a fines de febrero de 1876. La Restauración ofreció un período de estabilidad, aunque en algunos momentos pudiera parecer frágil -más amenazada, en todo caso, en lo social que en lo propiamente político-, extraordinario a todas luces en la España contemporánea. Una época de la historia del carlismo, la de las guerras fratricidas, la de las carlistadas, la de la lucha de carácter dual con el liberalismo, había terminado. Empezaba una etapa nueva, en la que la política iba a ocupar el lugar de la lucha armada y en la que el carlismo debería abandonar su posición de alternativa global al sistema liberal en España y convertirse en un grupo más entre los que competían políticamente dentro de este sistema -aunque fuese pensando siempre en su cada vez más lejana e improbable destrucción-, desde los conservadores hasta los socialistas, pasando por los nacionalismos catalán y vasco. Únicamente un momento crítico excepcional devolvería al carlismo a las andadas: la Segunda República y la guerra civil de 1936-1939. Esta guerra no sería ya, sin embargo, ni mucho menos, una nueva guerra carlista.
acabar con el largo ciclo de violencias políticas iniciado en 1808, que había presidido la construcción del Estado liberal en España. Para ello debía evitarse, por un lado, la participación de los militares en la vida política, y, por otro, la iteración de conflictos con el carlismo como protagonista. Poner punto final a la Segunda Guerra Carlista -sin olvidar la guerra en Cuba (1868-1878), cerrada con el tratado de paz de Zanjón- fue, por consiguiente, una de las principales tareas que debieron asumir las autoridades en el primer año y medio del régimen recién estrenado. En ello invirtieron esfuerzos ingentes, tanto en lo humano como en lo material, que dieron, a la postre, frutos positivos. La carlistada concluyó a fines de febrero de 1876. La Restauración ofreció un período de estabilidad, aunque en algunos momentos pudiera parecer frágil -más amenazada, en todo caso, en lo social que en lo propiamente político-, extraordinario a todas luces en la España contemporánea. Una época de la historia del carlismo, la de las guerras fratricidas, la de las carlistadas, la de la lucha de carácter dual con el liberalismo, había terminado. Empezaba una etapa nueva, en la que la política iba a ocupar el lugar de la lucha armada y en la que el carlismo debería abandonar su posición de alternativa global al sistema liberal en España y convertirse en un grupo más entre los que competían políticamente dentro de este sistema -aunque fuese pensando siempre en su cada vez más lejana e improbable destrucción-, desde los conservadores hasta los socialistas, pasando por los nacionalismos catalán y vasco. Únicamente un momento crítico excepcional devolvería al carlismo a las andadas: la Segunda República y la guerra civil de 1936-1939. Esta guerra no sería ya, sin embargo, ni mucho menos, una nueva guerra carlista.
¿Pesados pasados?
Introducir la idea de la existencia en España, en el siglo XIX, de una larga guerra civil no significa de modo alguno sugerir viejas y obsoletas imágenes de Españas trágicas, negras, anormales o excepcionales,
sino de aportar elementos para una comprensión más ajus-
Ayer 55/2004 (3): 37-60 57
¡ordi Canal Guerra civil y contrarrevolución en la Europa del sur tada y compleja del pasado. El uso de la categoría debe restar al margen de las consideraciones y los prejuicios morales que suscita la aprehensión -y, está claro, la aprensión- de la guerra civil. Una interpretación del Ochocientos hispánico que subraye el componente fratricida de los afrontamientos no implica ningún tipo de valoración en clave positiva o negativa de este pasado. Ni tampoco lo convierte, en ningún modo, en excepcional. Como vimos más arriba, la guerra civil se encuentra en la base de la génesis o formación de buen número de Estados y naciones contemporáneos. España comparte, en este sentido, con sus países vecinos, esto es, con la que podemos designar la Europa del sur -Portugal, España, Francia e Italia-, la característica de haber vivido en el siglo XIX una importante guerra civil, larga y estructurada en torno al eje revolución-contrarrevolución. Evidentemente, en cada uno de los Estados ésta adquirió tintes específicos. Puede que el caso portugués sea, en este sentido, el más próximo al español. Pese a estar en el fondo de acuerdo con Hipólito de la Torre sobre las diferencias observables en la época contemporánea entre los dos países peninsulares -una cierta precocidad portuguesa en el despliegue liberal y unos grados menores de violencia y mayores de civilismo en Portugal- 59, no me resisto a hablar de historias paralelas, e incluso cruzadas, en la primera mitad del siglo XIX, sobre todo en el período de tiempo que va de las invasiones francesas de 1807 a la Regenerar;ao portuguesa de 1851. Como en España, las tensiones entre revolución y contrarrevolución marcaron el trienio de 1820-1823 y abocaron, años después, a una guerra civil, entre 1828 y 1834 -y, muy especialmente, entre 1832 y 1834-, que enfrentó a miguelistas y liberales. El triunfo de estos últimos frente a los partidarios del absolutista rey Miguel 1, que condujo a muchos de sus partidarios al exilio, no significó el final de este movimiento contrarrevolucionario que tenía como lema «Deus) Patria) Rei» 60. Aquí también prosiguieron después de la guerra los conflictos de baja
y mediana intensidad, mezcla de guerrilla y bandolerismo, hasta el estallido en la segunda mitad de la década de 1840 de las revueltas de Maria da Fonte y Patuleia 61. La Regenerafao de 1851 puso fin a este largo período inestable de revueltas y guerras civiles en Portugal. Entre los elementos que permiten explicar el final del miguelismo -aunque no puedan olvidarse los lazos con el integralismo lusitano, ya en el siglo XX-, prematuro si lo ponemos en relación con el carlismo, destaca la experiencia de gobierno y de control del Estado por parte de Dom Miguel, en 1828-1834, que hacía extremadamente difícil la elaboración de un mito de raíz victimizante creíble y perdurable.

En Francia, la guerra civil formó parte integrante del proceso revolucionario abierto en 1789. Los conflictos de la Vendée y la chouannerie constituyen los ejemplos más claros del fraternal fratricidio, de este enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución 62. Pero ni la una ni la otra, ni tampoco su confrontación, terminaron realmente en 1799 o 1815, sino mucho más adelante, en los inicios de la Tercera República. Yan Guerrin ha mostrado, por ejemplo, la persistencia de la guerra civil en la primera mitad del siglo XIX en Haute-Bretagne, y Jean-Clément Martin ha aludido a la existencia de Vendées tardías 63. Cambios de régimen e inestabilidad constitucional, sin olvidar episodios revolucionarios como 1830, 1848 o la Comuna, jalonaron esta etapa. Para hacer referencia a este estado de conflictividad permanente, algunos autores han utilizado la denominación «guerras franco-francesas». Jean-Pierre Azéma, Jean-Pierre Rioux y Henry Rousso escriben, en este sentido, las palabras que siguen: «Depuis pres de deux cents ans) des crises majeures fracturent périodiquement f unité nationale) plongeant la France dans une guerre civile plus ou moins violente) plus ou moins ouverte» 64. De Francia pasamos, finalmente, a Italia. El caso italiano no resulta demasiado distinto de los otros. Posiblemente, lo que más lo aleja es la dificultad por parte de los propios historiadores en reconocer que en la Italia del siglo XIX tuvo lugar una guerra civil. El mito del Risorgimento y de la unificación frente al extranjero siguen pesando en demasía.
Adriano Sofri se refirió, en 2000, al tabú de la guerra civi1 . Resulta más que evidente, sin embargo, como Claudia Pavone y otros autores mostraron ya para el siglo x 66, que el fratricidio, la lucha entre italianos, entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, se encuentra en los fundamentos de la construcción del Estado liberal contemporáneo.

Movimientos como los Viva Maria o las distintas insorgenzeJ así como las resistencias a la unificación -en especial en el reino de Nápoles, con los Barbones a la cabeza-, forman parte de un conflicto largo y abierto, en el que, en palabras de Giacinto de Sivo, «LItalia combatte tItalia. [...J. LJItalia subissa tItalia» 67. Los trabajos de historiadores como Paolo Pezzino o Eugenio di Rienzo lo muestran a las claras 68. La guerra civil puede constituir, en definitiva y en conclusión, ya sea en Italia, o en Francia, en Portugal o en España -y también en muchas otras latitudes-, una de las claves principales para releer, repensar y reescribir, en otros términos, la historia del siglo XIX.
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