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ROMA, critica a una civilizacion estatista tipica

Algunos de los mitos historicos y sus posibles relecturas. La Historiografia no es una ciencia exacta. De hecho esta plagada de mitos e intereses nacionales o de poder, tergiversandolo todo.

Nosotros preferimos una vision desde el pueblo, desde la mayoria, no desde las minorias dominantes y militaristas, las que han estado escribiendo la historia hasta hoy.

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ROMA, critica a una civilizacion estatista tipica

Notapor Historia » 2019 06 14, 12:53

En este tema quiero mostrar que Roma fue una civilizacion realmente odiosa, muy semejante a los nazis, URSS o la China actual: clasista, patriarcal, opresora, dominadora y explotadora de pueblos, llena de espias que protegian a una casta dirigente mafiosa y corrupta, un sistema economico filo opseudosocialista basado en el esclavismo y el robo, el expolio, enriqueciendo asu Nomenklatura nobiliaria y subvencionando a su pueblo apesebrado... que acabo quebrando y hundiendose en sucesivas crisis economicas generadas por su ineficacia administrativa, social, economica y moral.

Platon y San Agustin escriben y alaban este tipo de sociedad estratificada en clases cerradas, estatista. Por ello son autores citados por todos aquellos que aman las clases, la explortacion, la dominacion, el control de la gente.

La Verdadera Historia de Roma.
La historia la escriben los vencedores y los demas nos las creemos por que nos la meten desde niños. Veamos como la escriben los que perdieron y los que nos hemos quitado la venda de los ojos:

Roma apesta. Es la expresión de la civilización que nadie debería querer para sí y sus hijos. Tratar de mostrar lo que era el Imperio Romano según lo que hacia el emperador o el senado, los ricos, su ejército, es como explicar la cultura europea hablando de Luis XVI o de Napoleón. Un absurdo. El imperio romano era su gente, no su emperador. El régimen romano era semejante a la URSS o al Nazi:
policías, represión, control, opresión, divinización del poder, castas, clasismo, brutalidad, militarismo, crisis económicas, rebeliones populares, espías por todas partes, guerras civiles. Eso era su "civilización"... esclavitud, represión y represión. Una nación de ladrones esclavizando territorios. Eso si, generaba una "paz" muy conveniente... a ellos, a los romanos. Genera también cierta prosperidad, así como la URSS elevo bastante los niveles de vida de sus ciudadanos, su carrera armamentística, su plan astronáutico, la bomba atómica, pero no su felicidad, desde luego. La felicidad vino cuando el imperio comenzó a derrumbarse, especialmente con las revoluciones bagaudas pirenaicas, permitiendo a muchos territorios recuperar sus libertades, construyéndose una forma de vida mucho mas humana y vivible, con menos lujos, eso si, pero mejor en lo humanista.
Entre los siglos IX y XIII en Iberia existió -fruto de aquella revolución bagauda previa-, una civilización bastante mejor que la romana en lo humano:
rural, campesina, cristiana, desurbanizada -con la degradación romana las ciudades fueron abandonadas-, de hombres libres sin esclavos, de concejo
abierto y comercio justo, con mucho menos estado.... Lamentablemente la corona y la alta nobleza preferían el modo visigodo y romano de propiedad privada, esclavismo, dominacion, vasallos, feudalismo y poder militar.... La civilización romana representaba todo eso, por mucho lujo del que presumiera...
se oculta su lado oscuro por que interesa mostrar como que esa forma totalitaria y estatal es la única viable, posible y beneficiosa.

El Derecho Romano, base del Napoleónico y de los actuales es BASURA: Leyes para ricos, santificar la propiedad privada, la posesión de esclavos... leyes de ricos para ricos y para dominar a su grey. Ante eso surgieron, cuando Roma se deshizo, las Leyes Consuetudinarias, base de la vida rural y campesina y de las ciudades que comenzaron a surgir, ya que las romanas se despoblaron aun antes, por sucias, insalubres, inseguras y centros de degradación. Roma estuvo abandonada muchísimos años... La nobleza ya había huido mucho antes al campo, fundando granjas. A Hispania huyo mucha nobleza romana, buscando huir de la decadencia romana. El latín apenas se usaba ya en el siglo II o III: los nobles preferían el griego, cultura muy superior a la de los oportunistas y descastados romanos, que solo estaban donde estaban por su buen ejercicio brutal de su ejército. ¿Si la cultura y civilización romana era tan buena... porque querían ser griegos??? ja ja ja


RRoma cayó por tres motivos, ya expuestos por ellos mismos:
1 leyes injustas y la maldad de los jueces
2 a las confiscaciones, robos de los recaudadores de impuestos.
3 los cargos públicos (que se compraban) desempeñados por un pequeño número de ciudadanos eran la ruina de muchos. Los pobres costeaban estos cargos. Un cáncer que se extendió al mundo bizantino.
Los campesinos y pobres romanos acabaron por exiliarse voluntariamente entre los bárbaros para huir de pagar las contribuciones, contribuciones destinadas a mantener contentos a los romanos de Roma y los beneficios de su nobleza, arruinando al imperio. Era una mafia estatal y militarizada. Muy bien organizada, pero con un objetivo: ROBO y LUCRO propio, y someter a los demás.
"Toda la Armórica y las demás regiones de las Galias imitaron a los bretones y se liberaron del mismo modo, despidieron a los funcionarios romanos y organizaron su gobierno en plena libertad", lo que es decir con otras palabras que no querían continuar siendo romanos.
A la humanidad y clemencia de los bárbaros aluden también los cronistas cuando se refiere a la injusticia y falta de humanidad de los magistrados romanos. Incluso, en un momento de lucidez, el gran historiador Tácito contrapuso las costumbres corrompidas de los romanos a la honestidad de vida de los germanos. Alaba repetidas veces a lo largo de su obra las virtudes de los bárbaros. Y era verdad: Ni los francos, ni los hunos, ni los vándalos, ni los godos cometían tales atropellos.
El problema es la Leyenda Negra contra los “barbaros”, los no romanizados. Ya se sabe: la historia la escriben los vencedores.
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Re: ROMA, las causas economicas de sus crisis y derrumbe

Notapor Historia » 2019 08 07, 8:55

El Suicidio Financiero de Roma.

Más de 2.000 años antes de los rescates y de ayuda social los programas de los Estados Unidos, los antiguos romanos experimentaron con sistemas similares. El gobierno romano habia rescatado instituciones, canceló deudas personales, y gastó enormes sumas de dinero en programas de bienestar. El resultado no era bastante.
Los políticos romanos escogieron ganadores y perdedores, en general, favoreciendo la buenas conexiones políticas – una práctica que es fundamental para el estado de bienestar de los tiempos modernos, también. Como han señalado numerosos autores, estos costosos esfuerzos Robar-a-Pedro-para-Pagar-Pablo fueron factores importantes en la quiebra de la sociedad romana. Inevitablemente llevaron a intervenciones aún más destructivas. Roma no se construyó en un día, como dice el viejo dicho – y se tomó un tiempo para rasgar abajo también. Finalmente, cuando la república se desvaneció en una autocracia imperial, los emperadores intentaron controlar toda la economía.
La condonación de la deuda en la antigua Roma era un tema polémico que fue promulgado en múltiples ocasiones. Uno de los primeros reformadores populistas romanos, el tribuno Licinio Stolo, aprobó una ley que era esencialmente una moratoria de la deuda alrededor de 367 aC, un momento de incertidumbre económica. Los deudores segun la legislación permitieron restar los intereses pagados del capital adeudado si el resto era pagado antes de tres años. Por 352 AC, la situación financiera en Roma seguía siendo sombrío, y el fisco paga muchas deudas privadas en mora adeudados a los prestamistas. Se supuso que los deudores finalmente reembolsarian al estado eventualmente, pero si usted piensa que lo hicieron, entonces es probable que piense Grecia es un buen riesgo de crédito en la actualidad.
En 357 aC, la tasa de interés máxima permitida de los préstamos fueran de aproximadamente el 8%. Diez años más tarde, esto se consideró insuficiente, por lo que los administradores romanos lo bajaron al 4%. Por 342, las sucesivas reducciones aparentemente no lograron aplacar a los deudores o de manera satisfactoria aliviar las tensiones económicas, por los intereses de los préstamos se abolieron por completo. Para sorpresa de nadie, los acreedores comenzaron a negarse a prestar dinero. La ley que prohíbe el interés llegó a ser ignorada por completo en el tiempo.

Hacia 133 AC, el político Tiberio Graco decidió que las medidas de Licinio no fueron suficientes. Tiberio aprobó una ley que garantiza extensiones de tierras de cultivo libres de propiedad estatal a los pobres. Además, el gobierno financió la construcción de sus nuevas viviendas y la compra de sus herramientas. Se ha estimado que 75.000 familias recibieron tierra libre gracias a esta legislación. Este fue un programa del gobierno que proporciona la tierra de cortesía, la vivienda, e incluso un pequeño negocio con cargo a los contribuyentes y despojo de las naciones recién conquistadas. Sin embargo, tan pronto como lo era admisible, muchos colonos agradecidamente vendieron sus granjas y volvieron a Roma. Tiberio no vivió para ver a estos beneficiarios rechazar la generosidad romano, debido a que un grupo de senadores lo asesinó en el 133 aC, pero su hermano menor Cayo Graco adoptó el manto populista y profundizó sus reformas.

Tiberio, por cierto, también proporcionó alimentos, grano subvencionado a muchos ciudadanos. Inicialmente, romanos dedicados al ideal de la autosuficiencia se sorprendieron en el concepto de bienestar, pero en poco tiempo, decenas de miles estaban recibiendo alimentos subvencionados, y necesitados o no. Cualquier ciudadano romano que estaba de pie en las filas de grano tenía derecho a recibir asistencia. Un rico cónsul nombrado Pisón, que se oponía al reparto del grano fue descubierto esperando su parte de la comida con descuento. Él indicó que si su riqueza iba a ser redistribuidos tenía la intención de conseguir su parte de cereales.
Por el siglo III dC, el programa de alimentos había sido modificado varias veces. grano de descuento fue reemplazado con el grano totalmente libre, y en su pico, un tercio de Roma aprovechó el programa. Se convirtió en un privilegio hereditario, transmitido de padres a hijos. Otros productos alimenticios, incluyendo el aceite de oliva, carne de cerdo y sal, se incorporaron habitualmente El programa se infló hasta que fue el segundo mayor gasto en el presupuesto imperial, detrás del militar. Eso no pudo servir como una red de protección temporal; al igual que muchos programas de gobierno, se convirtió en la asistencia permanente de un distrito electoral permanente que se sentían derecho/”titulados” a sus beneficios.

En el 88 aC, Roma se había recuperado de la guerra social, un conflicto debilitante con sus antiguos aliados en la península itálica. Una victorioso comandante era un hombre llamado Sila, que ese año se convirtió en cónsul (la posición política superior en los días de la república) y más tarde gobernó como un dictador. Para aliviar la catástrofe económica, Sila canceló porciones de la deuda privada de los ciudadanos, tal vez hasta un 10 por ciento, dejando a los prestamistas en una posición difícil. También revivió y se aplica una tasa de interés máxima de los préstamos, probablemente similar a la ley de 357 antes de Cristo. La crisis empeoró continuamente, y para hacer frente a la situación en el 86 aC, una medida que fue aprobada bajo el consulado de Cinna y Mario se redujeron las deudas privadas por otro 75 por ciento.

Menos de dos décadas después de Sila, Catilino, el infame populista radical y enemigo de Cicerón, hizo campaña para el consulado por el perdón total de la deuda. De alguna manera, fue derrotado, probablemente con los banqueros y los romanos que habian pagado sus deudas se opusieron a su candidatura. Su vida terminó poco después en un golpe de estado fallido.

En el 60 aC, el levantamiento del patricio Julio César fue elegido cónsul, y se continuó la política de muchos de sus predecesores populistas con algunas innovaciones propias. Una vez más, Roma se encontraba en medio de una crisis. En este período, los contratistas privados llamados recaudadores fiscales recogen impuestos adeudados al Estado. Estos recaudadores de impuestos pujarían por contratos de arrendamiento de impuestos y se les permitió mantener cualquier excedente sobre el precio del contrato como medio de pago. En el 59 aC, la industria de los impuestos de la agricultura (de granjas) estaba al borde del colapso. César perdonó tanto como un tercio de su deuda con el estado. El rescate del mercado de arrendamiento de impuestos debe haber afectado en gran medida los presupuestos romanos y los contribuyentes quizá incluso, pero el catalizador para la medida de rescate fue que César y su compinche Craso en gran medida había invertido en el sector.
En el año 33 dC, medio siglo después de la caída de la república, el emperador Tiberio se enfrentó a una situación de pánico en la industria bancaria. Él respondió proporcionando un rescate masivo de préstamos sin intereses a los banqueros en un intento de estabilizar el mercado. Más de 80 años después, el emperador Adriano perdonó unilateralmente 225 millones de denarios en impuestos atrasados para muchos romanos, fomentar el resentimiento entre otros que habían pagado con esmero su carga fiscal en su totalidad.

El Emperador Trajano conquistó Dacia (actual Rumania) a principios del siglo II dC, las arcas del Estado se llenaron con el botín. Con este tesoro, que financió un programa social, la Alimenta, que compitió con las instituciones bancarias privadas a través de préstamos a bajo interés para los propietarios de tierras, mientras que el interés se benefició a niños desfavorecidos. Los sucesores de Trajano continuaron esta programa hasta la devaluación del denario, la moneda romana, que hacía que el Alimenta desapareciera.

Por el año 301, mientras que el emperador Diocleciano estaba reestructurando el gobierno, el ejército y la economía, emitió el famoso Edicto de Precios Máximos. Roma se había convertido en un estado totalitario que culpó a muchos de sus problemas económicos en supuestos especuladores codiciosos. El decreto define los precios máximos y los salarios de los bienes y servicios. El no obedecer se castigaba con la muerte. De nuevo, para sorpresa de nadie, muchos vendedores se negaron a vender sus productos a los precios establecidos, y en pocos años, los romanos estaban ignorando el edicto.

Enormes programas de ayuda social también se convirtieron en la norma en la antigua Roma. En su apogeo, el gasto estatal más grande era un ejército de 300,000-600,000 legionarios. Los soldados se dieron cuenta de su papel y necesidad en la política romana, y en consecuencia aumentaron sus demandas. Exigieron paquetes de retiro exorbitantes en forma de extensiones gratuitas de tierras de cultivo o grandes bonos de oro equivalente a más de una década de su salario. También espera que bonos enormes y periódicas con el fin de evitar levantamientos.

La experiencia Romana enseña lecciones importantes. A medida que el economista del siglo 20 Howard Kershner dijo, “Cuando un pueblo autónomo confieren a su gobierno el poder de tomar de unos y dar a los demás, el proceso no se detendrá hasta que el último hueso de la última contribuyente queda pelado. “Poner a uno de los medios de vida en las manos de los políticos por la compra de votos no compromete sólo la independencia personal, sino la mismisima integridad financiera de la sociedad. El estado de bienestar, una vez iniciado, es difícil de revertir y nunca termina bien.
Roma cayó a los invasores en el año 476 dC, pero que los bárbaros eran reales es una pregunta abierta. El pueblo romano que apoyaba el estado de bienestar y los políticos que administraban la sociedad asi debilitada es por lo que el Imperio Romano de Occidente cayó como una ciruela madura ese año. Tal vez los verdaderos bárbaros eran los romanos que habían cometido efectivamente un suicidio financiero a cámara lenta.
Anexo: la perdida de los campos cerealisticos del norte de Africa fue un durisimo golpe para el imperio.

La Caida de la Republica:
Durante casi cinco siglos, Res Publica Romana -la República Romana-, concedida sobre el mundo un grado nunca antes vista del respeto de los derechos individuales y el estado de derecho (=Rule of Law: Regulacion de derecho) (YO: en realidad el de las clases pudientes y propietarias). Cuando expiró la república, el mundo no podría obligar a los logros maravillosos de nuevo en una escala comparable durante mil años. (YO: Mentira, como se vera en siguientes comentarios)
De forma impresa y desde el podio, me he dirigido a las políticas económicas desastrosas que comieron distancia los signos vitales de la sociedad romana. He hincapié en que no hay personas que han perdido su carácter mantuvieron sus libertades. Pero ¿qué pasa con la república como forma de gobierno, la estructura de la representación, el Senado y las asambleas de elección popular, leyes para la limitación del poder y la protección de la propiedad, y la propia Constitución romana? ¿Esas instituciones antiguas desaparecen bruscamente o fueron erosionadas a través de “táctica del salami”, una rebanada a la vez?
Nos conviene conocer las razones de la República murió. “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo.” Pero hay una urgencia más específico e inmediato para el aprendizaje de los hechos de la desgracia Romano: En maneras misteriosas e inquietantes , los estadounidenses en este mismo momento están viviendo a través de una repetición de la decadencia de Roma republicana.
Hay una sola persona, el derecho interno o intervención extranjera terminó la República en un solo golpe. De hecho, los romanos nunca abolieron formalmente la república. Los historiadores difieren en cuanto a cuando la práctica real que el republicanismo terminó. Fue cuando el Senado declaró a Julio César dictador de por vida en el 44 aC? Fue en el año 27 aC, cuando Octavio asumió el título audaz de “César Augusto”? En cualquier caso, el Senado vivió hasta el colapso del Imperio Romano de Occidente en el 476 dC, aunque después de Augusto, que nunca llegó a ser mucho más que un sello de goma imperial.


Hervir la rana:
La República romana tuvo una muerte de mil cortes. O bien: El calor por debajo de la olla -en la que se llevó a ebullición la proverbial rana-, comenzó como un simple destello de una llama, a continuación, se elevó gradualmente hasta que fue demasiado tarde para que la rana se escape. En efecto, por un breve tiempo, disfrutó de un buen baño caliente.
Al igual que la República Americana, la romana nació en violenta revuelta contra la monarquía. “Eso es el gobierno de un solo hombre arbitrario y caprichoso!”. Romanos parecía a declarar al unísono en el 509 aC Rechazar reyes es una cosa sumamente rara en la historia humana. Los romanos se dispensaron poder político para que se autorizara dos cónsules co-iguales, limitada a un período de un año, y cada uno con un veto sobre los actos del otro. Ellos crearon un Senado en el que los ex magistrados y miembros de las familias patricias con el servicio civil o militar se sentaban. Establecieron asambleas de elección popular que ganaron un aumento de autoridad e influencia por siglos.
Debido proceso y hábeas corpus vieron su primera práctica muy extendida en la República romana. Las libertades de expresión, de reunión, y el comercio eran pilares del sistema. Todo esto se plasmó en la Constitución romana, que similar a la de los británicos en nuestro día fue escrita pero profundamente arraigado en la costumbre, los precedentes, y el consenso de medio milenio.
la libertad romana y de gobierno republicano, sin duda, fueron socavados por limitaciones en la franquicia y en la institución siempre detestable de la esclavitud. La República romana no fue sin duda perfecta, pero aún así representa un notable avance para la humanidad, como se podría decir de la Carta Magna o la Declaración de Independencia. (YO: para la nobleza, para los mafiosos del estado, en definitiva, para el afortunado que pudiera llamarse romano. Ved luego como eso acabo dejandose de lado)
Escritores de los primeros siglos aC y dC resultó útil a la disminución. Polibio predijo que los políticos complacen a las masas, lo que lleva a la ley de la calle de una democracia sin restricciones. La constitución, conjeturó, no podría sobrevivir cuando eso sucedió. Salustio lamentó la erosión de la moral y el carácter y el aumento de la lujuria y el poder personal. Livio, Plutarco, Catón y expresaron sentimientos similares. Para el momento de su asesinato, Cicerón defendió la República contra los asaltos de los primeros dictadores porque sabía que transformarían de Roma en un despotismo tiránico.
En última instancia, el colapso del orden político de la Roma republicana tiene su origen en tres desarrollos que echaron raíces en el siglo II a, entonces florecido a finales de la primera.
Uno de ellos era aventura en el exterior, las conquistas para defenderse: el primer coste del Imperio.
El segundo fue el estado de bienestar y sus innumerables gastos.
El tercero fue un sacrificio de las normas constitucionales y el estado de derecho a las demandas de los otros dos.
(YO: Ved el comentario mas abajo sobre mas y mas decisivas causas, expresadas por Salviano y otros)

Aventura extranjera:
En su excelente libro de 2008, los imperios de la Confianza, el historiador Thomas F. Madden argumenta que gran parte del expansionismo de la República romana era de naturaleza defensiva, es decir, los romanos habian acumulado gradualmente un imperio sin ningún diseño real para tener uno. Pero no hay duda de que después de las guerras con Cartago (que termina en la mitad del II aC), los costes de vigilancia de tan vasto territorio de un extremo del Mediterráneo al otro eran inmensos.
Las guerras también dieron excusas a los líderes políticos para espiar y conspirar, para suspender las disposiciones constitucionales en el nombre de emergencias nacionales. Como el poder estaba concentrado en las manos de generales, los soldados colocan cada vez más su lealtad a sus generales por delante de la lealtad al bienestar general. Impuestos se plantearon incluso cuando el botín (y esclavos) a partir de las conquistas de ultramar que se vertieron. Si Roma no se hubiera expandido tanto su complejo militar-industrial podría haber sido mejor domesticado. (YO: eso podria haber sucedido cuando estaba siendo reducido, no?)
Dado que tanto el poder y la bolsa del gobierno central crecieron, una larga serie de conflictos civiles surgió. Las facciones se enfrentaron entre sí para obtener el control de la maquinaria del Estado. Cada vez más, se ignoran o se fijan excepciones a los límites del mandato. Se emitieron decretos, equivalentes a “órdenes ejecutivas” de hoy de presidente o de las nuevas regulaciones de la burocracia, sin consideración de las asambleas representativas. La guerra, como Randolph Bourne señalaría siglos más tarde, es de hecho “la salud del Estado”.
Los conflictos extranjeros producen otro efecto perjudicial en casa. Muchos campesinos vieron sus tierras devastadas mientras estaban fuera en guerra durante largos períodos de tiempo. Y si todavía ellos poseían a su regreso, se encontraron con que tenían que competir con la mano de obra barata de los esclavos capturados en la guerra y poner a trabajar por los terratenientes ricos con conexiones políticas.


anexo:

Roma tenía una economía, al principio aristocrática y después imperialista.
En el momento del Imperio, muchos de los medios de producción por temporadas pasan incluso a administrarse militarmente, especialmente en los terrenos conquistados.
Pero en general, las que administraban en Roma los medios de producción eran oligarquías trabajadoras. Todo lo que estas oligarquías trabajadoras hacían, especialmente el campesinado, que era muy fuerte y muy bien visto, y de él surgían la mayoría de los próceres y patricios, era hecho con miras a "salvarse el culo" a sí mismas.
Roma era una sociedad piramidal (militar) en la que convenía mantener a los de abajo para que no se cayeran los de arriba, y se hacía en cada momento lo que el que mandaba creía que estaba mejor hecho, a la prueba-ensayo para tener tranquila a la gente. No había una planificación construida en base a protocolos de actuación como imponen hoy las ideologías políticas, simplemente porque éstas no existían.
No podemos hablar de socialismo si hoy se hace esto porque conviene pero mañana se planifica otra cosa. Es como decir que eres católico porque hoy has ido a misa porque te convenía (y además no sabes ni qué es la misa).
Y todos actuaban más por libre. El que vendía más era rico, y el que no vendía nada era pobre, así de simple. Como en cualquier sociedad de la época, la gente necesitaba algo en lo que entretenerse y de lo que sobrevivir, y por eso Roma conquista. Y además había una visión de la vida hoy casi perdida, porque el tiempo y la vida tenían un valor muy diferente al de hoy. Para llegar de cualquier sitio a otro empleabas una gran parte de tu vida, y además la distancia entre la vida y la muerte era mucho más tenue; se vivía mucho más cerca de ésta (no había los adelantos médicos de hoy), y por tanto fallecer no era la misma "tragedia" que es hoy. Conquistar era en aquellos grupos humanos un modo considerado honroso de pasar por el breve y frágil trago de la vida. Pero no solo Roma: todos los demás hacían lo mismo.
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Re: ROMA, critica a una civilizacion estatista tipica

Notapor Historia » 2019 08 07, 9:10

https://www.labrujulaverde.com/2018/11/las-ultimas-batallas-del-imperio-romano-de-occidente/amp?fbclid=IwAR3_yzWo1ejsAFC01YY-UP_sGvVuejfOPC1VKDZUGYWiJnbnkts5J9HQ2q8

Historiográficamente se considera el año 476 d.C. como el del final del Imperio Romano de Occidente, siendo su último emperador Rómulo Augústulo. No fue algo que ocurriera de pronto sino como resultado de un proceso evolutivo iniciado siglos atrás, a lo largo del cual Roma sufrió un debilitamiento progresivo por múltiples razones, unas exteriores y otras interiores, unas generales y otras específicas. Y si bien las legiones no fueron ajenas a esos cambios, se esforzaron en defender aquella agónica luz de civilización hasta el último momento protagonizando lo que podemos considerar sus últimas batallas.

Desde la segunda mitad del siglo IV se había ido formando un nuevo sistema de relaciones que se basaba en la economía cerrada rural, en una villa casi independiente muy distinta al antiguo latifundio esclavista y que constituía el primer paso hacia una nueva figura, la del feudo. Eso tuvo efectos en el colonato (la esclavitud tendió a desaparecer al costar más de lo que producía), cuyos integrantes, de clase media y baja, solían ejercer una gran movilidad para evitar los tributos y encontraron en esos miniestados una buena forma de esquivar a los recaudadores imperiales.

Para evitarlo, el estado dictó medidas que los vinculaban a la tierra, lo que repercutió en una transformación de las ciudades, que pasaron a fortificarse en detrimento del comercio y la caída de éste arrastró el esclavismo porque, al no haber mercado para los productos, costaba más de lo que producía. A su vez, ello frenó la actividad monetaria en favor del pago en especie; esto último se extendió a los soldados, que, salvo los de cierto rango, pasaron a recibir parte del salario en bienes. De hecho, también ellos quedaron asimilados a una relación de servidumbre, sobre todo en las zonas fronterizas, originando unidades privadas (generalmente montadas, llamadas bucelarios).

El ejército tampoco pudo sustraerse a reformas, dando entrada en sus filas a los bárbaros, especialmente en el limes, lo que implicaba dos cosas: por un lado se difuminaba la diferencia entre tropas fronterizas y población local; por otro, los encargados de defender el imperio de amenazas exteriores no veían a éstas como tales y, de hecho, a menudo los forasteros terminaban recibiendo licencia para instalarse en territorio imperial bajo la fórmula del foedus. Así las cosas, los legionarios tardorromanos estaban sujetos a sus mandos por relaciones de servidumbre, lo que los acercaba más al mundo medieval que al clásico y limitaba tanto una defensa coordinada como los recursos disponibles.

También habían experimentado cambios en su equipamiento, germanizándolo: se impusieron el casco segmentado sobre la gálea, la cota de malla sobre la coraza de placas, el escudo circular u ovalado sobre el de teja, la spatha sobre el gladius y la lanza larga sobre el pilum, esto último acorde con la recuperación de la formación en falange. Fueron adaptaciones que, pese a lo que se cree, no redujeron ni su operatividad ni su eficacia y sólo al final ya el ejército empezó a verse desbordado, a menudo minado por la propia inestabilidad del imperio, envuelto en guerras internas, y la insuficiencia de fondos, resultado de lo descrito antes, que impedía disponer de los reemplazos adecuados.

Aún así, el ejército romano siguió fajándose hasta tener su canto del cisne en una serie de batallas que jalonaron esos últimos años. No se pueden reseñar todas, obviamente, así que veamos sucintamente las más destacadas del siglo V d.C.


A Flavio Aecio suele llamársele el último romano y, desde luego, se le puede considerar el pilar sobre el que se sostuvo el Imperio Romano de Occidente en su etapa final. Era un genio militar que había empezado a destacar en el 427, con una campaña de dos años por la Galia que puso coto a la creciente importancia de francos y visigodos. Por entonces sólo tenía treinta y un años pero sus victorias en Arelate (Arlés) y Narbona le supusieron ganar el cargo de magister militum, siguiendo después su imbatibilidad en otros lugares.

Su lista de enemigos derrotados incluye hunos, burgundios, francos, vándalos y visigodos. Pero también adversarios romanos. Por ejemplo, el general Bonifacio, con quien se disputaba el favor de Gala Placidia, madre (y regente) del futuro Valentiniano III terminando en guerra civil. La ganó, claro, convirtiéndose en el hombre fuerte de Roma y mano derecha del emperador durante las siguientes dos décadas. Y en ese tiempo se adjudicó uno de sus triunfos más sonados: el que le enfrentó a los hunos en los Campos Cataláunicos (actual Chalons).

Al frente de una alianza con el visigodo Teodorico I y otros pueblos (francos, alanos y burgundios), sus tropas salieron al encuentro de las de Atila en la Galia, territorio del que éste pretendía apoderarse tras saquear varias de sus ciudades. Los hunos tampoco estaban solos, ya que les acompañaban fuerzas de reinos vasallos como los ostrogodos, los hérulos, etc. Fue, pues, un choque a gran escala que, aunque en realidad terminó en tablas, se suele considerar victoria romana porque supuso la retirada de los hunos… aunque con ello cambiarían de objetivo e invadirían Italia. Aecio, por cierto, murió de éxito: a Valentiniano le pareció que se había vuelto demasiado poderoso y mandó asesinarlo tres años después; el emperador también fue fulminado doce meses más tarde mientras su guardia, formada por leales a Aecio, no movía un dedo por impedirlo.

Resulta curioso que los saqueos de Roma por los bárbaros en los años 405 y 455 se hicieran prácticamente sin necesidad de haberla derrotado previamente en batalla. En cualquier caso el nuevo emperador, Avito, decidió evitar nuevas sorpresas negociando con los visigodos, pues al fin y al cabo su rey, Teodorico II, le había ayudado a subir al trono. Sin embargo, ni él ni su política de apaciguamiento fueron populares y terminó depuesto por el general Mayoriano, que ocupó su lugar hasta que él mismo acabó asesinado por Flavio Ricimero, el hombre fuerte de Roma, que puso en su lugar a Libio Severo (él no podía autoproclamarse por ser germano de origen).

Ricimero, del que ya hablamos en otro artículo, se encontró con la oposición de un antiguo protegido de Mayoriano, el general Egidio, quien no reconoció a Severo y se proclamó independiente en el norte de la Galia -de la que era magister militum– apoyado por los francos, amenazando con marchar sobre Roma. Hábilmente, Ricimero se las arregló para que Teodorico II le saliera al paso abriéndole la posibilidad de extender el reino visigodo más allá del Loira. El choque se produjo en Orleans, ignorándose el tamaño de las fuerzas de los contendientes, el número de bajas registrado y cómo fue el desarrollo de la batalla. Pero los visigodos fueron derrotados y su jefe, Federico, hermano de Teodorico, perdió la vida.

Los vándalos abandonaron la Península Ibérica en el 429, cuando el emperador se la entregó a los visigodos como foederati (como antes a ellos) y se instalaron en las actuales Tánger y Ceuta, expandiéndose luego por el norte de Africa y estableciendo la capital de su nuevo reino en Cartago. En el 468, harto de sus razias, el emperador Mayoriano había llevado a cabo una operación de castigo contra ellos que se dirimió en la batalla de Cartagena, terminando con un desastre naval para la flota romana. Treinta y nueve años después, el emperador oriental León I decidió solucionar el problema con una invasión que, de paso, vengaría el saqueo de Roma que hizo el rey vándalo Genserico en el 455.

Para ello reunió una flota fabulosa, compuesta por algo más de un millar de naves en las que embarcó a diez mil soldados al mando de su cuñado, el dux Basilisco. Contaba con la colaboración del emperador occidental Artemio y del general Marcelino, que gobernaba la provincia de Iliria. Este último cumplió su misión de conquistar Cerdeña y Libia, uniendo luego sus fuerzas a las de Basilisco para avanzar sobre Cartago y enviar un ultimátum a Genserico. El caudillo vándalo pidió tiempo para negociar las condiciones y así pudo tomar por sorpresa a los atacantes, enviándoles docenas de brulotes (barcos en llamas llenos de materiales combustibles) que provocaron una catástrofe en la flota invasora, haciéndole perder la mitad de sus efectivos.
La victoria de Genserico provocó unos, para él, sorprendentes, sospechadas y bienvenidas consecuencias: fieles a su época, los derrotados líderes romanos se dedicaron a exterminarse entre sí; sólo se salvó Basilisco pero fue desterrado.
Soissons (486 d.C.)

La Galia volvió a ser escenario de una batalla en esa época, esta vez entre los antiguos aliados romanos y francos. El sucesor de Egidio, Afranio Siagrio, gobernaba como dux aquel territorio independizado con capital en Novidunum (actual Soissons) que se extendía entre los ríos Mosa y Loira, pero los francos salios (de la zona del Rin, actuales Países Bajos y Alemania), dirigidos por Clodoveo I, estaban en plena expansión hacia el oeste y no iban a detenerse por lo que ya era el último retazo de poder de Roma (Rómulo Augústulo había sido depuesto por el caudillo hérulo Odoacro en el año 476).

Clodoveo logró reunir a diversos pueblos francos y en un alarde de jactancia puso como punto de confluencia la ciudad de Soissons. Luego se demostró que no era petulancia sino realidad: Siagrio, vencido, tuvo que escapar a galope y pedir protección a los visigodos de Alarico II… que no olvidaban que su padre los había aplastado dos décadas antes. Y si lo olvidaron, Clodoveo se encargó de advertirles que el Reino de Tolosa podría ser su siguiente objetivo, así que Siagrio y su corte fueron ejecutados. El Imperio Romano desapareció también de la Galia, naciendo a cambio el Reino Franco.

Mons Badonicus era el nombre de un monte de localización indeterminada aunque situado en Britania. Allí, en una fecha inconcreta, se libró una batalla entre fuerzas britano-romanas e incursores anglosajones de los que apenas hay datos, salvo que procedían del norte. De hecho, como es frecuente en esa época y lugar, todo es muy oscuro y sólo la obra De Excidio et Conquestu Britanniae (Sobre la ruina y conquista de Britania), del clérigo autóctono Gildas, arroja una pequeña luz sin concretar demasiado (si bien el ser coetáneo de los hechos le concede cierta credibilidad). Tampoco aquí sabemos cuántas fuerzas hubo en liza pero sí que los defensores eran el último resto romano en la isla después de que Constantino III ordenara abandonarla a principios del siglo V.
Según Gildas, el mando supremo del ejército recaía en Ambrosio Aureliano, un general aristócrata y cristiano al que a menudo se ha identificado como el personaje que originó la leyenda del rey Arturo y cuya historicidad está confirmada por otras fuentes, caso de la Historia Britonum. Ignoramos si Aureliano lideró personalmente a las tropas en la batalla o delegó en algún subordinado; sí sabemos que los sajones meridionales de Aelle de Sussex (fundador del reino homónimo) se enfrentaron a varias cohortes atrincheradas en el monte Badon y a un contingente de caballería sármata. Sorprendentemente, dada su inferioridad numérica, triunfaron los segundos, deteniendo las incursiones sajonas por un tiempo.

Fuentes: Historia de Roma (Sergei Ivanovich Kovaliov)/La caída del Imperio Romano. Las causas militares (Arther Ferrill)/En el final de Roma (ca. 455-480). La solución intelectual (Santiago Castellanos)/Generalissimos of the Western Roman Empire (John M. O’Flynn)/Late Roman Warlords (Penny MacGeorge)/De Excidio et Conquestu Britanniae (Gildas)/Late Roman Army (Pat Southern y Karen R. Dixon).
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Revolucion Bagauda, revolucion CONTRA ROMA

Notapor Ann.Onime » 2020 01 02, 10:56

RESUMEN DE "La crisis del Bajo Imperio en la obra de Salviano de Marsella" de José María Blázquez Martínez
La revuelta bagáudica se debió a estas tres causas:
1.- a nuestras (Roma) injusticias
2.- a la maldad de los jueces romanos
3.- a las confiscaciones, robos de los recaudadores de impuestos.
4.- los cargos públicos (que se compraban) desempeñados por un pequeño número de ciudadanos eran la ruina de muchos. Los pobres costeaban estos cargos. Un cáncer que se extendió al mundo bizantino
se exiliaron voluntariamente entre los bárbaros para huir de pagar las contribuciones.
"Toda la Armórica y las demás regiones de las Galias imitaron a los bretones y se liberaron del mismo modo, despidieron a los funcionarios romanos y organizaron su gobierno en plena libertad", lo que es decir con otras palabras que no querían continuar siendo romanos.
A la humanidad y clemencia de los bárbaros aluden también Paulino de Pella cuando se refiere a la injusticia y falta de humanidad de los magistrados romanos. Salviano está en la misma línea que el gran historiador Tácito, que contrapuso las costumbres corrompidas de los romanos a la honestidad de
vida de los germanos. Alaba repetidas veces a lo largo de su obra las virtudes de los bárbaros
Ni los francos, ni los hunos, ni los vándalos, ni los godos cometían tales atropellos.

Entre los años 440 y 450, Salviano, sacerdote de Marsella, escribió su obra De gubernatione Dei, tratado en el que se plantea la situación de Galia, de Hispania y del norte de África 1 en estos terribles años de las invasiones bárbaras. Una segunda obra del mismo autor Ad Ecclesiam, fruto igualmente de la madurez intelectual de Salviano, proporciona también datos interesantes sobre la Galia en los mismos años 2. La importancia de Salviano es enorme, pues hace un análisis excelente de la situación económica y social de estas tres regiones a mediados del siglo y, aunque no intenta profundizar en todos los problemas que han llevado a la crisis del Bajo Imperio: tan sólo se fija en alguno de ellos que considera de primer orden. Nunca hay que olvidar que su obra se dirige a los cristianos, a los que trata de convertir a la práctica de la religión
cristiana. El análisis que hace de alguno de los más graves problemas del Bajo Imperio es de gran finura y coincide con lo que se conoce de otros lugares del mismo. De aquí la importancia excepcional de su obra para hacerse una idea lo más exacta posible de la crisis económica y social, de sus causas y de sus consecuencias 3. Para el conocimiento de la situación de Hispania en el siglo y, los escritos de Salviano son fundamentales, ya que los escritores hispanos, como el historiador Orosio 4, el poeta Prudencio 5 y el obispo barcelonés Paciano 6, apenas ofrecen datos concretos sobre ella. Hispania en este aspecto no tuvo la suerte de contar en el Bajo Imperio con autores como Ausonio o Sidonio Apollinar, que describen bien en sus obras, con datos concretos, lo que era la vida en las villas galas. Somos de la opinión de que la sociedad
en el sur de la Galia no era muy diferente de la hispana.


En las dos obras mencionadas queda muy claro que la sociedad se dividía en dos grandes bloques: los ricos, que eran los possessores de las fincas, y una masa de pobres, los humiliores, que estaban aplastados por las contribuciones y que no tenían más posibilidad de mejorar su desastrosa situación económica y social que refugiarse entre los bárbaros o buscar la protección de los ricos mediante el patrocinio. Para Salviano, la rapacidad de las capas pudientes de la sociedad eran la causa de la mala situación económica y social de la mayoría de la población.
En el Ad Eccl. 1. 18, alude a los fundos interminabiles et notitiam possesoris sui excedentes, qui consortes parti indignum aestiment et uicinitatem iniuriam putent. Cada possessor, pues, tenia varias fincas en diferentes regiones, que ni siquiera conocía muchas veces, que no dividía para no mermar la riqueza, ni aceptaba tener otros vecinos. En otro párrafo más adelante (Ad Eccl. 1, 32) afirma Salviano que entonces los ricos no se contentaban con conservar la riqueza sino que la querían aumentar continuamente. La situación era muy parecida a la descrita por Cipriano ad Donat. 12: "los que amontonan campos y más campos, desplazan a los pobres vecinos para extender continuamente sus numerosas tierras, los que poseen oro y
plata en abundancia, y apiñan enormes cantidades en montones o las entierran en sumas fabulosas...
No se regala nada a los clientes, ni se reparte a los pobres... Lo poseen todo con la única finalidad de que no lo tenga el vecino".
Esta afirmación de Salviano está confirmada plenamente por otras fuentes contemporáneas que se refieren a los ingresos y al lujo escandaloso de los latifundistas. Así Melania la Joven, de origen hispano, tenía posesiones en Hispania, en Campania, en Sicilia, en África, en Mauritania, en Britannia.
Sus ingresos eran fabulosos; según su biógrafo Geroncio (VM 15) los de su esposo, Piniano, alcanzaban la astronómica cifra de doce mil sólidos áureos anuales, sin contar los de su esposa. El texto latino atribuye esta cantidad a Melania. Geroncio en la biografía de su heroína escribe que Melania reunió una suma de oro inmensa e innombrable, de la que envió para socorrer a los pobres y a los monjes 45.000 libras de oro y puntualiza que su casa estaba iluminada por las riquezas como por un fuego (Geront. VM 17). El palacio tenia esculturas muy valiosas, algunas de las cuales ofrecieron a la emperatriz (Geront. VM 14). Las casas de
la nobleza romana eran verdaderos museos de obras de arte, al igual que las de Constantinopla, como la de Lauro, que además de otras obras de arte guardaba la Afrodita de Cnido, la obra de Praxíteles, y el Zeus chrisoelefantino que Fidias labró para Olimpia (PG. 131, 614).
Todos estos tesoros perecieron en el incendio de Constantinopla en tiempos de los emperadores
León y Basílico. En el siglo IV a todas es las esculturas se las consideraba ya como meras obras de arte, según Prudencio (Contra Symm. 1, 503). Paladio (HL. LXI) confirma los datos de Geroncio y los completa al afirmar: "envió por mar a Egipto y a la Tebaida 10.000 monedas de oro; a Palestina 15.000; a las iglesias de las islas y a los condenados 10.000; y parecida suma a las iglesias de Occidente". A los monasterios de monjes y de vírgenes, distribuidos por las islas del Egeo, les proporcionó buenas sumas de oro (Geront. VM 19). Paladio en su Historia Lausiaca calcula que Melania y su esposo repartieron en total 40.000 monedas de oro en limosnas, lo que indica bien claramente los fabulosos ingresos de los latifundistas que acaparaban toda la circulación de este metal. El que no poseía oro, no podía pagar ni siquiera las tasas calculadas en base a él. Ha sido el anónimo autor del De rebus bellicis 2, escrito quizás en tiempos de los emperadores Valentiniano y Valente, el que señaló las consecuencias funestas y los desórdenes que se siguieron entre las clases bajas de la sociedad romana por poner el Estado en circulación el oro, la plata y las piedras preciosas acumulados en los templos confiscados por el Estado en tiempos de Constantino, y que pasaron a manos de los poderosos.
Geroncio puntualiza que "dio, además, para los altares de las iglesias y de los monasterios, todos sus vestidos de seda, que eran numerosos y de gran valor, fundiendo los objetos de plata que poseían en gran cantidad e hicieron para Dios altares de las iglesias y numerosas otras ofrendas".
Propias eran las joyas de oro y plata, al igual que velos de gran precio, que regalaron los esposos al obispo Alipio de Thagaste, ciudad pequeña y pobre (Geront. VM 21). Estos velos confeccionados en diferentes colores, eran muy costosos y estaban decorados con figuras en colores según Paulino de Nola (Carm., XVIIE 29-32). Estas donaciones a las iglesias para decorar los altares eran frecuentes entre las mujeres que aspiraban a la perfección cristiana.
Otras veces los prestaban las damas cristianas para las procesiones paganas, lo que prohibió el Concilio de Elvira en su canon LVII. Paladio (HL LXI, 3) cuenta el caso similar de Olimpiade, patriarca de Constantinopla, discípulo espiritual de Juan Crisóstomo.
Estos donativos indican claramente el lujo en que vivían las capas altas de la sociedad, bien patente igualmente en los regalos que Melania ofreció a la emperatriz Serena.
"tomó joyas de gran precio, vasos de cristal para regalárselos a la piadosa emperatriz; además, otros donativos de anillos de plata y vestidos de seda, para ofrecerlos a los fieles eunucos y a los oficiales". Buenos ejemplos de estas joyas son las piezas de oro aparecidas en Elche y, fuera de Hispania, el tesoro del Esquilino 8 datado entre los años 379 y 383, o los objetos de plata hallados en Britannia.
San Jerónimo (Ep. XXVIII, 4) ha dado datos concretos sobre el refinamiento de la toilette femenina al referirse a la joven Blesilla, antes de su conversión a la perfección cristiana.
En la Tableta Albertini n. 1 se especifica el coste del trousseau de una casada, correspondiente al 17 de septiembre del año 493, que asciende a una suma total de 12.000 folles. Pero el coste de los ajuares de las aristócratas ascendía a una cantidad mucho más elevada. El poeta Prudencio en su obra titulada Hamartigenia, escrita entre los años 398- 400 (259-379), ataca el lujo desenfrenado de las mujeres hispanas en el atuendo y a los varones afeminados a los que alude Salviano igualmente (De Gubern. Dei VII, XXII, 94) al referirse a África.
Paciano en su tratado De poenitentia, X, describe igualmente la vida de la sociedad barcelonesa de su tiempo. El lujo escandaloso de las altas capas de la sociedad de Alejandría lo había atacado Clemente de Alejandría hacia el año 200, pero en 250 años no se avanzó nada en este punto.
El mejor comentario a estas descripciones de la indumentaria femenina son los vestidos y las joyas representados en algunos mosaicos hispanos como en los de Pedrosa de la Vega, Olmeda (Palencia), en la escena de Aquiles en Squiros, de época de Teodosio (con los retratos de damas de la familia en la orla) 10, el de Dionysos de Baños de Valdearados (Burgos), de mediados del siglo IV 11, el de Dionysos y Ariadna de Mérida 12, de hacia el 400, o el dionisiaco de Alcalá de Henares con vestidos transparentes, etc.
Además de estos datos entresacados de la vida de Melania la Joven, hay otros varios de su riqueza esparcidos en su bibliografía de los que se prescinde en este trabajo y que coinciden plenamente con los aportados por otras fuentes literarias.
El gran historiador del siglo IV Ammiano Marcelino (Hist. XXVII, 11, 1), afirma del primo de Melania, Petronio Probo, que "tenia posesiones en casi todas las regiones del mundo romano". Paulino de Nola tenía vastas posesiones en Italia y en Aquitania.
El historiador bizantino, Olimpiodoro, que escribió su obra, de la que sólo se conservan fragmentos transmitidos por Fotio, entre los años 430-440 (Frag., 43-44), ofrece una lista de los ingresos de las principales familias romanas, cuyos bienes eran las tierras (emparentadas varias de ellas con las hispanas) 14: "Cada una de las grandes casas de Roma contenía dentro de sí, todo lo que tenía una ciudad mediana: un hipódromo, un foro, templos, fuentes y diversos baños. Cada casa eran una ciudad. Muchas casas romanas recibían de sus posesiones, unos ingresos anuales de 4.000 libras de oro, sin contar el trigo, el vino y otros productos que una vez vendidos, ascendían a un tercio de la cantidad de oro. Las casas de Roma que, después de las primeras, seguían en categoría, obtenían unos ingresos que oscilaban entre las 1.500-1.000 libras de oro. Probo, el hijo de Olibrio, cuando desempeñó el cargo de pretor, en tiempos de la tiranía de Juan (entre los años 423-425) contaba con 1.200 libras de oro; el orador Symmaco, un senador de los más modestos, gastó 2.000 libras de oro en la pretura de su hijo (en fecha posterior al 426). Los pretores daban sus juegos durante siete días consecutivos". …/…
El poeta Ausonio, maestro de Paulino de Nola, que era probablemente hijo de una hispana (Ep., XXIX, 5), describió (XII, 2-9, 21-23) su finca pequeña situada en la región de Bèziers 19. En ella cultivaba 200 yugadas de campo, cien de vid y la mitad de prado; los bosques cubrían una extensión doble de la de los prados, de los viñedos y de las tierras laborables. Los campesinos que explotaban una finca no eran muy numerosos. Tenía una fuente, un pequeño pozo y un río navegable. Estaba situada a medio camino de la ciudad, lo que permitía al poeta escapar de la muchedumbre y disfrutar de los bienes. Su dueño alternaba el disfrute del campo con el de la ciudad. La vida de los grandes latifundistas es bien conocida por la de Paulino de Nola, que en 379, a los veintiséis años, fue gobernador de Campania; dedicaba su tiempo en recorrer sus propiedades, en visitar a sus amigos también pertenecientes a la aristocracia, y en reuniones con los literatos (Sulpicio, Severo, Jovio, etc.) y en competiciones poéticas.
En la Península Ibérica a las fincas de Navarra y Álava las ha calculado J. Caro Baroja 20 una extensión entre las 1.000 y 1.500 Ha., cifra que a algunos investigadores les parece demasiado. En Lusitania se localizaban los mayores latifundios hispanos, comparables a los de Italia y África. En el Alentejo la extensión de las villas oscilaba entre 3.000 Ha. (Crato, Alter do Châo, Villa Fernando), 8.000 (Arronches, Villar del Rey), y más de 5.000 Ha. (Martín Gil, Arnal, Povõa de Cos). A la villa de Torre de Palma se le asigna una extensión de 3.000 Ha.
En los alrededores de Beja, los latifundios alcanzaban una media de más de 1.500 Ha. 21. En la Bética la propiedad debía estar mucho más repartida. Se ha pensado en el desplazamiento del eje económico del sur de la Península –donde estuvo a finales de la República Romana y en los dos primeros siglos del Imperio 22–, a la Meseta. Villas, como las citadas, o las de El Ramalete, en Navarra 23; Villa Fortunatus, en Huesca 24; Dueñas, en Palencia 25; Quintanilla de la Cueza, en Palencia 26; San Martín de Losa, en Burgos 27, etc., no han aparecido hasta el momento presente en el sur, aunque algunas, como las del sureste, a juzgar por los mosaicos, debían ser importantes 28, al igual que en Carpetania 29.
Al comienzo del De gubernatione Dei, 1, 11-12, contrapone Salviano los antiguos tiempos de Roma, cuando los gobernantes eran pobres y el Estado rico, a lo que sucedía en su tiempo, que los particulares, que detectaban el poder, eran ricos, mientras la república es egestosa ac mendicans. La idea de la ruina del Imperio, o sea de su pobreza como Estado, está bien patente en el autor, debido a que la riqueza se amontonaba en las manos de la clase aristocrática mientras que la masa de la población se encontraba en la pobreza y en la miseria.
Para Salviano (De gubern. Dei, IV, VI, 30), usando de sus mismas expresiones, romana respublica vel iam mortua, vel certe extremum spiritum agens in ea parte quae adhunc vivere videtur. Era público en opinión del autor, que las fuerzas del Estado habían desaparecido (De gubern. Dei, VII, VIII, 34). Salviano en este punto coincide con el grupo de escritores paganos que contemplaron los efectos de las invasiones bárbaras: todos ellos estaban obsesionados por la idea de la decadencia del Imperio. Principalmente son historiadores de la parte oriental del Imperio, como Ammiano Marcelino, Eunapio, Olimpiodoro, Prisco y Zósimo. En Orosio el concepto de decadencia va unido a la idea de Dios, que en este historiador alcanza categoría histórica 30.
Dos siglos aproximadamente antes de que escribiera Salviano su tratado, se había planteado otro escritor cristiano, Cipriano, en su famosa carta a Demetriades el tema de la vejez del Imperio, que había entrado ya en su senectud.
Esta catastrófica situación del Imperio se debe, en opinión del sacerdote galo, a que los cristianos, a los que se dirigieron sus escritos son culpables de todos los crímenes (De gubern. Dei, III, II, 12).
Más adelante puntualiza el autor que los vicios corrompen a todo el mundo: "Quid autem aliud est cunstorum negoti antium ulta quam fraus atque periuricum? quid aliud curialium quam iniquitas? quid aliud offlcialium quam calumnia, quid aliud omnium militantium quam rapina? (De gubern. Dei, III, X, 50).
Salviano (De gubern. Dei, III, X, 53) identifica a los nobles con los ricos: Sed aut idem sunt nobiles qui et divites, aut si sunt divites praeter nobiles, et ipsi tamen iam quasi nobiles, quia tanta est miseria huius temporis, ut nullus habeatur, magis nobilis quam qui est plurimum dives.
Salviano (De gubern. Dei, III, X, 55) menciona en primer lugar dos crímenes que cometen casi todos los ricos, el homicidio y la impureza. El primero debía ser frecuente, pues el canon y del Concilio de Elvira, celebrado [-164→165-] a comienzos del siglo IV, expresamente alude a las dueñas que matan a sus esclavas azotándolas. Salviano en otro párrafo (De gubern. Dei, IV, V, 22-23) afirma que los homicidios entre los esclavos son raros debido al terror y al miedo de ser asesinado a su vez, pero entre los ricos son continuos, pues estaban impunes y no lo consideraban crimen sino derecho el matarlos. La libertad sexual debía ser muy grande en el Bajo Imperio entre los ricos; en ello insiste Salviano, cuando afirma que los dueños prostituían a las domésticas y a todos los de la casa A las concubinas se las tenía por esposas y frecuentemente eran las sirvientas.
El Código Teodosiano (IV, 6, 3, año 336) prohibía que los senadores, varones de rango principal, casasen con sus sirvientas. La iglesia hispana fue en este aspecto más tolerante. El canon 16 del Concilio de Toledo, celebrado hacia el año 400, legislaba en general que el varón podía elegir entre tener esposa o amante, pero que si se casaba no podía tener amante. El papa Calixto, el papa más grande del siglo III, legalizó dentro de la Iglesia el contubernio entre las damas de la aristocracia romana y sus esclavos (Hipp., Philos., 9, 12).
La región de Aquitania era para Salviano un lupanar, al igual que la ciudad de Cartago (De gubern. Dei, VII, XVII, 72). Ello era debido probablemente a la inmoralidad que acompañan a todas las guerras. A la impureza de los romanos, que Salviano contrapone a la castidad de los bárbaros, dedica el libro VII de su obra.
La arremetida feroz del escritor cristiano en el libro VI del De gubern. Dei contra los espectáculos es en gran parte motivada por las obscenidades de las representaciones en los circos, en los teatros y en los mimos. Talia enim sunt, quae illi fiunt, ut ea non solum dicere sed etiam recordari aliquis sine pollutione non possit (De gubern. Dei, VI, III, 15-19), en lo que coincide el autor, en lo referente a los mismos, con otros escritores, tanto paganos como Ovidio (Tristes, II, 495-518), como cristianos de la talla de Tertuliano (De spect., 17, 21-22),
Lactancio (Instit., VI, 20), Prudencio (Peristeph., 10, 221) y Jerónimo (Ep., 1, 5; 52, 6). Había espectáculos donde se exhibían mujeres desnudas en piscinas, según Crisóstomo (Hom., VII, 6, in Math.), representadas en las pinturas de Qusayr’Amra a comienzos del siglo VIII, en el desierto jordano 31. Una descripción detallada de estos espectáculos se lee en Procopio con ocasión de describir la vida de joven de la emperatriz Teodora. Se representaba incluso el coito, en cuya escena fornicaban todos los espectadores (VI, III, 19).
En cambio Cesáreo, monje del monasterio de Lerins, y obispo de esta ciudad desde el año 503 hasta su muerte acaecida en 542, en su sermón sobre las kalendas, 193, 1, fustiga las borracheras, a las que también alude Salviano (De gubernatione Dei, VI, XIII, 77-79) como a vicio extendido en los festines de la Galia. La embriaguez era cosa normal en el Bajo Imperio, pues mereció una homilía, la 14 de San Basilio. También los cantos eróticos, los juegos obscenos y las mascaradas en las que los varones se disfrazaban de mujeres censuradas por Paciano en su perdido tratado titulado Cervulus. Estas mascaradas fueron muy atacadas por los concilios galos por su carácter obsceno 32.

Salviano (De gubern. Dei, VI, VII, 37) cuenta que si coincide una fiesta religiosa y unos juegos públicos, lo que estaba prohibido por la legislación imperial (Cod. Theod., II, 8, 20, año 392; II, 8, 23, año 399; II, 8, 25, año 409), la gente prefería los juegos como igualmente afirma de Constantinopla San Juan Crisóstomo en Contra circenses ludos et theatra, de fecha 3 de julio del 399, con ocasión de estar la iglesia casi vacía por haberse ido los cristianos al circo. El mismo Viernes Santo se celebraban carreras de carros, y sesiones de teatro el Sábado Santo.
Este hecho se volvió a repetir con ocasión del cerco de Cartago por los bárbaros (De gubern. Dei, VI, XII, 69). Los nobles pedían al emperador que costeara los juegos (De gubern. Dei, VI, XV, 85) y Salviano (De gubern. Dei, VI, XVI, 85-89) cayó perfectamente en la cuenta que la celebración de los espectáculos era un escape a la calamitosa situación ocasionada por las invasiones. La Chronica Caesaraugustana (222 ad a. 504) recoge la noticia, como digna de recordar, de la reanudación de los juegos como prueba de la vuelta a la normalidad en la vida ciudadana.
Con motivo de comparar los vicios de los esclavos y los de los ricos, Salviano traza unas pinceladas sobre la verdadera situación de los esclavos en su tiempo, que era mala, pues 32 afirma (De gubern. Dei, IV, III, 14) que son ladrones, pero que están obligados a robar por necesidad, por lo que Salviano les exculpa. En segundo lugar los esclavos 36 tenían tendencia a huir de los lugares donde vivían por la miseria que padecían y por los tormentos a que se les sometía, pues todo el mundo les pegaba y azotaba. Muchos esclavos se refugiaban junto a sus dueños huyendo de sus propios compañeros, que eran más crueles que los dueños. Los esclavos fugitivos planteaban serios problemas, pues a ellos alude el Código Justinianeo (VI, 1, 6) referente a Hispania, con fecha 17 de octubre del año 332.
Salviano les disculpa también de las mentiras por atrocitate praesentis supplicii (De gubern. Dei, IV, III, 6), que eran la tortura o la flagelación y del vicio de la gula por pasar hambre o estar mal alimentados.
Estos datos sobre el mal trato dado a los esclavos son interesantes, pues explican satisfactoriamente el que los esclavos formaran parte de la Bagauda.
Muy diferente era la situación de los esclavos descrita por San Agustín en su De civitate Dei, XIX, 16, que afirma que en las familias cristianas habían sido tratados como hijos con extrema dulzura. Según Paladio (HL. LXI, 52), Melania manumitió a 8.000 esclavos, que deseaban ser libres. Según Geroncio, que escribió su obra poco después de la muerte de Melania, acaecida en 439, éstos se oponían en este caso a ser vendidos, salvo Severo. Los dos esposos fundaron dos monasterios de ambos sexos con sus esclavos (Geront. VM, 22). La versión latina puntualiza con sus esclavos y siervos. Paulino de Nola (Carm., XXI, 25 1-263) recuerda el comportamiento extremadamente bondadoso con sus esclavos de Piniano. San Juan Crisóstomo afirma que la iglesia no distingue entre esclavos y libres (Hom., 1), fomenta sumisión por parte de los cristianos (Hom., 2) y llama a los esclavos hermanos de Cristo y exige que como tales sean tratados (Hom., 2).
El número de esclavos y de colonos en los latifundios era a veces grande, como se desprende del hecho de que los primos de Honorio con los sacados de sus fincas, localizadas probablemente en Palencia (quizás la excelente villa mencionada de Pedrosa de la Vega), defendieran durante tres años los pasos de los Pirineos (Oros., VII, 40, 6; Zosim., VI, 4; Sozomen., He, IX, 11).
Salviano puntualiza cuál es el peor vicio de los ricos, es decir, de la aristocracia: la rapacidad, que es el que tenía más funestas consecuencias económicas y sociales en la sociedad.
Habla Salviano (De gubern. Dei, IV, IV, 20-26) de los furta et latrocinia de las clases altas, las consecuencias son que los que se encontraban alrededor de ellos, los colonos, quedaban reducidos a la pobreza, pues perdían sus bienes (tierras) y se perdían ellos mismos con sus bienes, como indica O. Lagarrigue 37. La correspondencia de Sidonio Apollinar (Ep., 1,7,3; II, 1,2; V, 13,2; VII, 7,2) ofrece algunos buenos ejemplos de esta afirmación de Salviano. La causa de los ricos era la necesidad que tenían de disponer de abundante dinero para alcanzar, mediante sobornos, altos cargos de la administración estatal, como la proscriptio civitatum o el cargo de prefecto. No existía peor calamidad para los pobres que el poder político. los cargos públicos desempeñados por un pequeño número de ciudadanos eran la ruina de muchos.
Lo escandaloso e inicuo de ello residía en que los pobres costeaban estos cargos. Alude probablemente Salviano a la compra de los cargos políticos que fue un cáncer del Bajo Imperio y que se extendió al mundo bizantino (Zosim., 28, 4-29, 1) 38 y también a los juegos y otras diversiones que había que dar obligatoriamente con ocasión del desempeño de éstos, cuyo coste queda indicado en los fragmentos citados de Olimpiodoro. El dinero se obtenía de los pobres contribuyentes; la conclusión la deduce el autor: Unicus honor orbis excidium est.

Este cáncer de la compra de los cargos y del gasto, según Salviano, carcomen por igual a Hispania, a la Galia y a África.
De la Península Ibérica, que pertenecía a la prefectura de las Galias, afirma el autor, solum nomen relictum est. Probablemente ello debido no sólo al hecho de la ruina ocasionada por la rapacidad de los ricos, sino por las luchas continuas y feroces ocasionadas por las invasiones y consiguientes pugnas de los pueblos bárbaros que duraron aproximadamente unos setenta años, hasta el definitivo asentamiento en Hispania de los visigodos 39. Son las calamidades descritas telegráficamente por un testigo de excepción que participó en algunos de los hechos que narra el obispo de Aquae Flaviae, Hidacio 40
Sin embargo, la situación de Hispania, aunque mala durante el siglo y, no era totalmente desesperada como lo demostraría la existencia de villas con mosaicos del siglo y avanzado, como las de Estada (Zaragoza), Santisteban del Puerto (Jaén) y la recientemente descubierta de la provincia de Toledo.
De África escribe Salviano quae fuerunt, pero los estudios de C. Courtois 41 han demostrado que la invasión vándala no significó un cambio profundo en la sociedad africana, a pesar de las guerras entre vándalos y romanos que duraron seis años (429-435). De las Galias se indica que fueron devastadas Todo parece deberse, en opinión de Salviano, no tanto a las invasiones bárbaras cuanto a las rapiñas del fisco y de los poderosos, lo cual quizás no sea exacto, por lo menos en el caso de Hispania. Hidacio magnifica e indica las causas de la ruina de la Península Ibérica, los saqueos de los bárbaros, que invadieron en 409, los efectos de la peste, la recaudación criminal de los impuestos y los robos de los soldados 42 en los almacenes de las ciudades; a todo ello seguía el hambre y hasta la antropofagia, atestiguada también por el historiador bizantino Olimpiodoro. Como en los días de, Numancia y Calagurris, se volvió en Hispania a comer carne humana para poder subsistir. A estas calamidades alude también el escritor hispano Isidoro (HW, 295-296).
Hasta este lugar de la obra Salviano compara la conducta de los esclavos, a los que disculpa en sus vicios y crímenes y la de los ricos, a los que condena tajantemente. Ha señalado la rapacidad como vicio de funestas consecuencias en la sociedad y alude en general a los excesivos tributos y a los abusos de los funcionarios, al igual que el historiador Zósimo (IV, 29, 1).
Al fijarse en este punto, el estudiarlo detenidamente, el señalar sus funestas consecuencias indican que Salviano cayó perfectamente en la cuenta de la verdadera causa del hundimiento del estrato inferior de la sociedad romana de su tiempo.

El problema de la recaudación de los tributos, fue con seguridad las más graves y de más desastrosas consecuencias económicas y sociales en el Bajo Imperio 43. Muy acertadamente escribe S. Mazzarino 44: "La crisis del Imperio se expresa no en la falta de oro y plata, sino en la tremenda taxación y en el peso desmedido que aplastaba a los trabajadores".
La gravedad del problema residía en la injusta retribución de los impuestos, que gravaban casi exclusivamente a las clases bajas, esquivando los ricos el pagarlos. En señalar este problema Salviano es tajante y reiterativo, al igual que en indicar sus funestas consecuencias. Este hecho lo califica el autor de robo y de crimen, latrocinium ac scelus, y afirma que el Imperio muere estrangulado por los impuestos, como por las manos de los ladrones, ya que se encuentra un gran número de ricos a los que los pobres pagan los impuestos, lo que acaba por matarles. Las expresiones empleadas por Salviano (De gubern. Dei, IV, VI, 30) son duras y bien significativas. Pocos son los ricos que se libran de este crimen y robo. Cuando hay desgravaciones fiscales en algunas ciudades los ricos se las arreglan para aplicar a ellos estas mercedes, y acumulan los impuestos sobre los miserables. Se conoce una de estas desgravaciones fiscales concedida por el emperador Constantino a la ciudad gala de los eduos, recogida en el panegírico VIII de un discurso en agradecimiento al emperador tenido, a finales de julio del año 311, en Treveris, por un retórico anónimo de Autum (capital de los eduos) que fue a la corte como embajador de su ciudad. Los ricos se las arreglaban para disminuir las tasas, ya de por sí muy bajas, y de aumentar la carga tributaria a los pobres. Solución que el sacerdote marsellés considera injusta para ambos estratos de la sociedad. Las expresiones utilizadas por Salviano son duras, remedium illud allios íniustissime erigeret, alios iniustissime necaret, allis esset sceleratissimum praemium, allis sceleratissimum uenenum. Esta actitud de los ricos la considera Salviano (De gubern. Dei, IV, VI, 3 1-32) un crimen porque ocasionaba la muerte social y económica de los pobres, cuya situación es francamente desastrosa; Salviano repetidas veces emplea la expresión bien significativa de matar a los pobres.
Salviano afirma que un noble perdía su prestigio en la sociedad gala si se convertía a Dios, lo que encuentra confirmación con lo sucedido a las damas de la alta aristocracia romana recordadas por Jerónimo (Ep., XXII, XXVIII, LXVI, LXXVII, CVIII), como Blesilla, Fabiola, Lea, Paulina y el senador Pammaquio, que convirtió su espléndida mansión en casa de los pobres y en Portus Romanus en la desembocadura del Tíber, fundó un hospital de primera categoría.
En párrafos más adelante de su obra, después de este paréntesis, Salviano vuelve al tema de la recogida de los impuestos que arruinaban a los romanos. La gravedad de este hecho residía en que la mayoría veía confiscar sus bienes por hombres que consideraba la recogida de los impuestos como un botín que les pertenecía y que hacían de las deudas fiscales una fuente de ingresos personales. Esto lo hacían no sólo los altos cargos administrativos, sino también el personal subalterno de la administración inferior.
De este modo, en las ciudades, en los municipios y hasta en las aldeas, los curiales eran auténticos tiranos públicos, de cuyo título estaban muy orgullosos, pues todos los ladrones se felicitaban y enorgullecían de parecer más feroces de lo que eran en realidad. En todos los sitios los principales ciudadanos devoraban las entrañas de las viudas, de los huérfanos y hasta de los religiosos, que estaban libres de estas contribuciones y que no se defendían (Cod. Theod., VI, 2, 34). Nadie estaba libre de este robo, salvo los ricos. Sólo los malvados podían librarse de semejante crimen. Casi nadie se oponía a esta situación; nadie socorría a los oprimidos; ni siquiera los mismos sacerdotes; Salviano arremete contra el silencio de estos últimos, reproche que ya había expuesto el sacerdote marsellés en su tratado Ad Ecclesiam, IV, 50. En cambio Cesáreo de Arlés (Serm., 217, 3) excusa el silencio de los clérigos.
Salviano (De gubern. Dei, V, X, 52-53) insistía en párrafos posteriores en que los clérigos han cambiado los vestidos, pero que siguen con los mismos pecados que cuando eran laicos, en lo que coincide con algunas afirmaciones de Jerónimo (Ep., 125, 16) y por lo tanto son tan culpables como el resto de los cristianos de la mala situación presente de la población. La situación moral del clero en Occidente no debía ser muy buena, pues a Ithacio, el gran enemigo del asceta Prisciliano, le pinta Severo con los colores más oscuros (Chron., II, 6). En la primera decretal romana que se conserva, debida al obispo de Roma Siricio (384-399) y dirigida al obispo de Tarragona Himerio (fechada el 10 de febrero del año 385) en respuesta a una carta escrita por este último al papa Dámaso consultándole algunos aspectos de la disciplina eclesiástica, se trata el tema de los monjes y monjas que en los monasterios tenían relaciones sexuales y sacrílegas y tenían familia. Según Siricio esto estaba condenado por las leyes públicas y por el derecho eclesiástico, pero no se sabe cómo un voto de castidad privado podía ser castigado por una ley del Estado. Siricio ordenaba arrojar a tales monjes de las comunidades monásticas y de las reuniones eclesiásticas y encerrarlos en lugares públicos o de la Iglesia donde debían hacer penitencia hasta la muerte. Quizás se aluda en esta prohibición de Siricio a las virgenes subintroductae, tema al que dedicó Crisóstomo dos cartas pastorales poco después de ser consagrado patriarca de Constantinopla en el año 397, donde compara a estas comunidades con lupanares. Esta costumbre debía estar extendida, pues Atanasio habla de ella en una carta a las vírgenes. En la primera mitad del siglo III se le menciona en las cartas, probablemente de origen palestino, que han llegado bajo el nombre de Clemente de Roma. De particular importancia es la carta apócrifa de Tito, discípulo de Paulo, por proceder probablemente de los círculos priscilianistas de Hispania, donde se ataca la vida en común de los ascetas de diferente sexo.
En los cánones del sínodo de Elvira el gran historiador de la Iglesia antigua Harnack 45 veía bien reflejadas las características de la Iglesia hispana de todas las épocas: la mundanidad y el fanatismo.
Los males que denuncia en este párrafo Salviano eran graves y muy extendidos en el Imperio, como lo prueba la legislación imperial recogida por G. Legarrigue 46.
Los que no podían pagar sus tributos sobre las fincas veían sus tierras vendidas por el exactor . El mismo era arrojado de su posesión (Cod. Theod., XI, 1, 35, año 429). Los emperadores legislaron que todos los ciudadanos fueran obligados a las cargas tributarias por igual, legislación que confirma plenamente que el mal denunciado por Salviano estaba muy extendido. También se esforzaron en contener la rapacidad de los oficiales, denunciada igualmente por Salviano en el párrafo anterior (Cod. Theod., IX, 40, 14, año 385; XI, 4, 1, año 372; XI, 7, 20, año 412; XIII, 11, 11, año 406). Temistio (Or. quinquem., 6-7) afirma que los exactores eran tan reprobables como los mismos bárbaros.
Salviano igualmente arremete violentamente contra la rapacidad de los curiales, una de cuyas obligaciones era la recogida de los impuestos y la obligación de pagar el déficit con su propia hacienda, lo que motivaba que no se quisiera ser curial fácilmente.

El Código Teodosiano (XII, 1, 173, año 410) protege a los curiales contra la opresión de los ricos. Estos intentaban por todos los medios refugiarse en el campo y así huían de desempeñar funciones como la percepción de impuestos, que les podía perjudicar gravemente en sus intereses. Una ley de los emperadores Arcadio y Honorio del 15 de diciembre del año 396 (Cod. Theod., XII, 18, 2) obligaba a los curiales a no abandonar la dudad para habitar el campo. Se les confiscarían las fincas que pasarían al fisco. Poca aplicación debió tener esta ley, por lo menos en Hispania, pues las numerosas fincas con excelentes mosaicos del Bajo Imperio demuestran que los ricos preferían habitar en ellas a habitar en la ciudad. En la Península Ibérica, la mitad de los mosaicos conocidos, y son muchos, pertenecen a fincas de esa época.
Una ley de los emperadores Valentiniano y Valente del uno de enero del 370 obligaba a detener a los que para esquivar el desempeño de los cargos en las ciudades, bajo el pretexto de religión, se unían a las comunidades de monjes y a obligarles a desempeñarlos de nuevo. De no hacerlo, serían privados de sus patrimonios, que podían ser reivindicados por quienes pertenecían a la administración estatal.
Hasta ahora Salviano ha afirmado que los impuestos arruinan a los pobres y que los ricos se las arreglan para escabullirse de pagarlo. A continuación sigue el autor profundizando en las consecuencias desastrosas de este mal para los contribuyentes pobres, que eran también las viudas y los huérfanos. Los pobres arruinados, de procedencia libre, se refugiaban en los enemigos de los romanos, ne persecutionis publicae adflictione moriantur, quaerentes scilicet apud barbaros romanam humanitatem, qui apud romanos barbaram inhumanitatem ferre non possunt (De gubern. Dei, V, V, 21-28).
Salviano deja caer que huyen a los bárbaros que huelen mal en sus cuerpos y en sus vestidos, a lo que alude igualmente Sidonio Apollinar (Carm., XII, 7-15) y que son de modo de vida totalmente diferentes al romano. Se refugiaban entre los godos, entre los bagaudas y entre otros bárbaros, malum enim sub specie captivitatis vivere liberi quam sub specie libertatis esse captivi. La huida a los bárbaros ha sido también indicada por Orosio (VII, 41, 7; 32, 13) y ya en el siglo IV el historiador Ammiano Marcelino (XXXI, 6, 6) alude, después de la batalla de Adrianópolis en el año 378, a desertores y a traidores romanos en dificultades económicas o por otras razones, retenidos sólo del miedo de que los bárbaros los crucificasen. Concretamente los metallarii no podían soportar el peso de las contribuciones. Se conocen varios casos de gentes que se exiliaron voluntariamente entre los bárbaros para huir de pagar las contribuciones como el médico Eudoxio (Chron., 452; MGH Auct. Ant., IX, p. 662, a. 133, año 448).
Salviano menciona a este respecto entre los que no se refugiaban entre los bárbaros, pero que eran obligados a ser bárbaros, a gran parte de Hispania, a no pequeña parte de la Galia y a todos los que la injusticia romana inducía a no ser más tiempo romanos. Los mineros de las explotaciones mineras de Tracia se unieron a los bárbaros en el año 378.
En el año 449, participé el sofista Prisco, originario de Panion, en Tracia, en una embajada que salió de Constantinopla a la corte de Atila. Allí encontró a un comerciante de Viminaciun, ciudad de Mesia, en el Danubio, que con el tiempo se casó con una mujer bárbara, y prefería la vida entre los hunos que la suya antes de caer prisionero. Aludió en la conversación a la carga de los impuestos y que las leyes no eran las mismas para todos los romanos. Sólo se aplicaban a los pobres y había que sobornar a los jueces y a los oficiales para ello (Prisc., Hist. frag., 8) 47. Ala mala administración de la justicia alude la comedia de título Querolus (II, II, 16) escrita entre los años 410-425, de autor de origen galo, en tiempos de la revuelta bagáudica de la Armórica, cuando en frase de Zósimo (VI, 5): "Toda la Armórica y las demás
regiones de las Galias imitaron a los bretones y se liberaron del mismo modo, despidieron a los funcionarios romanos y organizaron su gobierno en plena libertad", lo que es decir con otras palabras que no querían continuar siendo romanos.
El poeta Rutilio Namaciano, en su obra De reditu, 1, 215-216, escrita en el año 414, originario de Toulouse o Narbona, cuya obra es un testimonio elocuente de patriotismo, afirma de Exuperantio, oriundo de Poitiers y prefecto del pretorio de las Galias en 418, "que restableció las leyes y la libertad, y no permitió que los sirvientes hicieran a sus dueños esclavos". Se trataba, pues, de una revuelta social –que eso fue la revuelta bagáudica– desde finales del siglo III en el sur de la Galia 48, pero no de una revolución en el sentido moderno del término, pues no se intentaba cambiar la estructura de la sociedad sino, como bien indica Rutilio Namaciano, que los esclavos ocuparan el lugar de los amos y éstos el de los esclavos. (YO: coño, si esto ultimo no es un arevolucion, que venga Dios y lo vea!)
A la humanidad y clemencia de los bárbaros aluden también Paulino de Pella (Eucharist., 285-290; 430-431) y Sidonio Apollinar (Ep., V, 7) cuando se refiere a la injusticia y falta de humanidad de los magistrados romanos. Salviano está en la misma línea que el gran historiador Tácito, que contrapuso las costumbres corrompidas de los romanos a la honestidad de vida de los germanos. Alaba repetidas veces a lo largo de su obra las virtudes de los bárbaros, lo que no le impide detenerse en sus vicios (De gubern. Dei, VII, XV, 64; XX, 85). Al acentuar Salviano la descomposición de la sociedad romana no le quedaba otro remedio que contraponer la virtud de los pueblos invasores. Los bárbaros, en opinión de Salviano, no eran más que los instrumentos del juicio de Dios.
De todo lo anterior deduce Salviano que el nomen cívium romanorum... nec vile tantum sed etiam abominabile paene habetur.
En la Península Ibérica, el ser ciudadano romano no tenía utilidad ninguna, ya que existían tres poderes al mismo tiempo, el bárbaro cada vez más importante; el eclesiástico, que defendía los intereses de los hispanoromanos, y el romano, que continuamente perdía su importancia a favor del segundo 49.
En el análisis de las causas y efectos de la revuelta bagáudica, bien estudiada por A. Barbero, M. Vigil 50, por Thompson 51, por J. J. Sayas 52 y por otros 53 muestra Salviano una gran finura (De gubern. Dei, V, VI, 24-35). Su versión difiere totalmente de la de Orosio (VII, 25, 2), que habla de tumultos perniciosos, de bandas de campesinos, del imperio de éstos y de confuso pelotón. Es la versión de los latifundistas que nunca descubrieron la verdadera raiz de la revuelta, claramente económica y social. En las fuentes antiguas queda bien claro que en la bagauda participaban campesinos arruinados según el panegirista de Maximiano (Paneg. Lat., X, II, 4, 3), Eutropio (IX, 20), Aurelio Víctor y Orosio (VII, 25, 2) y la mayoría de los esclavos de la Galia (Chron. Min., 1., pág. 660). En el año 415 los esclavos de la ciudad de Bazas, situada en el sudoeste de la Galia, se sublevaron contra sus dueños según Paulino de Pella (Euch., 329-336).
Salviano habla de los bagaudas, esclavos y campesinado arruinados, per malos iudices et cruentos spoliati, en lo que coincide con lo que escribe Prisco. Se llamaban rebeldes y perdidos a los que nosotros hemos obligado a ser criminales; es decir, para el autor galo la culpa de la situación la tenían los ricos.
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La revuelta bagáudica se debía a estas tres causas:
1.- a nuestras injusticias,
2.- a la maldad de los jueces,
3.- a las confiscaciones, robos de los recaudadores de impuestos, que tienen a la recogida de las contribuciones por botín.
De ello se deduce que estos hombres estrangulados y asesinados por los robos de los jueces, latrociniis iudicum strangulati homines et necati, son casi bárbaros y no se les permite seguir siendo romanos.
Perdían la libertad y sólo podían defender su vida. Salviano es de la opinión que se les obligaba a ser bagaudas contra su voluntad. Deseaban la libertad y se les obligaba a la servidumbre.
La causa de esta catastrófica situación es la recaudación de contribuciones que les arruina y que les obliga a abandonar sus casas para no ser torturados: para escapar a ello se destierran. Salviano indica en este párrafo un hecho conocido por otras fuentes, los tormentos que se aplicaban por no pagar las contribuciones 54.
La causa de esta situación, ya señalada por el autor, es que las tasas impuestas por los ricos pesan sobre los pobres. Los más débiles llevan el fardo de los más poderosos, lo que excede a sus posibilidades; pagan como ricos, aunque viven en la pobreza. Las clases ricas inventan impuestos suplementarios que les costean los pobres. Salviano puntualiza que con frecuencia llegan nuevos mensajeros portadores de cartas, enviados por los más altos dignatarios imperiales, recomendados a personas ilustres, con nuevas contribuciones que pagan los pobres.
Precisamente la cumbre de la oratoria cristiana la alcanzó Juan Crisóstomo con las 21 homilías sobre las estatuas con motivo de que en enero del 387 las estatuas del emperador Teodosio y de su familia fueron derribadas o mutiladas con ocasión de un impuesto especial
Se conocen en la Galia algunas de estas contribuciones especiales. La pérdida de África en tiempos del emperador Valentiniano III, que proporcionaba casi la mitad de los ingresos fiscales, fue la causa de que a la ciudad de Auxerre se le impusiera un impuesto extraordinario y apremios fiscales. El obispo Germán (Const., VG, 20-21) obtuvo con su visita una desgravación fiscal del prefecto del pretorio en Arlés.
La situación del fisco como resultado de las invasiones fue de total bancarrota, por eso no se celebraban los juegos ni había dinero público para costearlos (De gubern. Dei, VI, VIII, 42-43). En opinión de Salviano (De gubern. Dei, VI, XII, 68) Cerdeña y Sicilia eran los graneros del fisco, las venas vitales del Imperio, y África, el alma del Estado romano. Los pobres pagaban las contribuciones sin conocer la causa, y sin posibilidad de discutir los motivos. Cuando el poder acordaba disminuir los impuestos, los ricos eran los únicos que participaban de esta liberalidad.
Los emperadores legislaron contra ello (Cod. Theod., XII, 1, 173, año 410), pero no lograron nada o poco. Ni los francos, ni los hunos, ni los vándalos, ni los godos cometían tales atropellos.

La mayoría de los colonos arruinados no se refugiaba entre los bárbaros para huir de la violencia de la recaudación de las contribuciones, sino que "se entregaban a los poderosos, para recibir de ellos protección y socorro. Se sometían a los ricos sin condición, y de alguna manera pasaban a su derecho, y soberanía".
Salviano describe también la catastrófica situación que ocasiona el patrocinio. El autor admite este género de protección, pero ataca su funcionamiento en la realidad. Protegen a los pobres para expoliarlos; los defienden para hacerlos más infelices, pues los que, al parecer, encuentran protección entregan a sus patronos todos los bienes, con lo que los hijos pierden las herencias. Los ricos, que no apuestan nada, venden a un alto precio su protección, plerique pauperculorum atque miserorum spoliati resculis suis et exterminati agellis suis cum rem amiserint, amissarum tamen rerum tributa patiuntur. Pierden las propiedades, pero continúan pagando. Como según la legislación imperial los colonos en patrocinio quedaban fijados a las explotaciones agrícolas a pesar de ser libres (Cod. Theod., XIII, 10, 3, año 357; XI, 1, 12, año 365; IV, 23, 1, año 400), a la muerte del padre, no recibían los lotes de tierras que les correspondía, pero seguían estando aplastados de impuestos. Contra esta situación calamitosa lucharon los emperadores (Cod. Titead., XI, 24, años 360-415), pero poco o nada alcanzaron. Perdían los miserables al mismo tiempo la propiedad y la condición de hombres libres. (YO: origen del feudalismo?) El otro mal y más grave, más insoportable, gravius et acerbius, estribaba, según Salviano, en que a estas gentes se les recibía como a extranjeros, pero se les trataba como a nativos y a esclavos siendo libres.
El análisis que hace Salviano del funcionamiento del patronato es igualmente fino. Señala bien sus defectos y sus desastrosos resultados, pérdida de libertad y de los bienes.
El texto más importante de todo el Bajo Imperio sobre el patronato es el de Libanio, sobre este tema, escrito entre los años 386 y 392 (sIV), que fue dirigido a Teodosio y que describe magníficamente la situación del campesinado, colonos o propietarios libres de las proximidades de Antioquia que se ponen bajo la protección de un jefe militar 55.
El patronazgo estaba muy extendido, incluso entre la gente rica. Así Sidonio Apollinar, cuenta en su carta 1, 9, 1-6, que cuando fue a Roma en el año 467, llamado por el emperador Anthemio, buscó como patronos a los dos personajes más importantes de la ciudad de nombres Gennadio Avieno y Caecina Basilio, este último concedía más fácilmente su apoyo a los extranjeros, mientras el primero se inclinaba a los familiares.
De la Península Ibérica se conserva un dato interesante sobre el patronato. Dos cartas de Teodorico el Grande, redactadas entre los años 523-525, dirigidas a los gobernadores de Hispania, Ampelio y Livirito (Cass., Variae, V, 35-39), señalan las corruptelas que a comienzos del siglo VI se habían introducido en la Península Ibérica en la recaudación de los tributos. Aluden ambas cartas, a juzgar por ciertas expresiones, a una situación antigua, que debe ser la del siglo V o IV. La primera carta se refiere al aprovisionamiento de Roma, con la producción cerealista hispana, procedente de la recaudación de tributos, de los que se conocen otros testimonios.
Ya de época de Constantino, se conservan dos decretos; uno de fecha 8 de marzo del año 324 (Cod. Theod., XIII, 5, 4); el segundo de los años 333-336 (Cod. Titeod., XIII, 5, 8), que ordenan a los navicularios hispanos, que transportan cargas procedentes del fisco a Roma, que no se les ordene otros cometidos.
En época de Teodorico los cereales se vendían en África, en vez de ir a parar a Roma. En la segunda carta de este rey, se prohíbe que para el impuesto territorial, pagado en productos, los funcionarios estatales utilicen pesos demasiado grandes. Estos tenían que venir de Roma y debían ser los reglamentarios 56.
Se conserva una legislación abundante de los emperadores sobre estas pesas y medidas, cuya finalidad era impedir lo después condenado por Teodorico (Cod. Theod., XII, 6, 19, del año 383; XII, 6, 21, del año 386; XI, 8, 3, de tiempos de Honorio y Teodosio; esta última trata de corregir el mismo abuso que intentó Teodorico). [-177→178-]
En las fincas del patrimonio real los administradores aumentaban a su antojo la contribución que pagaban los colonos y los arruinaban de este modo, pues pagaban más de lo que producían las fincas, idea también expresada por Salviano. El rey ordenó que la renta se ajustase a la producción.
Los recaudadores de los tributos aumentaban a su antojo los impuestos territoriales y robaban al erario. Teodorico legisló también sobre la exacción de impuestos y ordenó que la recaudación se ingresara íntegra en el Estado.
Teodorico suprimió los vílicos, que eran los administrativos de las fincas, tanto privadas como estatales, porque arruinaban a los campesinos con una contribución indebida bajo pretexto de defenderlos. Esta carta es el mejor comentario a las ideas expresadas por Salviano.
Hasta finales del primer milenio pervivió en Galicia el sistema tributario del Bajo Imperio; así lo prueban dos diplomas gallegos del siglo X, que demuestran que se pagaba a los reyes una gabela llamada tributum quadragesimale. El primer documento distingue claramente el tributum de la quadragesima, voz esta última que, según Sánchez Albornoz, puede referirse al tanto por ciento básico del impuesto, mientras que el derivado quadragesimale haría referencia a la época cuaresmal en que se pagaba 57.
Sobre la recaudación de contribuciones ha llegado otro documento importante en las Actas del Concilio II de Zaragoza, celebrado en 592. Señala que debe ser exigido por los obispos y por sus ayudantes y agentes. Recuerda que no se debe pedir más de lo justo, lo que debía ser, pues, un mal crónico.
…/… Otros muchos aspectos importantes de la crisis del Bajo Imperio no fueron tocados por Salviano, como el problema del ejército, de la excesiva burocratización del Imperio, de la despoblación, etc. Habla a cristianos y de aquí que invite en ad Ecclesiam a huir de la avaricia
y a la limosna.
En la Península Ibérica en el siglo V, el cristianismo tenía poca fuerza 62, por lo que difícilmente influyó en la sociedad. El primer intento serio y total de cristianizar a la sociedad hispana en gran escala data del siglo VI, y lo hizo Martín de Braga, con su tratado De correptione rusticorum, que se estableció en Galicia hacia el año 550, fue abad del monasterio de Dumio en 561, y después obispo de Braga. El contenido de este tratado prueba la pervivencia del paganismo en la sociedad a pesar de que en esta región habían extendido mucho el cristianismo los seguidores de Prisciliano 63. La prohibición de frecuentar los templos, dada por el emperador Teodosio el 21 de diciembre del año 381 (Col Theod., XVI, 10, 8) no debió tener aplicación en la práctica. En Salviano no aparece ningún intento ni de convertir a
los paganos, ni de apartar de la herejía a los arrianos, a pesar del ejemplo dado por Martín de Tours años antes 64.
mera mitad del siglo V se obligo a bautizarse a los judíos de las Baleares. Había un precedente en el canon 41
del sínodo de Elvira que prohibía a los siervos el culto a los ídolos.
Nunca se cuestionó Salviano la licitud de los tributos y su finalidad; tampoco atacó nunca la riqueza en si sino el mal uso de ella. Asentó el criterio (Ad Eccl., 1, V, 24-26) de que "las riquezas son un presente divino", "de que sólo se disfruta del usufructo de las cosas, que nos han sido dadas. Dios nos ha prestado los bienes de que gozamos y sólo somos poseedores en precario". En la otra vida los ricos serán atormentados, no por otros vicios, sino por el mal uso de la riqueza, porque no comprendieron que ésta se les dio para ejercitar la virtud. Las riquezas no son malas por ellas mismas: el crimen está en el corazón de los que hacen mal uso de ellas. La santidad perfecta consistía, según este autor, en el buen uso de ellas en esta vida. No se condena la riqueza sino el deseo desenfrenado, que impide disfrutar por otros hombres de los bienes dados para bien de todos.
asienta el criterio de que ningún bien puede ser considerado como personal, porque todo es común a todos. Otra idea muy próxima a Salviano es que los ricos son la causa de la desastrosa situación de los pobres.
La homilía 63 de San Juan Crisóstomo condena no las riquezas, sino dejarse dominar por ellas 65. Ni Salviano, ni ningún autor cristiano, intentó [-180.181-] nunca cambiar la estructura de la propiedad, que era, lo único que hubiera cambiado la desastrosa situación de los humiliores.
La renuncia a los bienes era un problema de ética personal o de pequeños grupos.
En otros aspectos de su pensamiento tampoco Salviano expresa ideas nuevas de las de la Patrística, como en el ataque a la avaricia de los ricos. Baste recordar en el Bajo Imperio el sermón De avaritia de San Basilio y el grueso volumen contra la avaricia de Antioco de Ptolemaida (Gen., De vir. ill., 20). La avaricia era considerada un pecado capital. Para Jerónimo, era un género de idolatría, la raíz de todos los males (Ep., 125, 2). Cuanto más se tiene, más se pretende y produce una necesidad insatisfecha (Ep., 100, 15), ideas estas dos últimas igualmente expresadas por Salviano. En la obra del sacerdote marsellés se alude frecuentemente a la limosna con una concepción sobre ella típica de la patrística, tal como aparece en la correspondencia de Atanasio, de Cirilo de Alejandría en el Comentario a San Mateo, y de los Hechos de los Apóstoles, en el discurso De eleemosyna de Juan Crisóstomo, y en el opúsculo alejandrino de mitad del siglo V titulado ad Agathium monachum Peristeia, famosa dama conocida por sus limosnas, etcétera.

Esta situación de la Galia y de Hispania, tan bien descrita por Salviano, se documenta parecida en otras regiones del Imperio; baste recordar Panonia, región trabajada en gran parte por esclavos según el autor, probablemente sirio, de la Expositio totius mundi (LVII), obra escrita hacia el año 359. Sus colonos se encontraban en ella en una tan desastrosa situación económica [-181→182-] que se veían obligados a huir, aunque los emperadores procuraron obligarlos a trabajar la tierra como siervos de gleba (Cod. Iust., XI, 53). En Panonia se borró en gran parte la diferencia entre esclavos y colonos libres, que se refugiaban igualmente en el patrocinio de los domini o entre los bárbaros y que junto con ellos, en el año 406, invadieron Galia (Ieron., Ep., 123, 16). En la Galia la situación económica y social era más desastrosa por la recesión demográfica y porque era la región que tenía los precios más altos de todo el Imperio –como indica la Expositio totius mundi (LVIII)– siendo la producción baja. El nivel de los precios es inversamente proporcional a la productividad de los bienes y al índice demográfico.
Hispania en opinión de Jerónimo era un país pobre (Dial. C. Luciferian., 177, 15).
Se daba en ella la descomposición de las formas clásicas del arte, típica de las regiones periféricas del Imperio, bien patente en los citados mosaicos de Estada y de Santisteban del Puerto.
La representación del dominus Vitalis en el mosaico de Tossa del Mar indica en el vestir una sociedad tradicionalista.
Ann.Onime
 
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