Foro sobre historia disidente de la Version Oficial y foro sobre neoruralidad y la Revolucion Integral inspirada en los estudios de Felix Rodrigo Mora.

Antecedentes en el Medievo. La Crisis Social del Medievo

La historia oficial nos vende que los españoles nos levantamos espontánea y como un solo hombre para echar a los franceses invasores, y que la Pepa fue la primera constitución democrática de España, y que supuso un avance, progreso para la nación. Esa historia y versión del Poder, la de la Oligarquía y la de quienes se benefician de esa idea, y creemos que en realidad la versión del Pueblo es muy diferente.

Con respecto a la Pepa ésta supuso el inicio de un proceso y deriva al Nuevo Orden Social que conocemos como industrialización, estatalización -siguiendo e imitando modelos europeos afines-,y supuso un brutal y genocida paso del rural al capitalismo en España, siendo liquidada toda resistencia rural o de origen rural finalmente por el franquismo.

La Revolucion Industrial es la Revolucion de la burguesia para acaparar el poder, las fnanzas, el Estado-capitalismo, como organo de dominio sobre el pueblo y el sometimiento de este a las reglas del mercado y de la explotacion.

El siglo XIX explica lo que somos hoy... y lo que perdimos.

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Antecedentes en el Medievo. La Crisis Social del Medievo

Notapor Historia » 2013 03 08, 11:44

´En el siglo XIV la gente también volcó su ira contra los banqueros, a los que creía responsables de la crisis´
"En la Edad Media se produjo una crisis que afectó a los cimientos sociales, políticos, institucionales y morales"

El catedrático de Historia Medieval de la Universitat de València, Antoni Furió, ha estudiado las analogías entre las crisis económicas que vivió la Corona de Aragón en la Baja Edad Media y la que actualmente azota a la Comunitat Valenciana y al conjunto de España. Ve similitudes en algunos aspectos básicos de la organización económica y social y en las reacciones humanas.

¿Hay analogías entre la crisis actual y la de la Baja Edad Media?

Ambas son crisis sistémicas, de sistema. No se trata de una simple crisis coyuntural, superficial, sino de algo más profundo que afecta a los fundamentos mismos del sistema, feudal en un caso, capitalista en el otro. La crisis financiera, la más visible, con el hundimiento de los bancos y de los ahorros de los pequeños inversores, es sólo la manifestación de una crisis económica más profunda. También se parecen en que no es sólo una crisis financiera o económica en general, sino también social, política, institucional e incluso moral, de valores.

¿Hubo cambios sociales?
Es todo el sistema el que está ahora mismo en cuestión, como lo estaba también en el siglo XIV, con el Cisma de la Iglesia, los movimientos de penitentes, las luchas políticas. Otro aspecto en el que se asemejan es en la búsqueda de responsables, de chivos expiatorios, en los determinados sectores de la población, que en la Edad Media eran judíos y leprosos y hoy son inmigrantes, a quienes se responsabiliza de quitar el puesto de trabajo a los autóctonos.

¿Cómo reaccionó la población?
En lo que no se parecen, al menos de momento, es en la reacción de la población ante la crisis. En el siglo XIV, la gente volcó también sus iras contra los banqueros (cambistas), a los que consideraban responsables de la crisis financiera, a causa de las continuas bancarrotas que se llevaban por delante sus inversiones.

¿Se asumieron responsabilidades?
En Cataluña y Valencia se estableció, ya desde 1300, que cualquier banquero que se declarara en bancarrota sería humillado públicamente por toda la ciudad. Se reguló que un pregonero haría públicas sus faltas, y sería condenado a vivir sin ningún tipo de lujo, a dieta de pan y agua, hasta que devolviese a sus acreedores su deuda. Y en 1321 se estableció que los banqueros que no cumpliesen inmediatamente sus compromisos serían declarados en bancarrota y, si no pagaban sus deudas en el plazo de un año, serían señalados públicamente por el pregonero, decapitados frente a su mostrador y sus bienes vendidos para pagar a sus acreedores.

¿Hubo ejecutados?
En 1360 el banquero Francesc Castelló, en estricto cumplimiento de la ley, fue decapitado frente a su mostrador. No hay casos de decapitados en Valencia pero sí de bancarrotas contínuas de cambistas o banqueros.

La corrupción estaba muy generalizada. Era una de las causas por las que se produjo la intervención pública de Estado, en este caso de la monarquía. En las ciudades, los acreedores de la deuda pública de la ciudad eran los mismos que la gobernaban, eran los primeros beneficiarios del sistema. A través del control del gasto público se intentaban sanear las finanzas públicas, y era a la vez una vía de intervencionismo.

¿Fue una excusa para la intervención real o estaba justificada?
Ambas cosas. Estaba justificada pero hay que tener en cuenta que más allá de temas políticos, las ciudades eran fábricas fiscales para la monarquía. Obtenía recursos de las ciudades y la mala gestión perjudicaba sus propios ingresos. Ernest Belenguer señala que a final del siglo XV la persona que más mandaba en la ciudad de Valencia era el Racional, nombrado por el monarca. Era una especie de interventor o controlador del gasto municipal, un técnico que gracias a la confianza del rey, adquiere un peso político enorme. La figura comparativa con la actualidad son los técnicos a los que se pretende impone en sustitución de los políticos, como es el caso de Mario Monti en Italia. Es un buen gestor pero ha sido un mal político.
Se celebraba la caída de cada Racional. Hacian negocios privados con fondos públicos y cuando se destapaban los casos eran destituidos. Su caída era celebrada por los demás. Estamos hablando de una lucha entre la corona y la oligarquía. El Racional sale de esa misma oligarquía, que era un trampolín de corrupción.

¿Cómo se salió de la crisis del siglo XV?
En el caso de Valencia la salida estuvo en apostar por cultivos más rentables, destinados a la exportación o al mercado. Frente al trigo, viña u olivo, ahora se cultivaba cáñamo para la industria textil, arroz, azúcar y productos de más valor como la morera, bien para la industria textil autóctona o para la exportación Era algo que venía desde la Conquista pero que ahora se acentuaba. Se creó una economía más centralizada, con irrigación y conexión con los mercados.


LA PRIMERA GRAN CRSIS EUROPEA
Guerras, epidemias, hambre... La Baja Edad Media vivió enormes convulsiones que causaron una profunda crisis en Europa y España. La sacudida al sistema feudal abrió las puertas de la modernidad al Viejo Continente.

Tras varios intentos fallidos por superar la crisis de sus finanzas, la Hacienda del reino de Mallorca quebró finalmente en 1405. En los años anteriores se habían desplomado muchas bancas privadas en Barcelona, Valencia y la misma Mallorca, pero ahora no se trataba ya del hundimiento de entidades financieras particulares, sino de la bancarrota de todo un reino. La quiebra no solo obligó a consignar todos los ingresos fiscales de la isla al pago de los intereses de la deuda y a su amortización, sino que dejó en manos de los acreedores, en su inmensa mayoría barceloneses, la centralización del producto fiscal recaudado y la supervisión del pago de los intereses y de la gestión en general de la deuda pública.

La escalada de la deuda estuvo en el origen de los problemas
En Barcelona, el 61% del gasto público se destinaba a pagar intereses
Los impuestos se extendieron a todos los habitantes del reino
La especulación inmobiliaria disparó al alza los precios

No se trataba de una mera crisis coyuntural. Los problemas eran estructurales y venían de muy atrás. Treinta años antes, y solo veinte después de que Mallorca hubiese empezado a emitir deuda pública, las cuentas ya no cuadraban. Como apuntó en su día Álvaro Santamaría, de los 900.000 sueldos a que ascendían anualmente los ingresos teóricos globales, solo llegaban a recaudarse unos 660.000, mientras que el resto dejaba de percibirse por fraude fiscal o mala gestión. Para atender el desfase entre ingresos y gastos, la Hacienda mallorquina había contraído una deuda del orden de seis millones de sueldos, que obligaba al pago de intereses por un total aproximado de 600.000, es decir, la casi totalidad de los ingresos efectivos ordinarios.

En 1373, un administrador nombrado por la corona elaboró un plan de saneamiento de la Hacienda del reino que pasaba por reducir drásticamente el gasto público (adelgazando sensiblemente la nómina de salarios y gratificaciones pagados por la Administración; reduciendo el número de embajadas y misiones oficiales; limitando la inversión en obras públicas durante diez años a la conservación de las murallas, la conducción de aguas y el muelle; controlando el abastecimiento frumentario y prohibiendo la concesión de donativos graciosos con cargo a fondos públicos), fiscalizar con severidad las cuentas de la Administración pública (sometidas a auditorías, cuyos informes serían entregados a los nuevos gobernantes al inicio de su mandato anual) y amortizar la deuda en 10 años (reduciendo el tipo de interés del 10% al 8%, una moratoria de 10 años y un plan septenal de amortización). El plan no solo no funcionó, sino que la situación de las finanzas se agravó y, aunque hubo nuevos intentos por sanear la deuda (en 1392 se colocó ya a un catalán, en representación de los acreedores, al frente de las finanzas mallorquinas con el fin de asegurar el pago de los intereses), la Hacienda quebró finalmente en 1405.

El de Mallorca no es un caso aislado ni en la España ni en la Europa de la baja Edad Media. Hacia finales del siglo XIV el pago de los intereses de la deuda pública representaba entre la mitad y las tres cuartas partes del gasto municipal en las grandes ciudades italianas, francesas, alemanas, flamencas y holandesas. En la Corona de Aragón, donde la emisión de censales se había generalizado desde mediados del trescientos como el principal recurso financiero de las Haciendas locales, la deuda pública había adquirido ya niveles colosales antes de finalizar la centuria. En Barcelona, pasó de representar el 42% en 1358 al 61% en 1403; en Tarragona, del 54 % en 1393 al 72% en 1399; en Valencia, del 39 % en 1365 al 50 % en 1402; y en Mallorca, quizá el caso más espectacular, ascendía al 81% en 1378. Y como la deuda se financiaba con los ingresos fiscales -o tal vez fuera más exacto decir que se crearon nuevos impuestos y se incrementó la presión fiscal con el fin de financiar la deuda-, buena parte del esfuerzo fiscal de la población se desviaba en beneficio de los acreedores, de ciudadanos y mercaderes que invertían en la deuda pública -menos lucrativa, pero más segura- para diversificar sus riesgos, mucho antes de que tomasen el relevo la nobleza y las instituciones eclesiásticas, con un espíritu ya claramente rentista.

La imparable escalada de la deuda, uno de los mejores barómetros y a la vez una más de las múltiples causas de la crisis del siglo XIV, tenía su origen en las continuas peticiones pecuniarias de la monarquía, motivadas a su vez por el incremento del gasto bélico, y, en menor medida, en el desarrollo del propio aparato administrativo de un Estado cada vez más centralizado. En toda Europa la guerra fue un fenómeno casi permanente a lo largo del siglo XIV, uno de los grandes azotes, junto con la peste y el hambre, de esta centuria de grandes calamidades.

En la península Ibérica las campañas militares se suceden una tras otra a lo largo del trescientos: las cruzadas castellano-aragonesas contra Granada; la batalla del Salado, en la que las fuerzas combinadas de Castilla y Portugal derrotaron a los benimerines; la conquista de Cerdeña y las guerras continuas con Génova por el control del Mediterráneo occidental; la reintegración de Mallorca a la Corona de Aragón; las revueltas nobiliarias castellanas y las guerras de la Unión aragonesa y valenciana; y, sobre todo, la guerra civil castellana, que a su vez derivó en una guerra abierta entre las coronas de Castilla y Aragón, una guerra larga, costosa y destructiva que se inserta también en el marco general europeo de la Guerra de los Cien Años.

Las guerras segaban vidas, arrasaban las cosechas, asolaban pueblos y ciudades, interrumpían el comercio, dificultaban el abastecimiento y frenaban el crecimiento, pero también exigían fuertes sumas de dinero para financiar tanto las campañas militares -y en particular el pago de las tropas- como la posterior reconstrucción. Y el dinero salía de las ciudades y de las comunidades rurales, sometidas a nuevas y mayores exacciones, que de ser inicialmente extraordinarias pasaron a convertirse en ordinarias. Al contrario que los antiguos tributos feudales, recaudados en el ámbito estricto del señorío, los nuevos impuestos eran generales y universales, no se limitaban solo a los vasallos del rey, sino que se extendían a todos los habitantes del reino, a todos los súbditos del monarca, y se justificaban por el bien común o la utilidad pública. Aunque se invirtiesen en gastos tan dudosos -desde la perspectiva de los contribuyentes, que así lo denunciaban- como más guerras o más mercedes a privados y partidarios del soberano.
La construcción de un verdadero sistema fiscal y financiero, con impuestos ordinarios, regulares, sobre el patrimonio o sobre la comercialización y el consumo (sisas, alcabalas), hizo posible, primero en Cataluña y la Corona de Aragón y más tarde en Castilla, la consolidación de la deuda pública, basada ya no en créditos a corto plazo (préstamos a interés) sino a largo plazo (censales, juros). O más bien cabría decir que fue la consolidación de la deuda pública, consignada sobre determinados impuestos (en su mayoría indirectos) la que exigió y desembocó en el establecimiento de un verdadero sistema fiscal, primero municipal y después estatal.

En cualquier caso, y esto es lo relevante, ciudades, reinos (cortes y diputaciones) y monarcas dispusieron de nuevos instrumentos financieros con los que atender nuevas y crecientes necesidades (aunque en algunos casos acabarían llevándoles a la quiebra); el patriciado urbano y más tarde la alta aristocracia y el clero se beneficiaban del festín fiscal, redistribuido en forma de intereses de la deuda; y las clases populares, rurales o urbanas, contribuyentes netos, veían cómo se añadían a los censos agrarios y las rentas señoriales tradicionales los nuevos impuestos con los que se financiaban las haciendas locales y reales y, en particular, la deuda pública.

El incremento de la presión fiscal y el reparto de su producto entre la nobleza (profesionales de la guerra y altos cargos del Estado) y los inversores en la deuda son solo una de las manifestaciones de los grandes cambios eco-nómicos y sociales (pero también políticos, culturales e incluso religiosos, con el gran Cisma de Occidente) que tuvieron lugar en el siglo XIV y que los historiadores suelen englobar, extremando los tintes negativos, bajo la denominación general de "crisis del siglo XIV", "crisis del feudalismo" e incluso "gran depresión bajomedieval". Las otras manifestaciones son más conocidas, y por eso les dedico menos espacio en esta apretada síntesis.

Los primeros historiadores que se ocuparon de ella y los propios contemporáneos destacaron sobre todo la conjunción de catástrofes y calamidades que se abatió sobre la centuria y, en primer lugar, el terrible impacto de la peste negra, que diezmó a la población europea. La epidemia, de efectos letales en su doble variedad bubónica y pulmonar, llegó a la costa mediterránea de la Península en el verano de 1348 y rápidamente se propagó por toda Europa occidental, a lomos de las ratas que infestaban las bodegas de los barcos y los cargamentos comerciales. No había remedio contra ella, y lo único que podían recomendar los médicos y las autoridades públicas y religiosas, además de rogativas y actos de expiación colectiva, era huir de las ciudades más atestadas y expuestas. Como hizo Boccaccio, que se retiró a una villa alejada de Florencia, donde compuso el Decamerón en el año de la peste.

Aunque todas las estimaciones demográficas anteriores a la era estadística no pasan de ser eso, estimaciones, se calcula que entre una tercera parte y la mitad de la población europea sucumbió a la epidemia, lo que representó un verdadero colapso demográfico y económico (ver gráfico). Además, tan mortíferas como su primera irrupción fueron sus posteriores recurrencias -el segundo brote, en 1362, se cebó en la población infantil, sin defensas inmunológicas-, y el hecho de que la peste se instalase de manera permanente en la sociedad europea hasta más allá de los siglos medievales no dejó de ensombrecer las posibilidades de recuperación.

Mucho antes que la peste habían hecho su aparición las carestías y las hambres. Un cronista catalán de la época bautizó el año de 1333 como "lo mal any primer", el inicio de todos los males, cuando una mala cosecha disparó el precio de los cereales y extendió el hambre y la muerte por toda la Península. Solo en Barcelona murieron 10.000 de los 50.000 habitantes con que contaba la ciudad. Pero los efectos de la carestía se dejaron sentir también de forma severa en Castilla y Portugal.

En el norte de Europa la crisis había empezado una generación antes, con la gran hambruna de 1315-1317, provocada por el empeoramiento de las condiciones meteorológicas y la sucesión de malas cosechas, que golpeó a todo el continente, de Escocia a Italia y de Rusia a los Pirineos, pero que no afectó a la península Ibérica. Los testimonios de la época hablan de altos niveles de criminalidad, enfermedades, muertes masivas e incluso casos de canibalismo e infanticidio.

¿Origen exógeno o endogeno de la crisis?
Frente a una visión catastrofista que situaba el origen de la crisis en la incidencia de factores exógenos como la peste y el enfriamiento climático (en el siglo XIV, en efecto, se inició lo que se conoce como la pequeña Edad del Hielo, que se prolongaría hasta mediados del XIX), la mayoría de los historiadores se ha decantado tradicionalmente por atribuir sus causas a factores de naturaleza endógena, como el desequilibrio entre población y recursos, los rendimientos decrecientes, la estructura de clases, la conflictividad social, la guerra permanente, la competencia entre los nuevos Estados emergentes o el aumento de la presión fiscal.

Para los historiadores neomaltusianos las causas de la crisis se encontrarían en las limitaciones internas del propio crecimiento -demográfico y económico en general- que había caracterizado a la economía europea en los tres siglos precedentes, del XI al XIII. La inflexión se habría producido ya en las últimas décadas del doscientos, cuando hicieron su aparición en algunas regiones -ciertamente no en la península Ibérica- los primeros síntomas de agotamiento, de haber llegado ya al final de la gran expansión medieval. Treinta o cuarenta años separan, en opinión de Bois, el final del crecimiento de la entrada en la depresión propiamente dicha. Y entre los factores que llevaron a ella señala en primer lugar la persistencia de la presión demográfica sobre una economía agotada e insegura, el alza de los precios y, en particular, la escalada del precio de la tierra.

Como en el caso de una burbuja, una verdadera fiebre especulativa se apoderó del mercado inmobiliario y presionó los precios al alza de manera irracional. Las tasas de interés, que durante la etapa de crecimiento habían descendido hasta un nivel medio del 5%, se elevaron hasta el 8% o el 10%. Todo ello se tradujo en graves desórdenes monetarios, particularmente en Francia, donde la moneda perdió el 50% de su valor, a la vez que las devaluaciones disparaban los precios y desencadenaban la especulación monetaria.

Este proceso constituyó el prolegómeno extremo (estancamiento técnico y productivo, aumento del gasto público improductivo, incremento de la deuda sobre activos sobrevalorados) que precedió y llevó finalmente a la depresión, con la caída de la producción y los precios agrarios y la contracción de la demanda, afectada ya por la crisis monetaria y el retroceso demográfico. Por su parte, la salida de la crisis -sobre la que no puedo extenderme aquí- solo vendría, a mediados ya del siglo XV, con un importante reajuste de las estructuras económicas, la reducción de los tipos de interés, la estabilización de la moneda y de los precios, el alza de los salarios y de los ingresos señoriales -gracias a la nueva fiscalidad centralizada- y la recuperación de la demanda.

Más allá de sus manifestaciones más virulentas y más allá también de las distintas interpretaciones con las que los historiadores la han intentado comprender, la gran depresión bajomedieval ha sido considerada también como una crisis sistémica, como una crisis del feudalismo (aunque no fuese la que terminase con él, como tampoco la crisis de 1929 terminó con el capitalismo). Otros, en cambio, se preguntan si no se trató más bien de una serie de dificultades a corto plazo o cuellos de botella de la producción, que podrían haberse superado de no haber irrumpido la peste.

En todo caso, la crisis se saldó con una profunda reorganización del sistema feudal, desde sus bases económicas (una mayor especialización e intensificación agrícola, mayores tasas de urbanización (¿), el desarrollo de la manufactura, el incremento de la comercialización, la reducción de los costes de transporte) hasta sus estructuras políticas e institucionales (con el afianzamiento de las monarquías territoriales y la centralización del poder político y militar). Fue en este sentido, como la denomina Epstein, un proceso de "destrucción creativa", desatado por un periodo de rápido y traumático colapso demográfico, que se tradujo en una mayor integración económica e institucional, en una mayor competencia entre mercados y entre Estados y que colocaría a la economía europea en una senda de mayor crecimiento. Lejos de ver en ella solo sus aspectos calamitosos, la crisis de la baja Edad Media fue ante todo un motor del cambio económico, el escenario de la reorganización que permitió convertir el crecimiento en desarrollo. Europa y la economía europea saldrían reforzadas de la prueba.(¿)

Antoni Furió Diego es catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Valencia. - PRÓXIMO ARTÍCULO El siglo XVII, por J. A. Sebastián
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Re: Antecedentes en el Medievo. La Crisis Social del Medievo

Notapor Historia » 2013 03 08, 11:56

¿Hubo cambios sociales?
Es todo el sistema el que está ahora mismo en cuestión, como lo estaba también en el siglo XIV, con el Cisma de la Iglesia, los movimientos de penitentes, las luchas políticas. Otro aspecto en el que se asemejan es en la búsqueda de responsables, de chivos expiatorios, en los determinados sectores de la población, que en la Edad Media eran judíos y leprosos y hoy son inmigrantes, a quienes se responsabiliza de quitar el puesto de trabajo a los autóctonos.


Claro que la actividad de reacaudador de impuestos, y muchos financieros eran judios, lo que les señalaba rapidamente como culposos, dada su condicion de oligarcas, de aliados del Estado opresor, de financieros y encima de no catolicos, cuando todo lo relacionado con finanzas y dinero era muy mal visto por el pueblo rurual, la mayoria, que vivia en un estilo de vida desmonetarizado y donde el dinero era la señal del pecador, del Estado opresor, del odiado señorito afin al monarca. Demasiadas cosas juntas para dejarlas pasar. En el judio se reunia todo lo odiado por el rural cristiano: dinero, poder, ciudad, explotacion, herejia. Si a eso se le une que los judios vivian en guetos autimpuestos unas veces, obligados otras -o sea, separados del resto-, pues mas leña al fuego del rencor.

Y eso entendiendo qu eno todos los judios eran banqueros, recaudadores, oligarcas, explotadores. Muchos seguramente sufrian los ,ismos pesares que los no judios, pero el icono era demasiado obvio como para dejarlo pasar.

Desde el punto de vista de la lucha social, el judio era el expotador, el agente del rey, el enemigo. O sea, no solo era rechazado por su condicion de no catolico, no cristiano, lo era esencialmente por su condicion de antagonista social. Aunque tambien el fenomeno judio y el gueto eran claramente urbanos, no rurales. Habia pocos núcleos rurales judios, casi todos centrados, debido a sus actividades principales, en las ciudades y grandes urbes.
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