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Poitiers, la otra leyenda.

¿Si no hubo invasion... por que es la teoria mas conocida y casi absolutamente ofrecida por los historiadores?.

Poitiers, la otra leyenda.

Notapor Historia » 2012 12 18, 1:56

"...Ponía en guardia... el padre Feijoo a sus lectores acerca de las descripciones que se hacían de la batalla de Poitiers, en donde la novela era más importante que la veracidad histórica..."

Está acompañada la leyenda de la invasión de España por un hecho maravilloso: * la invasión de Francia por los árabes, aniquilados en Poitiers por Carlos Martel. Tuvo lugar el combate en 732. Nuestro autor escribe en 754; es decir 21 años más tarde. Vive en tierra musulmana y es conocido el hecho de que los cronistas bereberes o andaluces de esta religión ignoran o atenúan la pretendida derrota de sus antepasados. Por otra parte, los occidentales que nos cuentan el acontecimiento, los monjes Teófano, Pablo Diácono y el de Moissac, son lacónicos, inciertos y fabulosos: lo que ha inducido a los historiadores contemporáneos franceses, Emanuel Berl entre ellos, a sospechar de tal aventura a pesar de desconocer el alcance de nuestras tesis. En realidad no saben muy bien estos frailes lo que ha ocurrido. Escriben de acuerdo con ciertos rumores, un son que no podía menos de serle agradable porque se esforzaban con ello por anima a su fe y a la de su parroquia. Nuestro Anónimo sabe muy bien lo ocurrido y no ignora los detalles importantes. No cae en fábulas infantiles como Pablo Diácono. ¿No asegura éste que 375.000 árabes, es decir la totalidad probablemente de los habitantes de Arabia en aquel tiempo han perecido en la batalla? Describe las operaciones preliminares de los asaltantes y los movimientos tácticos de Carlos Martel. En una palabra, hace obra de historiador que se esfuerza en ser objetivo contando lo que ocurre en los dos campos enemigos. ¿Por que? No sólo porqué tiene mayor genio que los cronistas anteriores, sino también porque goza de la perspectiva que da el tiempo transcurrido, lo que los más ancianos no podían alcanzar.
¿Cómo desde su lejana Andalucía está mejor enterado que el monje de Moissac? Sugiere Tailhand que ha podido recibir alguna información oral o escrita de algún galo-franco, testigo ocular del acontecimiento... y ¿por qué no de algunos de los derrotados? Nada en su texto deja traslucir el testimonio del que ha presenciado un hecho importante; lo que siempre desprende un tufo sugestivo. …
De haber escrito nuestro Anónimo su crónica en el año 754, no hubiera podido sustraerse al ambiente de los vencidos con que tropezaría por la calle. Siendo cristiano ¿cómo no desacredita a los enemigos de su fe? Mas no lo ha hecho. ¿Cómo no indisponerse con la autoridad y los intelectuales musulmanes, doloridos por desastre tan cercano, si hubiera descrito la paliza sufrida por sus conciudadanos herejes? ¿Por qué, dadas estas circunstancias, no ha reducido el episodio a algunas palabras breves y concisas? No le vemos, al contrario, arriesgarse en larga parrafada que no podía menos que comprometerle. Sencilla es la respuesta a tal pregunta: escribe el Anónimo en una época en que la batalla de Poitiers, transfigurada por el mito, ha quedado en lejano episodio guerrero. No suscita el hecho pasión alguna.
Si se acepta la interpretación tradicional acerca de la fecha de nuestra crónica, hay entonces que admitir que el relato más importante y objetivo de la batalla de Poitiers tiene su origen en el campo de los vencidos, mientras que los vencedores no nos han transmitido más que relatos fabulosos. ¿No es esto extraordinario? Si la crónica ha sido escrita dos siglos más tarde, todo cambia. Ha podido el autor desempeñar el papel de un historiador. Tan sólo por imposición del mito ya cuajado quedaba desvirtuado el sentido de los acontecimientos. La incursión hacia la llanura francesa emprendida por pirenaicos había sido transfigurada en una invasión de Occidente por los árabes, como la prolongación natural de la de España.

El acontecimiento de Poitiers: las referencias francas hablan de la victoria de Carlos Martel y el repliegue de los invasores más allá —más acá, para nosotros— de los Pirineos, con Mujeres, niños, e impedimentas. ¿Qué intervención militar es ésta? ¿No será el rechazo a una emigración masiva —con mujeres y niños— ante unas hambrunas o guerras civiles en el siglo VIII que presionaron a la población hasta preferir la incertidumbre de pasar los Pirineos? ¿Dónde está ahí la caballería islámica? No valen las referencias siglos después: el etiquetado islámico ya estará patentado como el enemigo de Europa.

La batalla de Poitiers, en el año islámico 114, año cristiano 73211001. En ella, pierde la vida el siguiente gobernador, al-Gafiqi (730-732). Pero entre Anbasa y al-Gafiqi, en cuatro años de transición, se suceden nada menos que seis gobernadores. Por añadidura, al-Gafiqi ya había sido designado durante dos meses en 721, por lo que se refuerza la teoría de que los supuestos gobernadores debieron ser jefes pacificadores/expedicionarios de algún poder constituido, o puede que incluso el recuerdo de facciones simultáneas que los cronistas alinearon cronológicamente.

Probablemente Poitiers marque la fecha de una deportación. Efectivamente, con anterioridad a 732 se estaba produciendo algún tipo de revuelta social en el Sur de Francia. Un año antes masas de población entraron en el emblemático monasterio de San Martín de Tours, destruyéndolo.
En el contexto de esas claras revueltas sociales —de tinte indudablemente religioso-, Carlos Martel, rey de los francos, entabló batalla con Eudo de Aquitania. No parece, por lo tanto, que se trate del rechazo a una invasión, sino una guerra vecinal como tantas otras en Europa. Como las de la antigua Hispania, o el Al Ándalus de entonces. Vence Martel, y entre Tours y Poitiers, en 732, tiene lugar una batalla en la que muere —como decimos— al-Gafiqi, pero no se recuerda con muchas bajas. Más bien como un doloroso peregrinar de vuelta por el camino llamado Balat al-shuhadá —la calzada de los mártires. Por lo que, pese a la trascendencia mítica del pretendido parón al Islam, en Poitiers debió pasar algo más para justificar el recuerdo de un largo camino a casa.
A este segundo gobernador andalusí muerto en Francia, al-Gafiqi, le había sido dado también resolver un levantamiento en Aragón protagonizado por un norteafricano, Munusa. Tal enfrentamiento se encadena de un modo interesante con el opaco capítulo de Poitiers en el sentido de que el tal Munusa, tratando de establecer sus propios fueros, estableció una alianza con el citado Eudo de Aquitania mediante el matrimonio con su hija. No es tan transparente, según vemos, el episodio del rey de los francos y Poitiers; más bien parece el choque entre dos caóticas vertebraciones, con algún fenómeno migratorio que tras el 732 tomó el camino de vuelta —o puede que sólo de ida, si se trataba de una expulsión.
A la muerte de al-Gafiqi, será Ben Qatan (732-734) el encargado de sofocar otra revuelta paradigmática-, la de los vascones, capítulo que aún no quedaba resuelto desde la expedición de Rodrigo un año antes de su desaparición. Mal estratega, Ben Qatan perdió en un emblemático enfrentamiento con los vascones (733), que tomarán nota de su victoria atribuyéndola a la aparición de la Virgen María. Con tal aportación milagrosa, parece que las crónicas superponen este episodio de 733 en tierras de vascones sobre uno de 722 con Pelayo en Covadonga. De la traslación de acontecimientos se sucedió su fijación en el imaginario colectivo, y ya va a ser difícil separar la revuelta de Pelayo de la aparición de la Virgen, o de esta y la victoria vasca en 733
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