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Abderramán I (Abdel Rahman I)

Seguramente padece de la tipica vision simple y maniquea que nuestro sistema educativo a tenido a bien implantarle en su mente acerca de que era Hispania en el 711, quien eran los arabes, que era el islam y que era el cristianismo antes y despues del 711. En esta seccion le acercamos a que era DE VERDAD cada cual en esta historia. Preparese a cambiar de chip. La verdad duele.

Abderramán I (Abdel Rahman I)

Notapor Historia » 2012 02 06, 11:09

datos tomados de Olagüe y del libro de Emilio Gz Ferrin "Europa, entre oriente y occidente"

El joven godo rubio o pelirrojo, de tez blanca, alto, ojos azules... Abderramán I, homenajedo como halcón de Curaich. ¡Qué inteligencia política, la de sus asesores, mentores, o controladores en la sombra!; presentarse como Curaichí, Marwaní, Omeya, sirio, árabe puro, oriental, sarraceno, e instalarse en el poder con su repentino golpe de mano!.

Abderramán I no dependía de nadie en Oriente, y de poco en Occidente. Se hizo fuerte en la vieja capital nueva, Córdoba, y organizó el ejército saneando las atracadas arcas del estado mediante la presión fiscal, así como la progresiva expropiación de los bienes al linaje de Witiza. Aquel conde Artobás —¿quién nombra a quién, Artobás a Abderraman o Abderraman a Artobás?— asistiría a los últimos coletazos de cierto poder hispano-romano.

Sobre lo árabe de su régimen pesa también la palpable realidad de los contingentes que habitaban Al Ándalus; ese conglomerado de norteafricanos (nop moros, si no germanos, bizantinos, punicos), e hispano-romanos latinizados ambos, en proceso de islamización y que, con el tiempo, incluso asistirán a la creación de un ejército específicamente omeya de composición mayoritariamente mercenaria. En definitiva: el emirato será un creativo mosaico.

Abderraman surge tras un desastre sin paliativos en Hispania: guerra civil religiosa, caos administrativo, masas emigrando de aqui a alla buscando comida y cobijo, peste y hambruna espectaculares. Al norte, las marcas fronterizas estaban siendo prácticamente abandonadas. Desde la expedición encabezada por el obispo metropolitano de Sevilla —Don Oppas—, contra el enquistamiento histórico —algo engordado— de Pelayo, prácticamente la cuarta parte nor—occidental de la península caía bajo el control de Alfonso I (739-757) —verdadero factótum de la insurgencia galaico-portuguesa-asturiana— y sus sucesores

El emir decía provenir de la familia de los califas; cualquier campesino o soldado peninsular querría creer cualquier promesa de estabilidad administrativa después de esa hambruna. Indicábamos también que este emir se presentaba como halcón de Curaich; es decir, de la propia familia del Profeta. Bien: hasta ahora no hemos comentado este extremo, pero es más que probable que se trate de un calificativo encomiástico posterior. Él se presentaba, al parecer, como hijo de califas. El matiz legitimador religioso —la alusión al profeta Mahoma— sólo se comprenderá y será necesario un par de líneas dinásticas más abajo. Cuando el nombre de Mahoma signifique ya algo relevante en Al Ándalus.

Abderramán I es proclamado emir por diversas facciones militares en un pronunciamiento significativo llevado a cabo en Archidona el año 755, a falta de su validación al año siguiente en Córdoba. Ser proclamado emir y no califa es mucho más importante que cuanto aparenta. Implica el conocimiento de un cierto régimen califal, y por lo tanto reconoce la existencia de un algo ya acuñable como estado islámico en Oriente.

La Ruzafa -el palacio de Abderraman I-, y tropas mercenarias explican en gran medida el verdadero papel del emir: ya no gestiona ni negocia; simplemente dirige y reparte. Arbitra y castiga.

Desde los principios de lo andalusí y lo magrebí, Oriente no controla absolutamente nada de Occidente.
Sin embargo, Al Ándalus se orientaliza culturalmente. Es un hecho fehaciente que el islam va arraigando. Pero planteemos un proceso similar con pregunta final: cuando Hispania se cristianizó, ¿se orientalizó? En igual medida, sin duda; el cristianismo venía del mismo Oriente que el islam. Con la salvedad de que la islamización de Al Ándalus contaba ya con el fértil sustrato de la previa orientalización cristiana.

El 784, año de celebración del Concilio de Sevilla. Y que no pase desapercibido cuanto implica la celebración de un concilio eclesiástico en una ciudad pretendidamente islamizada desde hacía más de ochenta años. No lo estaba, es evidente. Pues bien; en este Concilio de Sevilla, de 784, aquel arzobispo Elipando enunció matizaciones de dogmas cristianos condescendientes con las novedades islámicas.

Se estaba evolucionando hacia el islam, por más que muchos pudieran leer en tal evolución una perdición herética. Cuestión de enfoque; en cualquier caso, un sector del cristianismo hispano-romano estaba proclamando su voluntad de ser AI Ándalus, en tanto sus presupuestos serán cuestionados y rechazados por el cristianismo europeo posterior —Roma, Ratisbona y Aquisgrán—, en un rechazo del que hará bandera —con el tiempo— el asturiano Beato de Liébana. El cristianismo andalusí ya había pedido su conexión europea. El mal llamado mozarabismo1"61 era ya un hecho, y Abderramán I ejercería su poder desde una Córdoba viva, en futuro despliegue. No raptada.
El poder de Abderramán I estará cimentado en la aceptación de un estado descentralizado bajo unas mínimas reglas de respeto al cargo y pago de impuesto.

Abderramán I como la de un primus inter pares que poco a poco va recabando pleitesía en una hábil negociación de cesión territorial complementada con una implacable utilización de la fuerza en negociaciones sin futuro.
El emir concedía a los suyos —afectos o llegados de Siria-, preeminencia social, superiores sueldos, tierras mejores y reducciones fiscales; aspectos de privilegio que fueron con el tiempo configurando una paulatina jerarquía.

Un emir que hizo construir para él la residencia cordobesa conocida como la Ruzafa, remedo de aquellas primeras construcciones civiles omeyas damascenas. En puridad, la Ruzafa era una ciudad en toda regla, homenajeando precisamente a la ciudad que el califa damasceno Hisham construyó a orillas del Eufrates. Por otra parte, también los abbasíes acabarían contando en Oriente con una tercera Ruzafa; el barrio oriental de Bagdad

Esto nos lleva al tratamiento de la administración del primer emir: porque en sus días aún no hay derecho andalusí constituido, ni grupo de poder eclesiástico islámico —por llamarlo de algún modo. El manuscrito mejor conservado del Fuero Juzgo visigodo contiene anotaciones en los márgenes escritas en árabe: un proto-estado debiendo gestionarse desde los restos del naufragio visigodo, tras una hambruna, y con el poder coercitivo en manos de mercenarios, muchos de ellos extranjeros, en proceso de arabización, y sin un modelo preestablecido de gestión. Sólo así es explicable que el territorio andalusí continuase dividido en las circunscripciones visigodas, y que el emirato emergiese de Hispania, no de Damasco.

En esa tradicional Historia de las Batallas, consta que los treinta y dos años del emirato de Abderramán comenzaron técnicamente en la llamada batalla de al-Musara —primavera de 756—, en la que probablemente mostraba sus cartas a los hombres fuertes de Al Ándalus: desbancaba al último gobernador —Yusuf al-Fihri, que marchó a Toledo—, y marcaba un territorio frente a elementos de completa libertad de gestión como en el caso del adalid al-Sumayl, señor de Zaragoza. La relación del emir con estos dos personajes esenciales en este Al Ándalus aún desvertebrado es la de una permanente interlocución negociadora culminada con la muerte de ambos. Por resumirlo de un modo cruento, en este tipo de situaciones sólo se acaba con los prescindibles, por lo que la desaparición de al-Fihri y al-Sumayl parece indicar no ya quién despunta, sino quién manda aquí. La eliminación de esos dos escollos en el proceso de omeyización andalusí certifica que se trata de una historia de hombres de acción, no estrictamente social ni económica o religiosa.

La ciudad de Beja se rebelaba en 763, encontrando en el estandarte negro de los abbasíes el emblema de su insurrección. Lo mismo harán en su momento —766— tanto la onubense Niebla como la peligrosamente cercana Sevilla. Y asimismo se alzará también Toledo en 785, al parecer insurrecto por obra soliviantadora de los partidario del anterior valí, al-Fihrí. Y por cerrar con el mapa de insumisión al emirato, una peligrosa facción alternativa se abría paso desde Guadalajara ocupando las ciudades hacia el Sur por la extremeña Ruta de la Plata

El alcance histórico de Abderramán I es estrictamente andalusí. Su emirato no supone, en modo alguno, el desmembramiento del Imperio Islámico

Al morir Abderramán I le suceda su hijo —por más que, en malsana tradición visigoda, deba pelear el título—, marca claramente un cierto establecimiento. Córdoba y los Omeyas dan, inicialmente, significado a Al Ándalus

Dos poderosos terratenientes fueron castigados severamente con la confiscación de sus bienes-. Atanagildo, acusado de conspiración pro-abbasí—¿sabría Atanagildo quiénes eran los abbasíes?— y Artobás. La caída en desgracia del comes supone, así visto, un claro relevo. Artobás moriría el treinta de septiembre de 771 y sería enterrado con los mayores honores en la rawda— en puridad, jardines-cordobesa
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