Foro sobre historia disidente de la Version Oficial y foro sobre neoruralidad y la Revolucion Integral inspirada en los estudios de Felix Rodrigo Mora.

Eran los beréberes del 711 los que nosotros pensamos?

Prolongando y profundizando las tesis de Américo Castro e Ignacio Olagüe, su Historia General de Al-Ándalus sostiene que no hubo invasión islámica -estrictamente hablando-, en la península Ibérica, y expone -con argumentos consistentes y erudición-, que sucedió en realidad.

Eran los beréberes del 711 los que nosotros pensamos?

Notapor 711 » 2012 05 09, 8:05

Hispania y su continuación norteafricana

Cada vez que se dice beréber en los primeros siglos de expansión musulmana, significa simple y llanamente: bárbaro. Deberíamos emplear la palabra bárbaro o nativo en lugar de beréber.
La cuestión es proclamar la duda metódica y romper los pares constituidos por lo beréber-tuareg y lo beréber-imazighen. Cuanto vale para la realidad actual, no tiene por qué valer —de hecho, se opone diametralmente— para realidades de la misma geografía, contemplada unos cuantos siglos antes. Deberíamos —por proseguir con los deberes— respetar aquellas apreciaciones sobre lo beréber con que reconocían su perplejidad los primeros etnógrafos —sociólogos, antropólogos culturales— al estudiar el universo poblacional norteafricano: que, en el norte de África, se llama beréber a todo aquel que no es negro.

De tal suerte, deberíamos decir algo así como Taric entró en la península con tropas constituidas, en su mayor parte, por naturales del norte de África. Es ésta la interpretación de beréber en ese contexto. Porque el exotismo en las crónicas es engañoso: si Taric —palabra cercana a Alaric o Roderic, nombres góticos de reyes visigodos, latinizados como Alarico o Roderico, pero no decimos Tarico para, así, berberizarlo. Si el tal Taric'40' era beréber según las crónicas, es que era bizantino-visigodo-ex-vándalo. Amalgama norte-africana de la época. Desde luego, hablaba latín tardío preñado de púnico y griego —lo mismo que se hablaba en el sur de Hispania—, no árabe, el idioma que aún no había tenido tiempo de salir de la península Arábiga.

Porque los invasores son bereberes/bárbaros en la terminología de Roma; la aún existente en esos tiempos: Bizancio. Los barbari —plural de barbarus— que en el griego de los bizantinos pasa a ser barbaroi.
¿Por qué es esencial el matiz de homogeneizar ambos lados del Estrecho el día antes de 711? Porque, los mande quien los mande, las tropas que entran en Hispania no son diferenciables de las que ya habitan el territorio hispano. Porque son nativos del norte de África, son parte de cualquiera de los pueblos que ya pasaron por aquí. Desde luego, cristianos; en cualquiera de sus vetas cromáticas de la época: herejes arríanos o donatistas, seguramente.
§ 3. Pero el mal ya está hecho: en su primera versión —al decir que las tropas invasoras eran árabes—, la mentira no se sostiene por la lejanía del único espacio en el que ya se hablaba árabe —península Arábiga— y la ridiculez de plantear la conquista del mundo islámico conocido partiendo de los pocos cientos de recién islamizados que componen la Umma —comunidad de musulmanes— a la muerte del profeta Mahoma. Lo cierto es que, sin duda, no eran tales hombres azules-, el trascendentalismo imazighen o tamazight —es la palabra beréber para decir beréber— plantea una esencia racial y cultural inamovible durante milenios. Pero los imazighen de entonces no eran los únicos bárbaros para Roma. Invasión, sí; una más en la larga lista —vendrán muchas más en el tiempo islámico. Pero en 711 no puede ser ni islámica ni árabe. Tales realidades —islam y arabidad— aún no han sido constituidas en la plenitud necesaria como para que un estado plantee la invasión de otro. Será sólo a través de esas otras mareas migratorias posteriores como el islam irá cuajando en Al Ándalus.

Se olvida la fuerza de la cultura bizantina en el levante-sur hispano y norte de África'4'1.
El tránsito de emigrantes desde el norte africano a Hispania fue continuo y no sólo por razones militares o económicas: se estaba desarrollando el clima del mayor enfrentamiento conocido en la proto-cristiandad dogmática; el que enfrentó al catolicismo integrista nacido del Concilio de Nicea y a las numerosas corrientes tildadas de heréticas. Del año 300 al 700 transcurren cuatro siglos de similar efervescencia dogmática a ambos lados del Estrecho; de cristianización cismática, de persecuciones, de legitimidad romana pasada por Constantinopla, la capital del imperio bizantino.

§ 2. El norte de África era un rosario de prefecturas, conventos, escuelas de transmisión de pensamiento cristiano —cismático u ortodoxo— que acostumbraron a mirar hacia nodos intelectuales como la Sevilla de Isidoro o numerosos centros africanos. San Agustín no escribía desde lo alto de una palmera ni rodeado de antropófagos: era consciente del clima cultural circundante. De especificidad basada en un idioma, el púnico —herencia de Cartago—, y un cisma religioso: el de los donatistas'42' o circumcellioni, principalmente. En las postrimerías de ese ambiente intelectual, el conde Belisario —el último general bizantino victorioso en el norte de África— fue casi coetáneo de Mahoma.
Belisario había logrado la mayor extensión norte-africana del poder bizantino sobre los restos de pueblos latinizados, de culta impronta cartaginesa. El general de Justiniano no lograba apagar un fuego cuando ya estaba surgiendo el siguiente. Un tiempo se está plegando, y otro desplegándose. Pero no eran aún el fuego y el tiempo del islam; era el autoctonismo, re-dirigido después por lo islámico. El mundo mediterráneo occidental —a comienzos de los 700— ya se estaba desprendiendo del yugo romano —del latino, Roma, y del griego, Bizancio. Era una sociedad adulta. A la altura de su tiempo. El futuro Magreb no era un erial habitado por costumbristas hombres azules bebiendo té en una duna. Estamos transponiendo tiempos y lugares. Su islamización será lenta e insegura.

, en el norte de África, la romanización fue —si cabe— más lenta aún por el larguísimo vestigio de lo púnico —insistimos: cartaginés; oposición popular también presente en Hispania. Se crearía la provincia de Numidia —el Magreb, desde el actual Túnez hasta Mauritania— y posteriormente la extensa Mauritania Tingitana. Hasta 146 a.C. reinaría en Numidia Masinisa como aliado de Roma, y hacia el 100 a.C. se desarrollaría la rebelión de Yugurta en el actual norte de Marruecos; levantamiento inmortalizado por Salustio en su libro La guerra de Yugurta. Al leer en Salustio las correrías de Yugurta por Rusadir y el río Muluya —actual zona de Melilla—, uno percibe que se está ya empezando a berberizar a los bárbaros.
Pero frenemos en seco: No; los rifeños de Yugurta no son los de Abdelkrim —el genial rebelde de la efímera e interesante República del Rif a principios del siglo XX—, por más que en el imaginario histórico hayamos berberizado telúricamente todo el norte de África desde siempre. Yugurta era, sin duda, un rebelde afín a la causa púnica, no por pasión cortesana hacia la familia Barca —los iconos históricos contrarios a Roma; Amílcar, Asdrúbal, y Aníbal-, sino por la misma contrariedad romana.
§ 7. Los hombres en armas contra Roma en torno a esa salustiana guerra de Yugurta no son bereberes (siglo I aC), por más que sean bárbaros para el Imperio. Son cartagineses, pueblo viejo, curtido culturalmente y avezado en la fundación de ciudades prósperas en torno al Mediterráneo. Cuando ese pueblo se romanice y latinice —nunca del todo—, cuando después deba asumir las invasiones de los vándalos, no hará más que sumar capas a su aculturación. Genes a su composición biológica; en el caso de los vándalos, genes centroeuropeos. Pero no nos despistemos: será desde el siglo X —mil cien años después— cuando el norte de África reciba la emigración masiva de tribus procedentes del África saheliana y sahariana.
Con almorávides y almohades del Sur se configurará esa aparente berberización racial y cultural. Fue lo suficientemente larga y ha pasado el suficiente tiempo desde entonces como para hacernos pensar que siempre fue así la cultura norteafricana, pero nunca deben hacerse lecturas ucrónicas—ajenas al paso del tiempo— si hablamos, precisamente, del paso del tiempo —Historia. Los nativos norteafricanos de las ocupaciones francesa y española sólo comparten domicilio con los de las ocupaciones romana, vándala o —y es esto lo más importante aquí— islámica de primera hora.
§ 8. El referido Masinisa, rey de Numidia y aliado de Roma hasta la caída de Cartago, ejemplifica el procedimiento de clientelismo patentado por Roma, cuyas condiciones cambiarían con las invasiones desde el norte de Hispania. Si Roma elige a sus aliados —comerciales—, la lealtad de éstos es incentivada por el poder coercitivo de las legiones romanas. Y es de sobras conocida —desde la leyenda del asesinato de Estado de Viriato, pastor lusitano—, el modo en que Roma gestionaba lealtades en sus buenos tiempos —aquello de Roma no paga a traidores. Pero las cosas cambian. ¿Qué ocurrirá cuando la lealtad la decidan las tropas de los clientes, los aliados? Será ésta precisamente la situación en España y norte africano cuando —en particular— visigodos y vándalos campen por sus respetos pretendiendo —de iure— hablar en nombre de Roma, cuando —de facto— Roma ya no podría hablar.
Tradicionalmente, hemos bajado el puente que va de Roma a las invasiones europeas —visigodos y vándalos—, hemos edulcorado los siglos visigodos pretendiéndolos la evolución natural de Roma, en tanto subimos el puente a poco que suene lo árabe. De acuerdo: la presencia visigoda de siglos en Hispania es la evolución natural de Roma porque así se hacen las lecturas históricas. Pese a los modos de poder, lengua, familia y religión diferentes que llegan. Pero, entonces, la evolución natural de los visigodos es Al Ándalus.

§ 9 Aquel sistema de clientelismo atisbado en la relación de —poníamos el ejemplo— Masinisa de Numidia con Roma; esa evolución desde ser el aliado hasta convertirse en el dueño del terreno de destino -de Masinisa a, por ejemplo, Genserico el vándalo—, será también conocida en el islam. Marcará, de hecho, la clave de las supuestas llamadas de auxilio andalusíes a pueblos ajenos sirios y norteafricanos, principalmente, dado que el elemento eslavo, también presente, es numeroso pero ya no tan vertebrado.
Pero la historia romana del norte de África no es necesariamente la de una lucha permanente, como tampoco la de Hispania. Se produciría el equilibrio inestable propio de las ocupaciones y el inefable enriquecimiento cultural derivado del obligado tolerar. Un ejemplo paradigmático es el reinado de Juba II en el actual Marruecos -allá por el 24, ya de nuestra era. Juba II era aliado de Roma —cliente, decíamos. Pero, al parecer, ya había sido seducido por lo romano. Educado en la capital del Imperio, dominaba el latín, el griego y el púnico, en ejemplo ilustrativo de cómo lo cartaginés —púnico— aún marcaba tradiciones y necesidades de un hombre culto.
§ 10. Durante el reinado de ese Juba el sabio, el biólogo Euforbio censó la flora y fauna del norte de África en un reino nacido para perdurar. No para ser puente en la Historia, que es como siempre vemos las cosas del pasado cuando, de reojo, tenemos presente el capítulo siguiente. Juba II continuó su estirpe en la actual ciudad romana marroquí de Volubilis con la hija egipcia de Marco Antonio y Cleopatra —Cleopatra Selene. A su hijo le pusieron por nombre Ptolomeo, que gobernaría hasta el 40, año en que clausuraron su vida y reinado los sicarios de Calígula. De nuevo: Volubilis, este pobre Ptolomeo, sus padres, Euforbio cazando mariposas por el Rif, son Roma. No están esperando a Abdelkrim o a un Taric/ Tarico embaucador.
Sí; decíamos lo de reino nacido para perdurar, no para ser puente en la Historia, por la misma razón que impulsa este alejamiento en el tratamiento de los futuros Al Ándalus y Magreb: porque la Historia no puede leerse esperando un único camino. Porque Hispania y Numidia —como la futura Mauritania Tingitana— no es que fueran romanas: eran Roma. Como eran Cartago. Porque el islam que llegue deberá hacerlo sutilmente, dado que no bastará para sojuzgarlos unos pocos jinetes, por muy divinamente inspirada que se plantee su cabalgada. Y porque esos supuestos pocos jinetes estarán llegando a Roma y Cartago pasada por centroeuropea. No a las tiendas tuareg de unos hijos del desierto. Y serán esos romano-cartaginés-vándalos norteafricanos quienes, en todo caso, saltarán a Hispania llegado el momento.
711
 
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