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¿Son fiables las crónicas y los cronistas de la época?

Prolongando y profundizando las tesis de Américo Castro e Ignacio Olagüe, su Historia General de Al-Ándalus sostiene que no hubo invasión islámica -estrictamente hablando-, en la península Ibérica, y expone -con argumentos consistentes y erudición-, que sucedió en realidad.

¿Son fiables las crónicas y los cronistas de la época?

Notapor 711 » 2012 05 09, 8:15

El médico Ibn Yulyul y el geógrafo Ibn Said, por separado y desde ramas del saber diferenciadas, coinciden con nosotros —en realidad, nosotros con ellos— en este punto. Ambos historian Al Ándalus sin mayor ánimo aparte de cantar los logros andalusíes, y resulta que no los encuentran antes de esa fecha: alrededores de 850. ¡Qué generosa casualidad nos ofrece la Historia al relatar que surgen entonces las insurrecciones, el martirologio de supuestos mozárabes! —en realidad, aún simplemente cristianos hispano-romanos. Nada de mozárabes —musta'arab, arabizado—. no hablan árabe, sino latín. Los estertores de la Hispania aún irredente.
Los cordobeses expulsados del barrio de Secunda y que aparecen en la fundación de la ciudad marroquí de Fez, ¿hablarían árabe o latín hispano-romano? Porque a Eulogio y Alvaro de Córdoba les escandaliza que la gente comprenda más el árabe, y sin embargo no parecen vivir en un entorno islamizado. Lo árabe y lo islámico no parece que corrieran parejos. El martirologio de los cristianos cordobeses es parte de la reacción a la islamización: comenzaba la invasión ideológica de Hispania. Hasta entonces, nada era verdaderamente diferente de lo anterior en progreso. Sí lo era en su corte sincrónico comparado con cien años atrás.

Uno de los grandes mixtificadores de Al Ándalus es el insigne Ibn Hazm, genial autor de El collar de la paloma. Habría que hacer un estudio freudiano —o lacaniano, más específicamente— de este intelectual sin par en la historia de España. Desde su infancia en los harenes a su muerte alejado del mundanal ruido. Es un Petronio venturoso; afortunado porque Al Ándalus no tiene en esa época ni Nerón alguno en una Córdoba descalifatada. Es una lástima que Gregorio Marañón no lo incluyese en sus elucubraciones historico-psico-biológicas. Ibn Hazm habría dado más páginas sustanciosas que el pobre incomprendido Enrique IV o el mito de Don Juan.
Si Marañón fotografió a indigentes toledanos para demostrar que El Greco era pintor naturalista o retrató a un seductor preso de su débil virilidad, ¡qué no habría escrito de Ibn Hazm! De su obsesión por ser árabe. Por ser rubio, pálido, ojos claros. De la mano de sus colegas —el etéreo círculo de los llamados estetas de Córdoba-, Bloodsbury califal de última hora. Por las calles de una capital en fase de berberización —ahora sí. De oscurecimiento de piel. Eso que tanto horrorizaba a Ibn Hazm —de nuevo— dada su obsesión por ser árabe. Luego entonces, ¿no lo eran todos?

Así las cosas, este señor —por tercera y última vez—, obsesionado por que su sangre proviniese de estirpe árabe —la obsesión omeya—, nos sorprende con la única fuente realmente fiable —¿de veras?— de los orígenes árabes de todo lo andalusí: Tratado de los multitudinarios linajes árabes. Y los investigadores del tratado —en cuyo título ni siquiera aparece lo andalusí; no existe como ente diferenciable— acuden a sus páginas como a un atlas para saber de dónde venía la población de cada terruño andalusí.
¿Que un pueblo se llama —pongamos por caso— Zenata? Pues sencillo; es que provenía su población de las cabilas bereberes de los zeneta. Y nos quedamos todos tan panchos. En esa interpretación del mundo, todas las Córdoba de América fueron en su origen sedimento de emigración cordobesa. El de Ibn Hazm es un mapa, sí. Podemos acudir a él como acudimos al mapa que incluye J.R. Tolkien en el proemio de El señor de los anillos. Para no perdernos en la novela andalusí.

Por otra parte, colateralmente nos afecta también cuanto el historiador por excelencia —Ibn Jaldún, 1332-1406— escribió para ilustrar la comprensión de la Historia en bloque —es el padre de la filosofía de la Historia— o cuanto escribió para avalar su teoría política de la platónica sociedad perfecta. Así, en su monumental Historia de las experiencias*, podemos encontrar ambas ilustraciones-, en el tomo inicial —célebre introducción conocida como la Muqaddima o Prolegómenos— desarrolla su teoría política, de imperdonable lectura por todo historiador o sociólogo que se precie. Pero a lo largo de los volúmenes siguientes, nomadiza —permanentemente y a perpetuidad— al árabe.
Este pensador de lo social no puede hacer menos: su leviatánico tratado nos ofrece básicamente los términos del contrato entre pueblo sumiso y líder carismático que basa su poder en la firmeza, así como el poder del pueblo en la textura de cohesión social —asabiya. Su ciudad ideal es la no-ciudad. La caravana, el oasis de sinceridad primitivista, auténtica.

Ibn Jaldún es el antecedente directo de Rodolfo Valentino cabalgando de oasis en oasis. Este historiador, tunecino de ascendencia sevillana, avezado ciudadano de la segunda mitad del 1300, desencantado de polis y politesse, plantea que la esencia del estado islámico es lo árabe, que árabe es equivalente a beduino, y beduino equivale a beréber. En ese momento, acaba de preparar el caldo de cultivo de la propaganda norteafricana. No: el islam es esencialmente sedentarización urbana. No; los árabes de la península Arábiga no son los tuareg norteafricanos. Y —por último y definitivo—: las dinastías norteafricanas —almorávides y almohades— son un elemento absolutamente exótico en el islam.

Queda admitido que todo autor posterior —en este caso, el imprescindible Ibn Jaldún— deba contar con los contigentes bereberes y con las dinastías norteafricanas invasoras —almorávides, almohades, benimeriníes y demás— como una absoluta normalización de lo árabo-islámico posterior al año 1000. Pero admítase con ello que las dinastías norteafricanas cambian la estructura social del islam —hecho de algún modo discutible— y de Al Ándalus —indiscutible. Imprimirán carácter, sin duda; pero son un componente exógeno. Su tipología no nos sirve Para comprender la de norte de África del 700.


Por lo tanto, podemos deducir abiertamente que la muy posterior propaganda norteafricana incide en esa tuaregización de todo, movida por la natural inclinación legitimista de unas dinastías que desde el desierto se hacen con las urbes del norte y pasan a Al Ándalus como conquistadores. Desde 1086 hasta 1232, tal propaganda impregna toda crónica redactada a ambos lados del Estrecho. Muy especialmente los almohades —desde mediados de 1100— procederán sistemáticamente a justificar su invasión.
Puesto que somos musulmanes —dirán en su defensa— y aquí había musulmanes, esto no es una invasión. La afirmación anterior es una de las grandes falacias interpretativas en la historia de Al Ándalus. ¿Es menos cruenta la invasión alemana de Polonia por coincidir en la religión; la napoleónica de media Europa7 Seguimos, en ese caso, anclados en la estupidez de las identidades religiosas. Bueno, es que el islam es diferente. Y se completa, así, la estupidez con la falacia ya explicada de la alienante matriz islámica.
§ 2. A partir del asentamiento norteafricano en un Al Ándalus insólitamente re-enganchado a lo árabo-islámico por el injerto almorávide y almohade —el empuje castellano previo era imparable—, se repintan los blasones, islamizando en sus crónicas a todos los personajes hispanos. Pero la percepción de lo almorávide era —en el mejor de los casos— aquello de cuerpo a tierra, que vienen los nuestros. Que se lo cuenten al rey de Sevilla, cargado de cadenas por los almorávides y enviado a morir en una cárcel africana. Entre la espada y la pared —y consciente de cuanto se avecinaba—, afirmó aquella celebridad de prefiero ser camellero con los almorávides que porquero con los castellanos. Pero no le dejaron ser camellero; como tampoco al rey zirí de Granada.
El trauma de las invasiones norteafricanas es una de las claves para la esencia andalusí: confieren su indómita especificidad a un mundo previo bastante más etéreo, menos reconocible como estrictamente islámico o árabe. Es una hipótesis sin voluntad de sentar nada, pero puede que ni siquiera hablásemos de Al Ándalus sin la carcasa islamizante de las invasiones almorávide y almohade. El mundo previo peninsular habría quedado reflejado en la Historia —seguimos con hipótesis sin llevar a nada— como una Venecia orientalizada; una Sicilia multicultural sin esencialismo ajeno a lo anterior y posterior.
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